Este sábado 3 de octubre, el Centro Cultural del Puerto de Asunción será escenario de la segunda edición de Words & Sound, un encuentro que propone poner en diálogo literatura y música, pero también distintas formas de creación y circulación cultural.
Entre escritores, editoriales, talleres, libros y discos, la presencia de Agustina Bazterrica introduce una pregunta que atraviesa buena parte de su propia obra: qué puede hacer una historia cuando consigue alterar la manera en que miramos la realidad.
Autora de “Cadáver exquisito”, “Las indignas” y “Diecinueve garras y un pájaro oscuro”, y otros títulos, Bazterrica construyó una literatura alrededor de aquello que incomoda: la violencia, el poder, los cuerpos, los tabúes, las estructuras sociales y ese momento en que lo cotidiano puede quebrarse. Pero hablar con ella rápidamente lleva hacia otro lugar, anterior incluso a los libros que la hicieron conocida: la necesidad de escribir.

“Es mi vocación y es mi misión en esta vida”
Bazterrica comenzó a escribir siendo muy chica, antes de tener conciencia de lo que significaba convertirse en escritora, publicar o construir una carrera literaria. El hecho de que hoy sus libros tengan circulación internacional, traducciones, lectores en distintos países y presencia en escuelas convive, en su relato, con una relación mucho más íntima con la escritura.
“No me parece que sea consciente, porque yo empecé desde muy, muy chiquita, sin justamente ser consciente de lo que era ser una escritora, de todo lo que implicaba, de lo que es una carrera, entonces lo vas descubriendo”, cuenta.
Dice que durante su vida hubo momentos en los que intentó alejarse de la literatura, pero que siempre terminó regresando a ella. Esa persistencia es lo que la lleva a entender la escritura no solamente como una profesión, sino como una vocación.

“Cada vez que me quise ir para otro lugar, me quise escapar de la literatura de alguna manera, la literatura siempre me volvió a atraer, siempre volví, es mi vocación y es mi misión en esta vida”, afirma. Bazterrica habla de su creencia en las vidas pasadas y en la existencia de distintas misiones para cada vida, y ubica la escritura dentro de la suya: “En esta vida en particular, como Agustina Bazterrica, esta es mi misión, escribir, comunicar”.
La idea aparece también cuando habla del destino. A propósito de una conversación con su hermano Gonzalo, a quien dedicó “Cadáver exquisito”, explica que imagina el destino como una línea que puede ser seguida o abandonada porque, finalmente, existe el libre albedrío. En su propio recorrido, siente que está siguiendo esa línea.
Y la relación con la literatura, dice, no es únicamente intelectual. “Si no estoy en contacto con la literatura, me empiezo a enfermar”, asegura. Incluso en los tiempos que encuentra entre viajes y compromisos continúa investigando para lo que vendrá después. Durante la entrevista, por ejemplo, estaba siguiendo un curso sobre brujas porque ese universo forma parte de las inquietudes que está explorando para su próxima novela.

Encontrar la voz antes de encontrar el libro
Para Bazterrica, una de las partes más complejas de escribir no está necesariamente en encontrar una buena historia, sino en descubrir cómo contarla. Su respuesta desmonta una de las obsesiones más habituales alrededor de la literatura contemporánea: la idea de que todo depende de encontrar un argumento absolutamente nuevo.
“Hoy en día están, sobre todo con las redes, los detectives de la originalidad. Es como: están buscando en la trama quién inventó la rueda. Y no, nadie inventó la rueda, ya está todo escrito, todos los temas están escritos. Lo que no está escrito es tu mirada particular”, plantea.
Esa mirada, explica, se construye a través de decisiones formales: el registro, el narrador, el ritmo, la manera de construir una obra. La voz propia no aparece, entonces, como una revelación repentina, sino como una búsqueda que puede prolongarse durante toda una carrera.
“Esa mirada, y ese registro, y esas decisiones que vas a tomar, el narrador que vas a usar, el ritmo, cómo vas a construir la obra, va a hacer que esa obra funcione mejor, no funcione o funcione a medias”, dice. Y reconoce que encontrar ese registro puede llevarle meses.

