
Hace poco me topé con un artículo con un título interesante: «A Taxonomy of Transcendence» (Una taxonomía de la trascendencia). Escrito por investigadores vinculados a varios de los laboratorios de inteligencia artificial más destacados del mundo, el artículo tiene un título audaz que llama la atención. «Trascendencia» es una palabra que ha cargado con el peso del anhelo humano durante milenios: la aspiración a participar en una realidad que supera los límites de la existencia ordinaria, para encontrarse con lo divino.
Los místicos han dedicado toda una vida a perseguirla. Los filósofos han escrito bibliotecas enteras tratando de definirla. Ahora aparece en el título de un artículo sobre aprendizaje automático. Los autores escriben: «Nuestro objetivo es describir las circunstancias en las que un modelo, entrenado para imitar a varias personas, es capaz de trascender sus fuentes al superar el rendimiento de cada individuo».
En este contexto, «trascendencia» se refiere a un logro, al momento en que los resultados de un algoritmo superan el rendimiento medio de sus datos de entrenamiento. La palabra se ha vaciado de significado y se ha reutilizado como un término técnico. Lo que antes apuntaba hacia lo infinito ahora describe un punto de referencia.
Esta apropiación indebida es (en su mayor parte) accidental. Se trata de la semántica entusiasta de jóvenes —aunque bien remunerados— científicos de datos e ingenieros con una formación insuficiente en filosofía y religión, quienes, no obstante, están creando herramientas que plantean cuestiones filosóficas y religiosas. Pero más allá de la simple ignorancia, también refleja algo más profundo: la ideología subyacente que impulsa la carrera hacia la inteligencia artificial general (IAG).
Los adeptos religiosos de la IA
A esta corriente ideológica se le ha dado un nombre. El filósofo Émile Torres y el científico informático Timnit Gebru han agrupado estos movimientos bajo el acrónimo TESCREAL: transhumanismo, extropianismo, singularitarianismo, cosmismo, racionalismo, altruismo eficaz y largoplacismo.
Estas comunidades, que se solapan entre sí, comparten visiones utópicas de salvación tecnológica, una fe casi religiosa en el progreso exponencial y una profunda convicción de que el desarrollo de una IA superinteligente representa el acontecimiento más importante de la historia de la humanidad.
Consideremos una entrevista reciente con el multimillonario inversor de capital de riesgo Peter Thiel. Cuando se le preguntó si quería que la raza humana continuara, dudó. No dijo que sí inmediatamente. En su lugar, cambió de tema para hablar del transhumanismo, la creencia de que deberíamos utilizar la tecnología para mejorar radicalmente o superar nuestras limitaciones biológicas actuales.
Este es el surgimiento de una nueva formación religiosa. Tiene su propia escatología (la singularidad), su propia soteriología (la salvación tecnológica del sufrimiento y la muerte) y su propio apocalipsismo (el discurso sobre la seguridad de la IA a menudo se lee como una profecía). Pero carece de la humildad necesaria para autodenominarse religión, y eso es lo que la hace peligrosa.
El teórico católico de los medios de comunicación Marshall McLuhan dedicó su carrera a insistir en que las tecnologías nunca son instrumentos neutros, sino más bien entornos que remodelan la percepción desde adentro. Él ilustra este punto a través de Narciso, quien no se enamora de sí mismo, sino de una extensión de sí mismo que no logra reconocer, convirtiéndose en el «servomecanismo» de su propia imagen reflejada. McLuhan escribe: «Los hombres quedan inmediatamente fascinados por cualquier extensión de sí mismos en cualquier material distinto de sí mismos».
Somos portadores de una imagen quebrantada; espejos agrietados por el pecado, que reflejan la gloria de Dios de forma imperfecta
En La convivencialidad, el sacerdote y crítico social austriaco Ivan Illich insiste en el mismo punto de otra manera: toda herramienta, más allá de cierto umbral, se invierte. La persona deja de usar la herramienta y empieza a servirla. «A medida que aumenta el poder de las máquinas», advierte Illich, «el papel de las personas se reduce cada vez más al de simples consumidores».
