La belleza épica de la Villa: Ángeles en la tormenta, de Jorge Bertullo, Premio Nacional de Literatura en Narrativa 2025

La belleza épica de la Villa: Ángeles en la tormenta, de Jorge Bertullo, Premio Nacional de Literatura en Narrativa 2025.
En la Villa de Jorge Bertullo, las horas muertas están llenas de vida. Entre el río, los chismes de las viejas, las pulperías y las pasiones de sus habitantes, lo cotidiano adquiere dimensiones míticas y la historia del litoral encuentra una forma propia de ser contada.
Una feria del libro es también una cuestión de atención. Entre novedades, presentaciones simultáneas y lectores que recorren las mesas, cada editorial busca hacerse escuchar. En la 48.ª Feria Internacional del Libro de Montevideo, celebrada en octubre en la Intendencia, Estuario desplegó un catálogo que cruza generaciones, disciplinas y formas de escritura. Entre sus propuestas, la presentación de Ángeles en la tormenta, de Jorge Bertullo, ofreció la oportunidad de acercarse a un universo narrativo que encuentra en Fray Bentos, la antigua Villa Independencia, su centro de gravedad.
La presentación, prevista en la sala Marosa y a cargo de Valeria Tanco, directora del Instituto Nacional de Letras, junto con Nelson Díaz, tuvo que prescindir de la presencia del autor por motivos de salud. Habría sido completar el círculo mágico: después de recorrer el universo de sus personajes, escuchar al padre de las criaturas contar lo que recuerda de su génesis. Pero los libros también tienen esa capacidad de seguir hablando por quienes no pueden estar presentes.
Un cosmos a orillas del río
En la Villa de Jorge Bertullo hay un cosmos. Lo pueblan el Tigre Leiva, los chismes de las viejas y una colección de personajes cuyas vidas parecen transcurrir al margen de los grandes acontecimientos, aunque en ellas se concentre, a pequeña escala, buena parte de la condición humana. El río acompaña las historias, las horas pasan con una lentitud engañosa y el pueblo parece detenido en el tiempo. Pero esas horas muertas están, en realidad, repletas de vida.
La Villa tiene su plaza, su pulpería, su comisario y su queco. Tiene también una mitología propia, alimentada por las aventuras, los desamores, las pequeñas miserias y las grandezas inesperadas de sus habitantes. Hay algo de Macondo en ese universo, aunque aquí la imaginación tenga olor a asado, a tierra húmeda y a río. Lo extraordinario no llega desde un lugar remoto: nace de la experiencia cotidiana, de la conversación, de la memoria y de la manera en que un pueblo aprende a contarse a sí mismo.
A lo largo de los diecinueve cuentos, los protagonistas y los tiempos se entrecruzan con una naturalidad que desdibuja las fronteras entre la realidad y la fantasía. Más que una sucesión de relatos independientes, se configura una trama abierta y robusta, un mundo al que podemos regresar y en el que cada historia parece ampliar las anteriores. La Villa adquiere así una condición literaria propia, no porque renuncie a su geografía reconocible, sino porque la imaginación de Bertullo la transforma en algo que excede sus límites.
Una de las virtudes del libro está en esa capacidad de convertir la experiencia del pueblo en una experiencia universal. Por momentos, la vida de sus habitantes adquiere una dimensión casi idílica, como si los días transcurrieran en una Comarca habitada por hobbits. Pero la comparación tiene sus límites: detrás de la aparente quietud también hay conflictos, violencia, injusticia y vidas que buscan una salida. La belleza de este universo no depende de que sus personajes estén a salvo del mundo, sino de la manera en que lo atraviesan.
La Villa, además, es un lugar concreto. Su historia remite a Fray Bentos, a la memoria de Villa Independencia y a esa geografía del litoral donde el agua altera la continuidad del paisaje. Quien conoce la región y ha recorrido las orillas del río Negro reconoce el atractivo particular de ese territorio: la llanura parece abrirse, interrumpida por el curso del agua, que introduce una ruptura en la continuidad de la penillanura levemente ondulada.
El río no es solamente un accidente geográfico ni un fondo pintoresco. Es una frontera, una cicatriz que divide el paisaje y que invita a pensar en las divisiones con las que también organizamos nuestra vida colectiva. En Uruguay parece que muchas veces necesitamos comprender el mundo mediante oposiciones: Peñarol o Nacional, norte o sur, de un lado o del otro. Nos cuesta habitar las fronteras, permanecer en ese espacio intermedio donde las identidades se mezclan y las certezas dejan de ser suficientes.
En las historias de Bertullo, sin embargo, ese territorio fronterizo parece encontrar su propia forma de existencia. Allí se habla de chalanas y de peces, de honores y desamores, de pequeñas derrotas y de gestos que adquieren una dimensión inesperada. El autor filtra a sus personajes por un prisma afectivo que descompone sus vidas en haces de colores, revelando matices que una mirada más apresurada difícilmente advertiría. La aspereza de la costa convive con una sensibilidad que no necesita exhibirse para hacerse sentir.