Antes de escribir “Cadáver exquisito” pasó seis meses investigando. Algo parecido ocurrió con “Las indignas” y con la novela que publicará el año próximo. En cada caso, la historia exige un procedimiento distinto.
La nueva novela, adelanta, tiene un registro completamente porteño, con referencias argentinas y una utilización mucho más marcada de la jerga local. Pone como ejemplo una escena extrema en la que uno de los personajes le pide al otro que recite frases de Moria Casán. La referencia puede ser reconocible en Paraguay y en buena parte de Latinoamérica, pero plantea otro problema cuando se piensa en una traducción al inglés.
“Yo no escribo para ganar premios ni para que me traduzcan”, aclara. No significa que no valore lo ocurrido con sus libros. Al contrario: agradece las traducciones, los premios y todo lo que esas circunstancias permitieron. Pero sostiene que nunca fueron el motor de la escritura.
Esa postura también explica por qué no parece interesarle demasiado proteger las expectativas construidas alrededor de su obra. “Yo sé que hubo gente que leyó ‘Las indignas’ y se decepcionó porque querían que haya ‘Cadáver exquisito 2’, y no vas a tener ‘Cadáver exquisito 2’. Y te lo firmo que va a haber gente que va a leer la nueva novela y se va a horrorizar por la cantidad de insultos y va a decir: ‘¿Quién es esta ordinaria que está escribiendo esto?’. Te lo firmo”, dice entre risas.
Para ella, cambiar de registro es una decisión artística, pero también una apuesta. “Son apuestas”, insiste. En “Las indignas” eligió un lenguaje poético, preciosista; “Cadáver exquisito”, en cambio, necesitaba una escritura más visual, fría y filosa. Esa diferencia es parte del proyecto.

El fenómeno de un libro que “quema”
Algo particularmente paradójico ocurre en la historia de “Cadáver exquisito”. La novela imaginó una sociedad en la que el canibalismo se convierte en una práctica normalizada y construyó alrededor de ella un mundo brutal, visual y perturbador. Sin embargo, lo que terminó ocurriendo con los lectores no fue un rechazo.
Bazterrica recuerda la definición que le dio su editora de entonces, Julieta Obedman: “Es un libro que quema”.
“Lo que pasa con este libro, voy a hablar en líneas generales, ¿no? La gente tiene náuseas, pesadillas, hubo gente que se desmayó. Pero lo siguen leyendo y cuando llegan al final necesitan hablarlo con alguien, entonces lo regalan, lo prestan”, cuenta.
La novela parece producir una reacción física y, al mismo tiempo, una necesidad de conversación. Bazterrica cree que allí hay una de las claves de su alcance: el libro toca un tabú universal como el canibalismo, pero además lo presenta de una manera muy visual. “Por eso creo que tiene mucho éxito entre los adolescentes, porque es como ver una película de alguna manera, es como ver un capítulo de ‘Black Mirror’”, explica.

Pero el fenómeno adquiere otro significado cuando aparecen los relatos de lectores para quienes esa novela no fue simplemente un libro impactante, sino la puerta de entrada a la lectura.
Este año, en Chile, una adolescente de 15 años viajó con su madre desde una ciudad ubicada a cientos de kilómetros de Santiago para conocerla. La chica quería contarle que “Cadáver exquisito” había sido el libro que le abrió la puerta a la lectura: antes de leerlo no había terminado un libro entero, ni siquiera en la escuela.
Y no es un caso aislado. Bazterrica cuenta también una experiencia con una escuela para adultos, donde una mujer que no había podido completar su escolaridad le dijo que la novela había sido el primer libro que había leído entero.
“Porque muchas de esas personas no tienen el espacio para leer, porque por ahí están tratando de sobrevivir, básicamente”, explica. La frase cambia de escala el fenómeno alrededor de “Cadáver exquisito”: ya no se trata únicamente de ventas, viralidad o circulación internacional. También aparece la posibilidad de que una obra encuentre a lectores que hasta ese momento habían quedado fuera de la experiencia literaria.

