

En una encuesta que hizo El reporte Coronell, la mayoría de la gente, el 82%, dijo que las marchas de esta semana fueron un éxito.
En otra encuesta, hecha por el abogado y panelista de Blu, Santiago Vélez, el 88,5% dijo que habían sido un fracaso. Semana le hizo eco a la versión del fracaso.
France 24 dijo que Colombia vivió “su primer paro nacional contra De la Espriella” y RT, la agencia de propaganda internacional de Putin, dijo que “los colombianos salieron a protestar masivamente”.
Muchos no sabemos, al fin, si la marcha fue un éxito o si fue un fracaso. No sabemos para quién fue lo uno o para quién lo otro. No sabemos, tampoco, qué significa “fracaso” ni qué significa “éxito” cuando uno evalúa una manifestación, y todos vamos como confirmando nuestros sesgos, felices, indistintamente, porque la marcha fracasó o porque fue un éxito.
(Por lo menos una representante a la Cámara del Pacto Histórico se atrevió a ofrecer un criterio objetivo de verificación. “Vamos a salir a las calles a tumbar este gobierno”, dijo. Y, entonces, al fin, uno puede afirmar con seguridad que por lo menos para alguien la marcha fue un fracaso).
Lo cierto es que la misma cosa puede ser para unos algo bueno y, para otros, algo malo. Y no se trata de deshonestidad, ni de que la cosa deje de ser lo que es para volverse otra cosa. Hubo una marcha. La gente que votó en la encuesta de Daniel Coronell cree en verdad que esa marcha fue un éxito. La gente que votó en la de Vélez en verdad cree que fue un fracaso.
Y si no nos podemos poner de acuerdo sobre el significado de algo que pasó esta semana, mucho menos vamos a poder hacerlo sobre el significado de nuestra propia historia. Porque a la historia también la vemos con sesgos, como esperando que nos confirme lo que creíamos ya saber.
Hace unos días, por ejemplo, un concejal del Centro Democrático contó que había visitado el Museo Nacional y mostró las imágenes de lo que había visto. Un afiche de Carlos Pizarro (desmovilizado ya), y uno de Bernardo Jaramillo. Y una pieza, mal escrita, que explicaba que la expansión de las guerrillas se debía a “los gobiernos represivos del Frente Nacional”. El concejal le recordó al presidente y a la ministra de cultura (ya no de “las culturas”, como quiso Petro), que “la batalla cultural también se libra en los museos”.
Al día siguiente, el gobierno mandó a quitar de las paredes de la sala “Hacer sociedad” del museo piezas de la historia LGBTI, piezas sobre el acuerdo de paz de 2016, piezas sobre la UP. Mandaron a guardar un yembé de la batucada Toque lésbico, unos zapatos para mujeres trans, una camiseta de puntos rojos de Lucho Herrera, un vestido rosado de Arturo Calle, un paraguas que salió en una telenovela, y varias publicaciones sobre el movimiento feminista.
Las paredes del museo quedaron, entonces, tristes y medio vacías. El concejal celebró esto, y, regodeándose, respondió a una publicación de una activista LGBT, diciéndole: “¡Bienvenida a la Patria Milagro!”
La ministra de Cultura dijo que el propósito del Museo Nacional “es reflejar el alma de la Nación” y “conservar, restaurar, proteger y socializar nuestra cultura”. Dijo que “[s]u vocación institucional NO consiste en servir como instrumento de adoctrinamiento político, foco de difusión de versiones sesgadas de nuestra historia”.
El presidente también dijo que el Estado “tiene el deber moral y político de impedir que los espacios culturales sean captados [sic] por el socialcomunismo ateo y enemigo de los valores fundamentales sobre los cuales se erige la nación colombiana”. Y que “la cultura, queridos amigos, no puede seguir utilizándose como instrumento de la ideología”.
Todo esto es, obviamente, una respuesta reaccionaria al gobierno de Gustavo Petro.
En su Política nacional de museos, que recoge en buena medida lo discutido en la Mesa nacional de museos de 2016, el gobierno anterior había dicho que uno de los propósitos de los museos es “la transformación social” (p.25).
La función política y activista que el gobierno anterior quiso darles a los museos partía de dos premisas: el rechazo a la neutralidad (p. 30) y el relativismo epistemológico: “la verdad es relativa” (p. 25), dice el documento.
La propuesta se presentaba, también, como una reacción a una visión supuestamente “tradicionalista y clásica del museo, asociada a prácticas elitistas” (p. 35). Buscaba, así, superar la percepción de los museos como “instituciones dictatoriales, unidireccionales, hegemónicas, excluyentes y dueñas de la verdad” (p. 36) y como “espacios que pertenecen a la alta cultura, que no representan las visiones de las regiones o de otras voces para narrar las historias de cada grupo social” (p. 35).