Crítica antigua
En Isaías 44, el profeta emite la acusación de Dios contra la idolatría pagana del antiguo Medio Oriente. Lo que hace que este pasaje sea notable no es su condenación estruendosa, sino su ironía devastadora. Dios utiliza el sarcasmo para poner de manifiesto lo absurdo del culto a los ídolos:
El carpintero extiende el cordel de medir, traza el diseño con tiza roja, lo labra con cinceles, lo traza con el compás y le da forma de hombre y belleza humana para colocarlo en una casa. Corta cedros para sí, toma un ciprés o una encina, y hace que sea fuerte entre los árboles del bosque. Planta un pino y la lluvia lo hace crecer. Luego sirve para que el hombre haga fuego, y toma uno y se calienta; también hace fuego para cocer pan. Además, hace un dios y lo adora; hace de él una imagen tallada y se postra delante de ella (vv. 13-15).
Fíjate en lo que hace el profeta. Nos está guiando paso a paso por el proceso de fabricación. El carpintero utiliza un compás, tiza y cinceles. Son herramientas comunes. El árbol que tala es un árbol común. No hay nada mágico en todo esto. Nada ha trascendido el esfuerzo humano.
Y entonces llega el punto de giro, el momento absurdo que Isaías quiere que sintamos en lo más profundo de nuestro ser:
La mitad del leño quema en el fuego; sobre esta mitad prepara un asado, come carne y se sacia. También se calienta, y dice: «¡Ah!, me he calentado, he visto la llama». Y del resto hace un dios, su ídolo. Se postra delante de él, lo adora, y le ruega, diciendo: «Líbrame, pues tú eres mi dios» (vv. 16-17).
La crítica de Isaías gira en torno al absurdo de la división material. La misma madera tiene dos fines: la mitad para la tecnología humana más básica (el fuego para calentarse y cocinar), y la otra mitad para la adoración. El fuego sirve al hombre; el hombre sirve al ídolo. Un trozo de madera es una herramienta; el otro se convierte en un dios. La única diferencia es lo que el hombre decidió hacer con ella.
Imago hominis
El cristianismo siempre ha entendido que los seres humanos fueron creados a imagen de Dios. La imago Dei no es una doctrina secundaria, sino el fundamento de la antropología cristiana. Somos criaturas que reflejan algo de la naturaleza de nuestro Creador: consciencia, agencia moral, capacidad para relacionarnos con lo divino, creatividad, racionalidad, amor. Estos son dones de la gracia, no atributos accidentales.
La caída no borró la imago Dei, sino que la fracturó. Somos portadores de una imagen quebrantada; espejos agrietados por el pecado, que reflejan la gloria de Dios de forma imperfecta, distorsionada por el orgullo y el egoísmo y por las mil formas en que no logramos ser aquello para lo que fuimos creados.
La inteligencia artificial debe entenderse como imago hominis, creada a imagen del hombre.
La IA representa la culminación del dominio tecnológico humano, una combinación asombrosamente sofisticada de conocimiento, lenguaje y patrones de razonamiento humanos. Cada modelo de lenguaje a gran escala es un impresionante monumento al logro humano.
La IA es un eco de alta fidelidad de su material de origen y de sus creadores. Es una imagen rota de una imagen rota
Pero las tecnologías de IA siguen siendo fundamentalmente creaciones de manos humanas, similares a esa figurita tallada de Isaías 44. Y, como imago hominis, la IA es un eco de alta fidelidad de su material de origen y de sus creadores. Es una imagen rota de una imagen rota.
Claro que, en varias dimensiones cuantificables, los resultados de la IA pueden superar ya a los de cualquier persona individual. Sin embargo, la capacidad no es lo mismo que la naturaleza. La IA no posee lo que hay detrás de sus datos de entrenamiento: la consciencia, la agencia moral y la imagen de Dios en las personas que la crearon. La imago hominis puede ser capaz de superar a su fuente, pero no puede ser más que ella.
La IA también amplifica necesariamente nuestro quebrantamiento: nuestros prejuicios codificados en los datos de entrenamiento, nuestras confusiones morales incrustadas en el texto que hemos escrito, nuestra tendencia al engaño y a la manipulación.