Cuando la realidad alcanza a la ficción
La conversación sobre “Cadáver exquisito” lleva inevitablemente a una cuestión que atraviesa también sus otros libros: cuánto hay de imposible en aquello que escribe.
La novela imagina un mundo extremo, pero Bazterrica insiste en que las situaciones que plantea no son completamente ajenas a la historia humana. En ese sentido, algunas de las escenas que parecían más lejanas cuando se publicó el libro adquirieron, con el paso del tiempo, ecos inquietantes.
Durante la entrevista recuerda el caso del sitio de Sarajevo y las denuncias sobre personas que viajaban para matar civiles por deporte. La distancia entre ficción y realidad, entonces, puede volverse incómodamente pequeña.
Pero la autora tampoco entiende la literatura como una herramienta para entregar respuestas cerradas. Su interés parece estar más cerca de abrir una grieta que de cerrar una interpretación.
Eso se vincula con una idea que aparece una y otra vez en su manera de hablar de la escritura: no le interesa una literatura que le diga al lector qué tiene que pensar, prefiere aquella capaz de hacer preguntas.

Una literatura que amplía la mirada
La conversación termina desplazándose desde sus propios libros hacia una pregunta más grande: qué puede hacer la literatura en un momento en que la atención está permanentemente fragmentada y en el que las pantallas compiten por cada minuto disponible.
Bazterrica no cree que sea sencillo diagnosticar el presente. “Habría que tomar distancia, como viajar al futuro y verlo con la distancia”, plantea. Todo está cambiando, dice, desde la manera de pensar hasta la educación, y la expansión de la inteligencia artificial agrega otra capa a esa transformación.
No cree, sin embargo, que dejar de leer en papel equivalga necesariamente a dejar de leer. “Si bien por ahí hay menos adolescentes leyendo en papel, por ahí leen con el celular. Pero no significa que dejen de leer”, explica.
Al mismo tiempo, reconoce el problema de la fragmentación de la atención. Incluso ella, lectora de varias horas al día desde hace años, siente que debe establecer límites concretos para poder concentrarse. “Ahora me pasa que tengo que poner el celular, por ejemplo, una hora con alarma, para decir: me pongo a leer y no miro el celular una hora. Es tremendo”, cuenta.

En ese contexto, los clubes de lectura o actividades como Words & Sound aparecen para ella como una respuesta especialmente valiosa, no solo porque permiten sostener el hábito de leer, sino porque devuelven al libro una dimensión comunitaria.
“Está buenísimo que la gente se junte porque también está el contacto y porque también está buenísimo leer un libro y hablarlo con otras personas, porque siempre tenés otras opiniones y modos de leerlo”, sostiene.
Ella misma participa de esa experiencia. Cuenta que tiene un grupo de amigas llamado “Leo, luego existo”, que se reúne periódicamente para leer, y un subgrupo dedicado exclusivamente a Juan José Saer. La lectura, en ese caso, no termina cuando se cierra el libro porque continúa en la conversación con otros.
Pero hay también una observación que le preocupa, y es que en los clubes de lectura suele haber muchas mujeres y pocos varones. Lo menciona como una experiencia que ha podido comprobar a lo largo del tiempo, tanto en clubes como en talleres.
Pero para ella la lectura no tiene que convertirse necesariamente en una tarea solemne. Defiende también la existencia de los libros de entretenimiento. No todo lector tiene que pasar 24 horas pensando en la condición humana ni leyendo obras que exijan el máximo esfuerzo. El asunto está en aquello que ciertos libros pueden abrir. “Me parece que la literatura, los clásicos sobre todo, lo que te permiten es hacerte preguntas que por ahí no tienen una respuesta cerrada”, afirma.