La épica de lo cotidiano
Es en ese punto donde la imaginación de Bertullo alcanza una de sus expresiones más interesantes: su capacidad para transformar lo cotidiano en épica. En uno de los relatos, un niño observa cómo los adultos marchan hacia la capital para reclamar por sus derechos. La escena podría ser narrada desde la crónica social o desde la memoria política, pero el niño la contempla desde otro lugar. Su imaginación convierte la marcha en una empresa heroica, como si aquellos hombres estuvieran apurando el paso para cercar a los persas en las Termópilas.
La distancia entre ambas escenas es enorme, pero en la mirada infantil se vuelve natural. La lucha de los adultos adquiere la dimensión de una aventura antigua, y la historia política se transforma en una imagen que el niño puede comprender y conservar. Lo que para unos es una movilización, para él es una epopeya. La imaginación no borra la realidad: le proporciona una forma, una escala y un lenguaje.
Esa operación resulta especialmente significativa cuando la historia colectiva irrumpe en la intimidad de una familia. La huelga general, la marcha hacia la capital y la represión dejan de ser acontecimientos abstractos para convertirse en experiencias que afectan a los cuerpos, a los vínculos y a la memoria. La violencia no termina necesariamente cuando cesa la agresión física; también puede prolongarse en el espíritu, alterar las relaciones y dejar una marca difícil de nombrar…o convertirse, muchos años después, en cuento.
La Villa contiene, de este modo, una memoria que no se presenta como una lección de historia. Los acontecimientos se filtran en la vida de las personas, se mezclan con sus afectos y reaparecen bajo la forma de recuerdos, relatos y escenas que la imaginación transforma. La política no está afuera de este mundo pequeño: lo atraviesa, incluso cuando sus habitantes no disponen de las palabras necesarias para explicarla.
También hay en estas páginas una singular galería de personajes que encuentran sus propias maneras de sobrevivir. Un especialista en las artes de las emociones llega al pueblo para transmitir sus conocimientos y sus métodos artesanales a un joven. El Monito intenta enderezar su vida como puede, sin garantías ni grandes revelaciones. Doña Blanca y los demás habitantes participan de ese universo donde las tragedias y las pasiones no necesitan solemnidad para adquirir peso.
En ese estudio detallado hay tiempo para escuchar a Blanca Escalada, la curandera. También al Mono y a su hijo, el Monito, entre recetas mágicas para el amor y secretos guardados en el lugar menos pensado. En este Macondo criollo hay espacio para todo. También para la triste mirada de un hijo que ve y relata la bravía marcha de su padre hacia la capital, para unirse a la huelga general, frustrada a medio camino por los militares. La narración de aquellos hechos vividos por un grupo de trabajadores de la Villa es tan conmovedora como apasionante.
Bertullo parece comprender que las personas rara vez se explican por completo a sí mismas. Sus personajes pueden ser contradictorios, torpes, entrañables o ásperos; en ocasiones provocan risa, y en otras despiertan compasión.
El humor aparece de manera solapada, y también de forma descarada. Hay una callada templanza en esa mirada, una disposición a reconocer que las vidas corrientes también contienen sus propias formas de sabiduría.
La escritura encuentra así un equilibrio delicado entre lo truculento y lo bucólico, en la crudeza de las experiencias y la belleza con que son narradas. Las historias pueden transitar por el desamparo y la tragedia, pero no quedan atrapadas sin embargo suenan a fábulas de Esopo. La imaginación abre una salida, no necesariamente hacia la felicidad, sino hacia una comprensión más amplia de quienes habitan ese mundo.
La aceituna, el bar donde paraba Leiva. El Mono y el Monito. Con once años, rastrillando el pueblo en busca de una changa. El tiempo es, sin duda, relativo. Bertullo, quizás debido a su profesión y a su mundo emocional, logra mostrar un estilo de vida que hasta no hace tanto era duro, pero viable. Tenía su cuota de dignidad.
El Tigre Leiva fue siempre su propio jefe, vivió a su ritmo. Era parte de la comunidad, era útil para ella. En ese mundo, el trabajo no se limitaba a una forma de obtener ingresos: también definía un lugar dentro del entramado social, una relación con los demás y una manera de habitar el tiempo. La dureza de la vida no anulaba necesariamente la pertenencia ni la posibilidad de reconocerse en una comunidad.
Hoy se quiere vender la precariedad bajo el mismo velo. Pero ser tu propio jefe fue muy distinto para aquellos aguerridos pescadores que sabían que cada día se salía a una lotería. La de hoy tiene diferentes bolillas.
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