Un poco de eso hay también en el discurso de Petro. Y no hablo solo de su revolución contra la verdad. Está, también, la idea de que la sociedad está compuesta no por individuos, sino por grupos o por clases. La idea de que la historia se explica como una lucha de esas clases contra unas élites que han hecho y secuestrado las instituciones, que no son verdaderamente representativas, para excluir a otros grupos y para oprimirlos. Y que las instituciones, en vez de oprimir, deberían servir para emancipar a esos grupos.
Supongo que hay algo de cierto en eso, claro. Y que también hay algo de cierto en la acusación esa que hizo el gobierno actual de que la versión que se estaba difundiendo en el museo antes era una versión “sesgada de nuestra historia”.
Tan sesgada era que el gobierno anterior había expuesto sus sesgos en su política de museos de forma abierta, para que todos los viéramos.
Los museos se hicieron tanto para guardar obras de arte o artefactos históricos, como para contar una historia de los países. Y, aquí, en “el país de la penúltima moda”, gente que nunca va a museos se ha puesto a hablar de lo que debería ser o no ser un museo.
Los museos nacionales nunca han sido espacios políticamente neutrales porque se basan, necesariamente, tanto en selecciones como en exclusiones cuando no en colecciones de cosas expoliadas. (Dicen que las pirámides de Egipto siguen allá porque no caben en el Museo Británico y en Berlín hay una estatua de Nefertiti que todavía me atormenta y de la que sigo enamorado).
¿Por qué mostrar un retrato de Núñez y no uno de Manuel Quintín Lame? ¿Por qué un cuadro de Botero y no uno de Débora Arango? ¿Por qué uno de Débora Arango y no uno de Jesusita Vallejo? ¿Por qué unos zapatos de mujer trans y no, digamos, una traducción protestante de la Biblia?
La “historia oficial” que nos cuentan los museos no será nunca completamente objetiva porque expresa, necesariamente, unos sesgos curatoriales o políticos que excluyen cosas. ¿Cuándo hablaban del acuerdo de paz de 2016 en la sala “Hacer sociedad” mostraban artefactos (pancartas, camisetas, volantes) del movimiento por el “No” en el plebiscito? Creo que no.
La verdad no es relativa (una cosa no es nunca otra cosa) y relativizar la historia suele venir de la mano de usar políticamente esa historia para manipular el presente. Que Gustavo Petro hable de Camilo Torres o del general Melo sirve para oscurecer la historia verdadera de Camilo Torres y de Melo. Lo mismo pasa cuando el presidente actual habla de la Regeneración o de “los valores fundamentales sobre los cuales se erige la nación colombiana” (¿cuáles serán esos, en verdad, sino los que a él le parece que son?).
Pero el hecho de que la verdad histórica no sea relativa no significa que no sea compleja.
George Washington fue al mismo tiempo un gran general, un gran líder moral para su país y, sí, también, un terrible esclavista. La Revolución Francesa fue, al mismo tiempo, un gran descubrir de ideas liberadoras y un régimen de terror. Simón Bolívar fue un libertador y, también, un poco tirano.
No deberíamos contentarnos con solo la mitad que nos gusta o con la que despreciamos. No deberíamos contentarnos con que un gobierno solo nos cuente, o nos muestre, la mitad de la historia que confirma sus sesgos (o la que confirma los nuestros).
Y para entender la historia de Colombia, el Museo Nacional tiene que lograr contar muchas historias. Que quepa Núñez, en un sitio súper importante, y que quepa Quintín Lame, también, y que el museo no nos enseñe una versión moralista o romántica de ninguno de los dos. Y que hable de la Regeneración y de los movimientos sociales y del rock colombiano y de las masacres y de la coca.
Por eso, el Museo Nacional no debería depender de la voluntad de los políticos, sino, más bien, de historiadores y antropólogos y arqueólogos y curadores que puedan debatir y mostrar no la relatividad de la verdad, pero sí su complejidad. (Aquí aparecen mi sesgo tecnocrático, claro, y mi fe en el rigor y en la búsqueda de la objetividad). Colombia no es una sola cosa, pero hay técnicas para saber y para mostrar todo lo que sí es, lo que incluye, también, lo que es y lo que no nos gusta que sea.
Ojalá que las salas del Museo Nacional no sean, entonces, ni espacios de batalla cultural ni de reivindicación política. Los dos gestos me parecen sesgados. Igual de falsificadores.
Cuando los museos están bajo la autoridad de un gobierno y de su “política nacional de museos”, se vuelven, así no lo parezcan, instrumentos de los intereses de ese gobierno.
Creo que, cuando un presidente manda a colgar o a descolgar un cuadro o una bandera, normalmente está haciéndolo porque le conviene. Y descolgar algo quizás sea más excluyente que nunca haberlo colgado, y ese colgar y descolgar va a volverse moda en Colombia, que va entonces a cambiar de Museo Nacional y de historia oficial cada cuatro años.
https://www.lasillavacia.com/opinion/la-historia-oficial/
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