

El 19 de marzo de 2021, mi papá falleció. Era un hombre extraordinario. Nadie que lo conociera lo olvidaba jamás. Desde su fallecimiento, he reflexionado más profundamente sobre la muerte y la vida después de la muerte.
Una idea errónea muy extendida es que pasaremos la eternidad en el cielo, reunidos alrededor del trono de Dios junto a los ángeles. Por supuesto, esta es una realidad actual: los santos fallecidos, de hecho, están adorando a Dios en el cielo. Las Escrituras son claras en este punto (p. ej., 2 Co 5:8; Fil 1:23; Ap 6:9–10). Pero la iglesia a menudo ignora lo que sucederá en el futuro después de la segunda venida de Cristo.
Durante los últimos cien años más o menos, los evangélicos han dedicado más energía a lo que precede al estado eterno —la naturaleza de la tribulación, el reino milenario, etc.— que al estado eterno en sí mismo. Examinemos lo que dice la Escritura acerca de los nuevos cielos y la nueva tierra, y consideremos algunos puntos alentadores.
Nuevo cosmos
Encontramos el relato más detallado sobre la naturaleza del estado eterno en Apocalipsis 21–22. Sin embargo, el desafío consiste en que Juan revela su visión culminante utilizando simbolismo del Antiguo Testamento tomado de Génesis, Éxodo, Levítico, 1 Reyes, Isaías, Ezequiel y Daniel. Para entender Apocalipsis 21–22, es necesario entender el Antiguo Testamento.
Juan tiene una visión de «un cielo nuevo y una tierra nueva» (21:1; ver Is 65:17; 66:22), pero luego ve inmediatamente una «la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios» (Ap. 21:2; ver Is 52:1; 62:1–2). Aunque estas dos imágenes nos puedan parecer extrañas, la progresión del cosmos a la ciudad es natural. Juan no está describiendo dos realidades diferentes, sino una sola. Fíjate en la interpretación de estas imágenes en Apocalipsis 21:3: «Entonces oí una gran voz que decía desde el trono: “El tabernáculo de Dios está entre los hombres”» (ver Lv 26:11–12; Ez 37:27).
A causa del pecado y la desobediencia, un gran abismo separó el cielo de la tierra, pero Dios prometió que tendería un puente sobre este abismo
Juan equipara el «cielo nuevo» y la «tierra nueva» con la «nueva Jerusalén». Pero eso no es todo. Más adelante, Juan profundiza en algunos detalles del nuevo cosmos: «Después el ángel me mostró un río de agua de vida […]. Y a cada lado del río estaba el árbol de la vida» (Ap 22:1–2; ver Gn 2:8–9; 3:22, 24; Ez 47:12). Esta ciudad cósmica presenta rasgos edénicos. ¡Es una ciudad-cosmos-huerto! Los lectores del Apocalipsis habrían atado cabos de inmediato, ya que cada imagen evoca el Antiguo Testamento, especialmente Génesis 1–2.
La creación del cosmos como santuario de Dios
El relato de la creación en Génesis 1–2, uno de los textos más ricos e influyentes de toda la Escritura, revela que Dios quería que el cosmos funcionara como Su morada, Su santuario. El Salmo 78:69 afirma explícitamente: «Y [el Señor] edificó Su santuario como las alturas, / Como la tierra que ha fundado para siempre» (ver también 1 Cr 28:2; Is 66:1–2). Michael Morales concluye acertadamente: «El cosmos se entendía como un gran templo y el templo como un pequeño cosmos».
No debemos pasar por alto este punto: Dios creó el mundo para que funcionara como Su santuario —para que el cielo y la tierra fueran un solo lugar—, pero esta intención nunca se hizo realidad. Es como construir la casa de tus sueños y nunca mudarte allí; el deseo de Dios de morar plenamente con la humanidad y la creación nunca se materializó de la manera que anticipaba el Génesis. A causa del pecado y la desobediencia, un gran abismo separó el cielo de la tierra. Sin embargo, Dios prometió que, al final de la historia, tendería un puente sobre este abismo (ver Is 40:1–5; 65:17; 66:22).
