
Hubo un tiempo –cuando el sol aún era más joven y los dientes de sable afilaban la noche– en que los cuentos no se escribían: se murmuraban en lenguas balbuceantes, ante las llamas sagradas de la hoguera perenne del clan. Y quien mejor los sabía contar no era el cazador ni el chamán, sino ellas: las abuelas de la tribu.
“Sí, sí, ahora te lo cuento…”, decía mientras removía raíces en un cuenco ahumado o apartaba con destreza el tuétano de un hueso. Su voz vibraba como tambor, y sus ojos eran brasas de memoria. Su cuerpo, libre ya de partos desde muchas lunas, se había hecho tierra firme para los demás.
Las hijas salían con los muslos tensos a recolectar o seguir rastros por la sabana, y ella —Venus sin mármol— quedaba en el campamento ancestral, con los nietos enredados en sus caderas como lianas juguetonas. Conocía plantas que curaban y bichos que picaban. Había visto lluvias que arrastraban chozas y rayos que partían árboles. Pero nada le daba más miedo que un niño con fiebre. Por eso vigilaba como loba cansada pero fiera. Cocía y cuidaba. Acariciaba y contaba.
Se dice que entonces, cuando leones merodeaban en silencio y cocodrilos esperaban bajo el barro, nació la solidaridad humana. Y fue invento de las que hoy llamamos abuelas. No como palabra, sino como obra: manos arrugadas envolviendo otra vida, leche prestada de una hermana, pan compartido antes de que hubiera hornos.
Aquel matriarcado sin nombre no mandaba. Sostenía. Como raíces ocultas que no se ven, pero nutren el tronco.
Y cuando caía la noche, con susurros de viento y miedo, las paleoabuelas reinventaban el cuento: “Había una vez un ciervo dorado que cruzó el río sin mojarse…”. Los pequeños reían sin saber que aquello era ciencia, historia y consuelo. Que esa voz los mantenía unidos. Que ese relato era semilla de porvenires.
No sabemos sus nombres. No dejaron pinturas ni firmaron herramientas. Pero sin ellas, quizás, no estaríamos aquí. Porque alguien cuidó mientras otros cazaban o defendían. Porque alguien dijo antes de la partida de caza: “Id hasta que el Sol se duerma, yo me encargo”.
Y si hoy escuchas con atención, entre cuentos de abuela o historias familiares, aún puedes oír su eco. Esa misma noche, al volver la partida, le regalaron una piel de oso. Pasaría menos frío los inviernos que quedaban. Refunfuñando agradecida, se acercó a los cachorros y musitó:
“Sí, sí… ahora os lo cuento.”
Javier Pertierra Antón.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
JAVIER PERTIERRA
Javier Antón Pertierra, un destacado jurista y comunicador español con una trayectoria diversificada:
Periodismo y Comunicación: Es el Director para la Unión Europea de Prensa Mercosur y presentador del podcast "Enlace Iberoamericano", donde analiza temas de actualidad internacional, tecnología (como IA y Blockchain) y política.
Perfil Jurídico: Es abogado especialista en Tecnologías de la Información y Comunicación (TICs) y asesor jurídico.
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