La mejor manera de absorber el pasado es por la vía literaria. Los buenos escritores consiguen lo que les es tan esquivo a los historiadores, atraer, cautivar y volver adictiva la atención de los lectores. Los literatos tienen licencia para internarse en la fantasía, en lo onírico, y aun así embellecer un episodio documentado y no menos verosímil. María Eugenia Garay recorre un terreno familiar en su nueva trilogía Guerras del Paraguay: Historia, reminiscencias y ficciones.
Pronto, se vuelve evidente que estamos ante una obra bien documentada, de la mano de una autora literaria de prosa elegante y atractiva, cuando iniciamos la lectura apenas al describir la misión de redescubrir a sus mayores: “Un torbellino de recuerdos se abalanzó en desordenado tropel, abriendo un abanico policromático de imágenes, sonidos y aromas. Como en una danza mágica, todos estos personajes se aparecieron en mi mente, queriendo contarme sus experiencias, relatarme sus alegrías y tristezas para que yo las recopilara y plasmara en el papel”. (p. 31)
Los seres humanos no maduran espontáneamente. Son productos de ambientes familiares, sistemas educativos y tradiciones formadoras. Todo se originó en la España de inmenso imperio donde no se ponía el sol, obtenido en menos de una generación por aventureros de coraje, mitad armados de ciencia y mitad de arrojo. La Provincia del Paraguay pronto fue sumida casi al olvido, una vez que el
camino al Perú y sus riquezas dejó de ser el río Paraguay. Pero, por cierto lapso, Asunción fue el centro de la presencia hispánica, breve, aunque intenso al identificarse el futuro Fuerte Borbón y la Bahía Negra del Chaco Boreal. La disputa por la soberanía de ese territorio será escenario de asombrosas hazañas futuras.
Antes, no obstante, debía resumirse la gran batalla por la supervivencia dada en la Guerra contra la Triple Alianza de Brasil, Argentina y Uruguay. Esa larga contienda nunca acabó realmente para los paraguayos, que hasta hoy la recuerdan como ejemplo de grandeza y muestra de invencibilidad. Esta primera etapa de la trilogía se titula El último bastión del Mariscal López, pero su contenido se extiende hasta mitad del Siglo XX y con ello, la autora provee una visión global de la evolución de la patria. Tiene capítulos de extremo interés, pero uno sobresale nítidamente, “¿Qué pasó con los familiares del Mariscal?”, por tratarse del primer y único esfuerzo historiográfico de archivar en un solo capítulo datos de la descendencia del presidente ejecutado, ya prisionero, en 1870.
El libro es todo un alegato sobre las vicisitudes del Paraguay, su vida política, sus desencuentros y ya se esbozan en él las célebres contribuciones de los hermanos Blas y Eugenio Garay Argaña en la posguerra del 70, desde su ascenso en base al talento natural esmerilado por los estudios y la sabiduría de los Gobiernos de la Reconstrucción en apostar de lleno en la educación pública y las especializaciones en el extranjero, solventadas por el exiguo tesoro nacional.
La defensa del Chaco Boreal
En el Libro Segundo, la autora, bajo el título de Senderos de sangre y fuego, se introduce en la contienda limítrofe por la soberanía del Chaco Boreal entre Bolivia y Paraguay (1932–1935), que se venía gestando desde el siglo anterior.
El libro refiere en detalles hasta entonces desconocidos en la literatura política a la biografía de Eugenio Alejandrino, el Garay que había sobrevivido a la tempranera partida de su hermano mayor Blas, en diciembre de 1899. Ahí descubrimos un polifacético Eugenio, becado a Chile para realizar estudios en la Academia Militar, conocida como la Pequeña Pottsdam por su apego a las reglas prusianas. Ya oficial, en el terruño, combatió y fue herido en cuanta revuelta militar tenía lugar, como en 1904, donde recibió 17 esquirlas de balas y, una vez, en 1912, llevó a la Presidencia de la República al pediatra de sus hijos, habiendo rechazado la investidura para él.
