
Antes de que existieran los animales, las plantas o los hongos, hubo un tiempo en el que la Tierra parecía un lugar sin demasiado que mirar: océanos someros, rocas desnudas, una atmósfera con poco oxígeno. Y sin embargo, en sedimentos de aquella época se van encontrando pistas de que el mundo microscópico ya se había vuelto sofisticado. Los fósiles de unos 1.700 millones de años que han salido a la luz en rocas del norte de China y de otras regiones del planeta apuntan en esa dirección: la vida compleja empezó antes, y de forma más discreta, de lo que dibujaban los manuales.
Qué significa «complejo» cuando no hay ojos, patas ni hojas
Conviene aclarar el término, porque aquí «complejo» no quiere decir un bicho con cabeza y cola. En biología, la palabra suele referirse a los eucariotas: organismos cuyas células guardan el ADN dentro de un núcleo y cuentan con orgánulos internos, como las mitocondrias. Las bacterias, mucho más antiguas, carecen de esa arquitectura. Todo lo que hoy ves a simple vista, desde una seta hasta una ballena, está hecho de células eucariotas.
Y aquí está la gracia: ese salto celular hacia la vida compleja fue uno de los grandes acontecimientos de la historia de la vida, comparable en importancia al de la fotosíntesis. Sin él no habría habido, más adelante, organismos formados por muchas células especializadas. Por eso cada fósil que adelanta unos cientos de millones de años la presencia de eucariotas, o de estructuras multicelulares, obliga a reescribir parte del relato.
Qué se ha encontrado exactamente
Los restos que protagonizan estas noticias son, en general, pequeños y de aspecto modesto: filamentos, cintas, láminas y cuerpos alargados conservados como finas películas de carbono en rocas sedimentarias. Algunos tienen apariencia de organismos pluricelulares con una organización interna reconocible. Se interpretan como posibles algas o parientes lejanos de ellas, aunque la identificación exacta de estos seres sigue siendo objeto de debate.
Esa cautela es parte del método. Un fósil de esta antigüedad no viene con etiqueta. Los investigadores comparan su forma con la de organismos actuales, analizan la química de la roca que lo rodea, estudian la edad de las capas con técnicas de datación radiométrica y comprueban que lo hallado no sea un artefacto mineral que imita a un ser vivo. Más de una vez, estructuras que parecían células han resultado ser burbujas o cristales.
¿Cómo se conserva algo tan blando durante tanto tiempo?
Es una de las preguntas que más sorprenden, y tiene respuesta. Para que un organismo sin partes duras deje huella, hace falta que muera en un lugar tranquilo, con poco oxígeno y sedimento fino que lo cubra pronto. Los fondos marinos de aguas calmadas y los lodos muy finos cumplen bien ese papel. El barro sepulta el cuerpo, frena a los carroñeros y a las bacterias descomponedoras, y con el tiempo se convierte en roca.
Después vienen los millones de años de presión, calor y movimientos de la corteza, que destruyen casi todo. Que algo sobreviva a ese viaje es una rareza estadística. Por eso, cuando aparece un yacimiento bien conservado, los paleontólogos lo tratan como un archivo valioso: de un solo afloramiento pueden salir decenas de ejemplares con los que comparar formas y tamaños.
Por qué cambia la fecha del reloj
Durante décadas, muchas reconstrucciones situaban el auge de los organismos pluricelulares complejos mucho más tarde, en torno a la llamada biota de Ediacara, hace unos 570 millones de años, y a la explosión del Cámbrico, algo después. Esas son las grandes estrellas del registro fósil temprano. Los hallazgos de 1.700 millones de años no sustituyen esa historia, pero sí la alargan hacia atrás.
Esto sugiere un panorama distinto al de un estallido repentino. Más bien parece que la vida compleja se ensayó varias veces, con intentos que prosperaron durante un tiempo y luego se apagaron, quizá por cambios en el océano, en el oxígeno disponible o en el clima. La evolución, vista desde aquí, se parece menos a una escalera y más a un árbol con ramas que se secaron antes de dar fruto.
También hay un matiz de escala que ayuda a situarse. Entre esos fósiles y el primer dinosaurio median más de mil cuatrocientos millones de años. Es decir, los seres que habitaron aquellos mares están más cerca en el tiempo de las primeras bacterias fotosintéticas que de cualquier animal que conozcamos.
Dónde ver de cerca este tipo de hallazgos
Si el tema te ha picado la curiosidad, lo más práctico es acudir a un museo de ciencias naturales con sala de paleontología o de historia de la Tierra. Muchos tienen en sus vitrinas estromatolitos, esas estructuras en capas formadas por comunidades microbianas, que son de los testimonios más antiguos de vida y se aprecian a simple vista. Fíjate en las etiquetas: la edad y el lugar de procedencia te darán una idea inmediata de cuánto tiempo hay detrás de una piedra aparentemente corriente. Y si tienes cerca un geoparque, pregunta por las visitas guiadas: un buen guía te enseñará a distinguir las huellas de vida antigua en la roca.
https://www.ambientum.com/ambientum/ciencia/vida-compleja-fosiles-1700-millones-anos.asp
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