
¿Cuándo se completa nuestra redención? Puede que te suene extraño, pero hay ocasiones en que el apóstol Pablo ve la redención como algo futuro. Por ejemplo, cuando dice: «Con miras a la redención de la posesión adquirida por Dios» (Ef 1:14) o como lo traduce otra versión popular: «Hasta que llegue la redención final del pueblo adquirido por Dios» (NVI).
Cuando Jesús en la cruz dijo «Consumado es» (Jn 19:30), eso fue porque allí pagó por completo por nuestra redención. Pero ¿cuándo recibiremos completamente todo lo que Jesús obtuvo por nosotros? ¿Cuándo se completará todo lo que Dios tiene para nosotros?
Sospecho que la opinión de la mayoría de creyentes hoy es que sucede en el momento de nuestra muerte, al partir de este mundo e ir a la presencia del Señor. «Allí se termina todo, no debemos esperar nada más», piensan muchos. He notado que en los servicios fúnebres de creyentes es costumbre hacer este énfasis.
Aunque no pretendo negar la verdad escritural de que, al morir, el cristiano va directamente ante la presencia de Dios, hay suficiente evidencia bíblica para afirmar que ese momento no es el final de nuestra redención ni es allí cuando el creyente adquiere toda la herencia prometida. Este es solo un estado intermedio, mientras esperamos la completa redención.
El estado intermedio
En la teología llamamos «estado intermedio» al periodo que transcurre entre la muerte de una persona y la segunda venida de Cristo, mientras aguarda la resurrección y el juicio final. Como dije arriba, es común para muchos cristianos pensar que es en este momento —después de la muerte— que recibimos la herencia y la consumación de nuestra salvación, aún cuando la mayoría de los creyentes no utilicen la expresión «estado intermedio».
Ciertamente, partir con el Señor garantiza el gozo de estar en Su presencia y, al mismo tiempo, libera a los creyentes para siempre de los ataques del tentador y los sufrimientos de este mundo caído. Pero esa no es toda la salvación que esperamos.
Una de las evidencias bíblicas para esto está en la visión del apóstol Juan. Cuando el Cordero abre el quinto sello (Ap 6:9–11), las almas de los que habían muerto por causa de la palabra de Dios y por su testimonio claman a gran voz: «¿Hasta cuándo, oh Señor santo y verdadero, esperarás para juzgar y vengar nuestra sangre de los que moran en la tierra?» (v. 10).
El pedido en su clamor es evidencia de que los que han muerto esperan que el Señor siga actuando en favor de Su pueblo. Sin embargo, «se les dijo que descansaran un poco más de tiempo, hasta que se completara también el número de sus consiervos y de sus hermanos que habrían de ser muertos como ellos lo habían sido» (v. 11). Podemos inferir de esta escena que hay un sentido en que la muerte de los creyentes no finaliza su salvación, sino que después de morir descansan y esperan por un cuerpo glorificado.
Un cuerpo glorificado
Para entender por qué los creyentes que han muerto todavía no tienen su redención consumada, debemos volver al inicio de la Biblia. Cuando Dios creó al hombre y a la mujer en el Edén, los formó con un cuerpo físico del polvo de la tierra y luego sopló en ellos el aliento de vida (Gn 2:7). El ser humano está compuesto de una parte material y de una parte inmaterial. Por diseño divino, el ser humano es la unión del alma y el cuerpo.
Con la entrada del pecado, entró también la muerte, que consiste justamente en la separación de ambos aspectos de la persona. Cuando el ser humano fallece, el alma regresa a Dios mientras que el cuerpo físico entra en un estado de descomposición como consecuencia de la maldición del pecado (cp. Ecl 12:7).
Debido al diseño original y a la muerte que trae el pecado, la salvación de Dios incluye la reunión perfecta del alma y el cuerpo. Desde el punto de vista bíblico, esto tendrá lugar en la segunda venida de Cristo: «Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad» (1 Co 15:53). Con el regreso de Jesús y la resurrección de quienes hallan muerto en Él, recibiremos cuerpos nuevos, y solo allí será completa la redención de toda la persona humana (Ro 8:23).
Esto nos recuerda la importancia del cuerpo físico para Dios. La encarnación del Hijo de Dios también es una prueba contundente de esto. No hay razón alguna para una encarnación del Verbo de Dios si el propósito redentor no incluye salvar igualmente la parte física del ser humano.
De igual manera, la resurrección corporal de Cristo es importante. Además de que consolida la validez de Su sacrificio expiatorio (1 Co 15:12–14), también es la anticipación escatológica de que tendremos un cuerpo glorificado como el Suyo. En este sentido, la resurrección de Cristo anticipa la culminación de nuestra redención y nuestra propia resurrección.
Así como Cristo se levantó de la muerte con un cuerpo glorificado, al igual que Adán fue creado con un cuerpo perfecto, nuestro cuerpo será restaurado en gloria por completo y entonces será consumada nuestra redención.
A la imagen de Cristo
El apóstol Pablo enseña que la meta fundamental de la vida cristiana es que los cristianos lleguemos a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo (Ef 4:13). Esto implica la totalidad del ser humano, tanto en su aspecto físico como inmaterial. Y como vimos, recibiremos nuestros cuerpo nuevos en la segunda venida de Cristo, al finalizar el estado intermedio, en la resurrección.
Mientras estemos ausentes del cuerpo físico, en el estado intermedio, no es posible que seamos conformados completamente a la imagen del Cristo que se levantó de la muerte. Por lo tanto, es necesario que ocurra la resurrección y recibamos cuerpos celestiales. Solo entonces podremos reflejar por completo la imagen de Jesús en nuestra humanidad restaurada. Entonces seremos como Él es; esa es la meta de nuestra salvación.
Cuando un cristiano muere, va con Dios a descansar de este mundo caído y a gozarse en Su presencia. Eso es el estado intermedio, pero no es el fin de la historia. Aún no tiene un nuevo cuerpo y, por lo tanto, no está completamente restaurado a la imagen y semejanza de Cristo; su redención, en ese sentido, no está consumada aún.
Por esta razón, estoy convencido de que nuestras predicaciones y la manera en la que enseñamos estos temas en nuestras iglesias debe ser dirigiendo nuestro mayor anhelo al momento final de nuestra redención, que es nuestra glorificación. Esto debe animarnos a esperar la segunda venida del Señor Jesús, alimentar nuestro anhelo de ser como Él y maravillarnos al contemplar esta salvación tan grande que Dios nos ha dado en Cristo.
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