Cuando no hacía vida cuartelera, la cambiaba ya por salones como Ministro Residente en Bolivia, ya fuera del Ejército al caer derrotados los revolucionarios.
Impasible, se ganó la vida de peón ganadero en el Mato Grosso. Hasta que otra Revolución, la de 1922, lo tuvo en filas antigubernistas, como de costumbre.
Para 1932, la guerra con Bolivia ya no era hipotética, sino muy real. Y fueron aceptados todos los jefes y oficiales disponibles. El teniente coronel comisionado Garay, con la Séptima División, partió para el frente. Con olor a pólvora, por desacuerdos con una operación inminente, Garay pidió traslado a Asunción y pronta desmovilización, en 1934. En su ausencia, ocurrió el desastre de Cañada Strongest, donde muchos soldados y oficiales paraguayos cayeron prisioneros en el mayor contraste de toda la guerra. Garay lo había previsto y de ahí su retorno a Asunción.
No le duró mucho el paréntesis. El presidente comandante en jefe, Dr. Eusebio Ayala, conocía bien a Garay. A fines de mayo, lo convocó a su despacho y le solicitó su vuelta al frente chaqueño. Al día siguiente, estaba a bordo de una aeronave, elevado a comandante de la Octava División de Infantería. A la caída en manos bolivianas de la aguada de Yrendague, descubierta por paraguayos, el general Estigarribia no la defendió ese 9 de noviembre de 1934 porque quería dar la impresión de fragilidad antes de la sorpresiva maniobra victoriosa de El Carmen, el día 16, que coincidió con el 60º cumpleaños de Garay. La segunda parte de la trilogía de la autora es tan adictiva como la inicial.
Un milagro en medio de la sed
El tercer volumen, Yrendague: Territorio incandescente, se adentra en los detalles más fantasiosos de la hazaña de la recuperación del único lugar donde el desierto se hace agua. Estigarribia había diseñado un plan diabólico para recuperar Yrendague. Se cuestionaron en el Estado Mayor quién sería capaz de realizarlo y acordaron que el único lo suficientemente impávido y desinhibido para intentarlo era el viejo y nuevo ascendido a coronel. Rafael Franco le dio las coordenadas.
Prometió mucho más de lo que podía dar en provisión de agua para la suicida marcha de casi 70 kilómetros de Puesto Estrella hasta la aguada. Pululaban en la zona tropas bien armadas del coronel David Toro, que en movimientos masivos buscaban tomar el Puesto de Comando paraguayo y virar el curso de la guerra.
En la consagrada narración de María Eugenia, el guerrero asume la consciencia de lo inusual y trascendente de su misión. Sin poder dormir en vísperas de la marcha, Garay le escribe a su difunta esposa, María, una carta digna de la hazaña y del héroe : “Es como te dije, un emprendimiento suicida. Para lograr el éxito, deberemos corporizar un milagro. Me espera la liturgia encendida de los fogonazos, el temerario idioma de la espada, el culto de la proeza, la certidumbre del presagio, el resplandor de la soledad, el resonar de la metralla, la plegaria de lo inverosímil, el dogma de la tenacidad, la cartografía de la esperanza y la superstición alucinante de la victoria”. (p. 51)
Así llegó el amanecer y la partida con dos caramañolas por soldado y algunas latas más. Cuando el agua prometida no llegó, Franco sugirió que se encomienden a Dios. Marcharon de noche, sigilosos. Garay y sus soldados experimentaron de lleno los horribles estragos de la sed y no todos llegaron a destino. Luego de la victoria, miles de tropas bolivianas fallecieron de sed en la Picada de la Desesperación. Garay ordenó dar de beber a los moribundos. Era el 8 de diciembre y la Virgen de Caacupé obró su portento. Los paraguayos salieron de donde ningún humano podía imaginar y el agua se quedó con quienes lucharon hasta quedar sin fuerzas. La leyenda de Garay se volvió mitológica. En épocas de la neutra y sosa Inteligencia Artificial, en esta trilogía brilla todo lo opuesto, una narrativa con alma, pasión y compasión como los algoritmos jamás podrán redactar.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
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