Y luego de eso mencionó una de las ideas más fuertes de toda la conversación: que leer es encontrarse con otras vidas. Bazterrica menciona “El niño resentido”, de César González, un libro que le permitió acercarse a una experiencia social completamente diferente de la propia. Habla de vidas que transcurren en la misma ciudad pero bajo condiciones radicalmente distintas y de la posibilidad de encontrarse, a través de la literatura, con alguien que vivió hace 200 años o con alguien que vive ahora mismo, en otro país o incluso a pocas cuadras.
“Eso es lo que hace, es ampliarte completamente tu mirada sobre tu realidad, porque si no estás en una burbuja, en mi caso de privilegios, pensando que, bueno, todo el mundo vive así”, explica.
Para ilustrarlo, recuerda incluso una publicación que había visto ese mismo día sobre la diferencia entre quienes reciben una tormenta como una ocasión para quedarse en casa leyendo o mirando Netflix y quienes la enfrentan pensando cómo evitar que el agua se filtre por el techo.
La imagen resume, de alguna manera, lo que Bazterrica encuentra en la literatura: la posibilidad de salir de la experiencia individual y descubrir que el mundo puede estar siendo vivido de maneras radicalmente diferentes al propio.

Pensar dentro del sistema
Desde ahí, la conversación llega al poder. Bazterrica distingue entre la literatura de entretenimiento y aquella que, según ella, abre preguntas sobre la condición humana, la moral, la ley, el crimen o las estructuras que organizan la vida social. No piensa que todos los libros tengan que cumplir esa función, pero sí encuentra en determinados textos una herramienta para interrogar aquello que damos por sentado.
Por eso también entiende que exista una relación histórica entre poder y lectura. “Me parece eso, y me parece que por eso en las dictaduras prohíben libros, porque es como: bueno, no queremos que piensen mucho, queremos que pienses poco, o no pienses”, plantea.
La conversación deriva entonces hacia “Nosotros”, de Yevgueni Zamiatin, que a su vez inspiró a “1984″, de George Orwell, y “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley, como una especie de tríada para pensar la relación entre literatura y control.
Pero incluso frente a un presente que puede parecer descrito por aquellas distopías, Bazterrica evita quedarse únicamente con la desesperanza. Su conclusión es otra: los libros pueden ofrecer herramientas. Así la literatura no necesariamente permite escapar del mundo. Puede, en cambio, dar instrumentos para mirarlo con mayor conciencia.

Un encuentro alrededor de los libros
En ese punto, la llegada de Agustina Bazterrica a Words & Sound se hace especial, porque su presencia forma parte de un festival que no se limita a una feria de libros. Es un encuentro que incorpora literatura, música, edición, ilustración, discos, talleres y espacios de creación.
En esa convivencia entre disciplinas, la literatura aparece también como un espacio de intercambio y conversación, algo que Bazterrica reivindica cuando habla de los clubes de lectura y de la necesidad de compartir las distintas formas de leer.
Tal es así que asombra una posible correspondencia allí: una escritora cuya obra insiste en quebrar certezas llega a un encuentro que también propone salir del formato único.
Antes de despedirse, hay una frase que parece reunir buena parte de su relación con la escritura: no importa tanto quién fue el primero en imaginar determinado tema. Lo decisivo está en qué hace cada autor con él, en qué mirada construye y en qué forma encuentra para llevar esa mirada hasta el lector. “Lo que no está escrito es tu mirada particular”, dice.
En un momento de hiperconectividad, de atención fragmentada y de nuevas maneras de leer, acaso esa mirada siga siendo una de las cosas que la literatura puede defender: la posibilidad de detenerse el tiempo suficiente como para mirar algo desde otro lugar.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
REDACCIóN CENTRAL
Prensa Mercosur es un diario online de iniciativa privada que fue fundado en 2001, donde nuestro principal objetivos es trabajar y apoyar a órganos públicos y privados.
- ★Produção industrial brasileira recua 0,6% em agosto
- ★Petrobras faz nova descoberta de petróleo em poço na costa do Amapá
- ★Dia das Abelhas: iniciativa promove produção de 36 mil kg de mel da florada da soja
- ★Muere Ken Urker, pareja de Gypsy Rose Blanchard, condenada por matar a su madre
- ★Moto termina incrustada en un auto, tras siniestro vial en la Ruta Viva

