
Todos nos hemos topado con ese sujeto alguna vez. Cree que está primero en la fila porque considera que tiene un derecho derivado de su capacidad de pago (o de su supuesta capacidad). Nos tira el auto encima, los apellidos o lo que tenga disponible. A riesgo de generalizar, su alma está dominada por el dinero y vive, precisamente, para ganarla y gastarla.
Las fiestas patrias son una vitrina perfecta para reflexionar sobre el estado de nuestras relaciones y, por lo mismo, sobre el sujeto mencionado. Ofrecen, en medio del derrumbe de los grupos intermedios, un respiro para acordarnos de que juntos formamos algo grande: existe un ethos compartido que se construye desde nuestra historia, tradiciones, geografía y ritos comunes y que, aunque permanezca oculto en la rutina, sigue vivo.
Chile, en efecto, posee una identidad que se forjó con su carácter militar en la Colonia, los gobiernos elitistas del siglo XIX, el trabajo en las salitreras, la labranza en los campos, el aprendizaje en las escuelas rurales, los padres franceses y los colegios british, las guerras, dictaduras, la Copa Libertadores (única e irrepetible), las Copas América y más, mucho más. Cada una de esas instancias aportó un pedazo, tal vez pequeño, pero único, a la conformación de una esencia mutua y que, por cierto, es renunciable.
La pregunta es qué parte de ese espíritu colectivo tiene más fuerza hoy. Si utilizamos, por un momento, la vieja imagen platónica del alma, podríamos preguntarnos si son los apetitos o nuestra parte racional los que llevan las riendas de la comunidad. Y en esa línea, quizás parte de lo que impera hoy se refleja en una canción compuesta por Claudio Narea hace casi cuarenta años: Lo estamos pasando muy bien, la melodía del new rich chileno en 1987 y en 2026.
El motivo es el siguiente. La transformación económica impulsada en las últimas décadas cumplió su tarea de satisfacer las necesidades materiales y ampliar el consumo, una actividad antes reservada a una minoría. El problema es que ese foco en el consumo y los placeres que se derivan de él dio forma a un sujeto desbocado hacia su propia satisfacción.
Pareciera que nos enfocamos cada vez más en conseguir objetivos dentro del mundo material para lo material (y es válido): las personas creen que hay que trabajar para comprar y viajar, porque allí se hallaría la realización personal, o que la verdadera satisfacción se produce por la aprobación de los demás. Lo hacemos en redes sociales, donde mostramos una faceta ostentosa de nosotros mismos que queremos que los demás aprecien. Pero ¿por qué?
En La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Max Weber describe un contraste que ayuda a pensar este fenómeno. Por un lado, el sujeto tradicionalista, asociado al catolicismo, que mantenía cierta “distancia” del mundo. Por otro, el hombre puritano y ascético, que trabajaba metódicamente para asegurar señales de su propia salvación. Ese segundo sujeto estaba lejos de perseguir el placer. Para él, el dinero era solo efecto colateral de su disciplina. Producía riqueza, pero la riqueza nunca lo dominaba a él.
El new rich chileno, sin embargo, no es heredero de ninguno de los dos. Carece de la distancia del tradicionalista y del método ascético del puritano: toma del primero la matriz católica que aún organiza buena parte de nuestra cultura, y del segundo su capacidad de producir pero sin la disciplina que lo producía. Es, en ese sentido, una figura degradada, pues obtiene plata sin la ética que la sostenía en un principio. El dinero sería un mero camino que abre las puertas y, si no lo tiene, debe hacer como si lo tuviera. Por eso publica, para que el mundo lo vea, que está gastando, disfrutando y, por supuesto, pasándolo muy bien.
¿A dónde nos dirige esa ostentación? El sujeto protestante que observaba Weber tenía una finalidad de trascendencia: su método y ganas de trabajar se orientaban a mantener la gracia divina, evitando el ocio y sus tentaciones. El new rich chileno, en cambio, perdió el horizonte: cualquier complejo de inferioridad puede ser aplacado por una buena suma en el bolsillo, sin que haya nada más allá del gasto mismo.
Por eso, al pensar sobre el espíritu nacional contemporáneo, conviene distinguir este modelo tan extendido de quienes sí trabajan de sol a sol para mejorar la vida de la gente que quieren. Ahí hay trascendencia: se posterga el aprovechamiento propio para que otros disfruten el esfuerzo. En esas personas permanece algo del ethos que se forjó a lo largo de toda la República.
Quienes van más allá del dinero y buscan la identidad en fuentes inmateriales son lo opuesto a los new rich chilenos superficiales que se reprodujeron en serie y que ahora abundan en el país. (Ex Ante)
Álvaro Vergara
Medio: nuevopoder.cl
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