Cristo y el comienzo del nuevo cosmos
El evangelio de Juan dedica una atención considerable a la relación de Cristo con el templo y la nueva creación. Por ejemplo, según Juan 1:14, Jesús «se hizo carne, y habitó [eskēnōsen] entre nosotros». El verbo «habitó» (skēnoō) debería traducirse como «tabernaculizó». La palabra que usa el evangelista hace referencia a textos como Éxodo 25:8–9, 33:7 y 40:34–35, que describen la construcción del «tabernáculo» (skēnē) de Israel. La idea es que Dios ahora habita con Su creación en la persona de Cristo. La presencia de Dios en el lugar santísimo del tabernáculo de Israel y, más tarde, en el templo de Salomón, prefiguraba la presencia de Cristo entre Su pueblo. El cielo ha descendido.
Jesús afirma en Juan 1:51 que Natanael «[verá] el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del Hombre». Invocando la narración de la escalera de Jacob en Génesis 28:10–19, Jesús afirma ser el portal entre el cielo y la tierra. Cristo ha comenzado a unir el cielo con la tierra.
Posteriormente, en el evangelio de Juan, Jesús anima a Sus discípulos recordándoles que la «casa de [Su] Padre» tiene «muchas moradas» y que Él debe ir «a preparar un lugar» para ellos (14:2). Aunque es tentador interpretar las palabras de Jesús como una referencia general al cielo, el lenguaje se refiere específicamente a la reunión de la humanidad redimida en el templo al final de la historia (Éx 15:17; Is 2:2; ver también 2 Mac 2:17–18; 1 Enoc 39:4; 71:16). Steve Bryan argumenta de manera convincente que «las palabras de Jesús […] no están tan relacionadas con el traslado de Sus seguidores de la tierra al cielo como con la disolución de la división entre el cielo y la tierra. […] Jesús desplaza la morada terrenal de Dios y también va al Padre para preparar la morada celestial de Dios, a fin de que sea el lugar de morada de Su pueblo».
No pasaremos la eternidad flotando en las nubes. Disfrutaremos de algo mucho mejor: la vida en la nueva tierra, envueltos en la gloria de Dios
Sinteticemos el material de Juan: tras la muerte y resurrección de Jesús, Él se aventura en el reino celestial para construir el nuevo templo cósmico; este nuevo templo cósmico comenzó con la vida de Jesús —y especialmente, con Su resurrección— y se extiende a todos aquellos que creen en Él. El evangelio de Juan destaca la nueva creación y la partida de Jesús. Mientras que Mateo, Marcos y Lucas acentúan la ascensión de Jesús al trono del Padre como Hijo del Hombre para gobernar sobre la creación, Juan subraya el papel presente y futuro de Jesús en la creación del santuario cósmico.
Cristo promete que «[vendrá] otra vez» para «tomar» a Sus discípulos para que «estén» donde Él está en el estado eterno (14:3).
Anímate
Las implicaciones de la enseñanza de las Escrituras sobre este tema son inmensas. No pasaremos la eternidad flotando en las nubes. Disfrutaremos de algo mucho mejor: la vida en la nueva tierra, envueltos en la gloria de Dios. Por fin lo veremos cara a cara.
En lugar de decir que «pasaremos la eternidad en el cielo», es mucho más bíblico afirmar que «pasaremos la eternidad en la tierra nueva». Cuando hablo con mis hijos sobre la muerte y la vida después de la muerte, noto que entienden la expresión concreta «tierra nueva», ya que la frase transmite tanto continuidad como discontinuidad.
Mi papá permanecerá en el cielo, solo su alma, hasta la resurrección. Entonces, cuando Cristo regrese por segunda vez, al final de la historia, le dará a mi papá un nuevo cuerpo y mi papá será todo lo que Dios lo creó para que fuera. Él y yo, junto con los santos, heredaremos la nueva tierra. Mi papá y yo volveremos a disfrutar de la compañía del otro, a practicar deportes, a reírnos y a construir todo tipo de cosas. Lo extraño, por supuesto, pero estoy ansioso por reunirme con él.
Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por María del Carmen Atiaga.
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