

Desde sus apenas cinco o seis años, doña Agapita Marín Urbano, ahora de sonrientes 89 años de edad, iba “al monte” a recolectar las hierbas que su papá le enseñó a juntar: cáscara de tehuixtle, campanita de mayo o espada de quina, todas ellas plantas abundantes en la mixteca de Puebla con las que emulsionó la que sería su tarea de vida: la medicina tradicional.
La abuela oriunda de San Felipe Otlaltepec, comunidad de Tepexi de Rodríguez, fue una de las seis personas reconocidas este 2026 como Tesoro Humano Vivo, al lado de Estela Velázquez, de Huehuetlán; José Guadalupe Campos, de Cuautempan; Enrique Méndez, de Puebla, Francisco Rodríguez Rodríguez, de Pantepec; y Matías Heriberto González, de Zapotitlán Salinas.
“Eran muchas clases de medicina del monte: para diabetes, para dolor de estómago, para una y otra cosa”, dice doña Agapita, durante una breve entrevista previa al acto celebrado por la Secretaría de Arte y Cultura (SAC), entidad emisora del proyecto apoyado por el Programa de Apoyos a la Cultura en su vertiente Apoyo a las instituciones estatales de cultura 2026 de la Secretaría de Cultura federal.
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Contenta y cubierta por su rebozo, doña Agapita cuenta que la medicina tradicional la aprendió de su papá, cuando lo seguía el monte, y le enseñó los saberes que ella luego compartió con familiares, amigos y vecinos, a quienes atendió y cuidó.
“Son muchas clases de hierba, se cura todo”, afirma la médica tradicional nacida el 28 de julio de 1937, mientras repasa varios nombres de las hierbas que conoció en su casa y en su pueblo.
Incluso, refiere, en su repertorio de enfermedades que llegó a atender se contó con “el espanto”, un padecimiento provocado por una caída o por encontrarse con un animal en el camino.
“Para curar vamos a traer un varazo, y vamos a donde se cayó, y llegamos allá y vamos a hacer una cruz en la tierra y vamos a agarrar esa tierra, la llevamos a su casa y con aguardiente, alcohol y alcanfor se va a rociar su espíritu, se le va a mover -dice mientras masajea su antebrazo, como ejemplo de lo que hará con su paciente-, y luego se chupa y se tira eso, y poco a poco ya se queda contento. Así se cura”.
La octogenaria hablante del ngiwa abunda que en la atención a sus enfermos también echa humo que es provocado por la hierba, chiles picantes y hasta “abono de burro o de toro” que se prenden para que, con su humo, “se limpien” las cuatro esquinas de la casa.
“Desde niña empecé a oír y hacer, y si lo hago, así se cura la gente. Ahora estoy ya muy grande pero así lo enseñé a las personas que llegan a mi casa. Llega alguna partera y yo le digo que así, aunque no saben”, acota de manera atenta.
De paso, recuerda que trabajó también la palma que crece en la misma mixteca, con la cual ella aprendió a fabricar diferentes productos, que eran distintos según su uso: petate de cama, petate de asiento, petate chiquito, tenate, aventador, “muchas cosas que se ocupan esas palmas, a mi me enseñaron desde que estaba niña y yo lo enseñé”, menciona al recordar que incluso, si se va uno al monte a recolectar la palma y empieza a llover, se puede fabricar una suerte de capa que servirá para cubrirse de la lluvia, dormirse y regresar al otro día a casa.
Al recordar la vida de San Felipe Otlaltepec, Agapita Marín rememora que tuvo cinco hijos, tres de ellos fallecidos. “Aunque uno cura, a veces no le da a uno tiempo. Dos (hijos) tengo nada más, como dos nietos hombrecitos”, refiere doña Agapita, mujer que fue reconocida por su conocimiento de la medicina tradicional y por el resguardo de su lengua originaria y su cultura.
En el acto, también fueron reconocidos como Tesoros Humanos Vivos doña Estela Velázquez, de Huehuetlán, por su manejo de la herbolaria, el trabajo de la palma, la cocina tradicional y la propagación de agaves nativos; y José Guadalupe Campos, de Cuautempan, quien fue reconocido por preservar y difundir, durante más de seis décadas, la danza de los negritos, la cual aprendió a sus 17 años, de manera lírica y con la idea de “servir a su pueblo”.
También, fueron galardonados Francisco Rodríguez Rodríguez, de Pantepec, por ser el único intérprete de la flauta de carrizo que domina la totalidad de sones de la región, y Matías Heriberto González, de Zapotitlán Salinas, por ser el guardián del proceso de extracción y producción de la sal, un oficio que heredó de su padre y ahora él traspasa a su propia familia, siguiendo los procesos artesanales.
En el programa también fue seleccionado Enrique Méndez, de Puebla, maestro artesano de las máscaras del carnaval, distinguido por manufacturar las máscaras de ojo móvil que lo han llevado a ser reconocido de manera nacional e internacional.
Durante el acto, el titular de la Secretaría de Arte y Cultura, Fritz Glockner Corte señaló que reconocer a estos hombres y mujeres era reconocer su cultura y a tradición. “Los que han sido reconocidos no han dicho gracias. No, no, no, no. Ahora sí que no me joroben. Gracias a ustedes. Nosotros les debemos estar agradeciendo, debemos decir cada minuto gracias, muchas gracias”, dijo.
De paso, refirió que este año, en la convocatoria Tesoros Humanos Vivos recibió un total de 20 postulaciones de personas que son reconocidas en sus comunidades por su excelencia en la práctica y transmisión de su manifestación cultural, que se distinguen por haber dedicado su vida a recrear, preservar y transmitir la manifestación cultural de la que forman parte, así como por haber emprendido acciones concretas para enseñar y compartir con generaciones más jóvenes los conocimientos, técnicas y significados inherentes a su manifestación cultural, asegurando su continuidad en la comunidad.
Expuso que la selección de los seis ancianos y ancianas distinguidos este año, quienes recibieron 60 mil pesos como aliciente y 20 mil pesos más para ofrecer una actividad que promueva la transmisión de sus saberes, era pequeña en relación a las postulaciones. Por tanto, se comprometió a “duplicar” el número para la emisión de 2027.
https://www.lajornadadeoriente.com.mx/puebla/mecina-tradicional-tarea-de-vida-agapita-marin/
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