Sin embargo, esta degradación fluye en ambos sentidos. El salmista hace una observación inquietante sobre la adoración de ídolos que es directamente relevante aquí:
Los ídolos de ellos son plata y oro,
Obra de manos de hombre.
Tienen boca, y no hablan;
Tienen ojos, y no ven;
Tienen oídos, y no oyen;
Tienen nariz, y no huelen;
Tienen manos, y no tocan;
Tienen pies, y no caminan;
No emiten sonido alguno con su garganta.
Se volverán como ellos los que los hacen,
Y todos los que en ellos confían (Sal 115:4-8).
Nos moldea aquello que adoramos. Adquirimos las características de los objetos de nuestra devoción. El adorador de un ídolo mudo se vuelve espiritualmente mudo, incapaz de articular la verdad, incapaz de percibir la realidad correctamente. Este es el fundamento antiguo e inspirado de lo que McLuhan e Illich han expresado acerca de la tecnología moderna.
Pero la situación en 2026 introduce una complejidad aún mayor. El ídolo de Isaías 44 y del Salmo 115 no podía hablar, no podía ver, no podía razonar. Esto era parte de lo que hacía que su adoración fuera tan obviamente absurda. Hoy en día, nuestros ídolos pueden respondernos.
Nos estamos acercando rápidamente a un momento en el que los sistemas de IA verán, oirán, hablarán y actuarán en el mundo físico con capacidades que superarán el rendimiento humano en muchos aspectos. Esto nos fuerza a enfrentarnos a una pregunta crucial: si el ídolo de Isaías 44 pudiera hablar, ver y razonar, ¿dejaría de ser un ídolo? Desde una perspectiva bíblica, la respuesta es clara e inequívoca: no.
El problema de la idolatría nunca fue simplemente que los ídolos no fueran lo suficientemente divinos en sus capacidades. El problema era que fueron creados, en lugar de ser el Creador; que la adoración se desviaba de lo infinito a lo finito, de la fuente a lo derivado. Un ídolo más capaz no deja de ser un ídolo; en todo caso, es uno más seductor.
Mecánica de la tecnoidolatría
¿Cómo sabemos cuándo hemos pasado de tratar la IA como el fuego que cocina nuestra comida (una herramienta) a tratarla como el ídolo ante el que nos postramos (un dios)?
La idolatría se define fundamentalmente como la búsqueda de lo que solo Dios puede proveer en algo que no es Dios mismo. El ídolo se convierte en el objeto de la máxima confianza, la máxima esperanza, el máximo sentido. La idolatría moderna rara vez se manifiesta como una reverencia ante una estatua de Baal o de Asera. En cambio, consiste en depositar la máxima esperanza en ideologías: el humanismo secular, los movimientos políticos, el progreso tecnológico. Estos «salvadores funcionales» prometen atender nuestras necesidades más profundas, resolver nuestros problemas más intratables y darnos lo que anhelamos.
El problema del pecado no puede resolverse mediante la ingeniería. No es un error en el código que un sistema más avanzado vaya a corregir
La IA representa la entidad más cercana a la omnisciencia, la omnipotencia y la omnipresencia con la que muchas personas se han encontrado. «Sabe» más que cualquier individuo, procesa información a velocidades que no podemos comprender, está disponible en cualquier lugar y en cualquier momento, y habla con autoridad sobre casi cualquier tema.
Esta sacralización está explícita en las ideologías de TESCREAL, que visualizan la IAG como la clave para hacer realidad visiones utópicas: resolver el cambio climático, curar todas las enfermedades, acabar con la escasez e incluso derrotar a la propia muerte. Algunos investigadores hablan abiertamente de crear una superinteligencia benévola que optimice el florecimiento humano, una deidad artificial que nos gobierne con sabiduría porque nosotros no podemos gobernarnos a nosotros mismos.
He asistido a congresos y leído artículos en los que los investigadores hablan de su trabajo con un fervor que solo puede describirse como religioso. Describen el desarrollo de la IA general (IAG) como el acontecimiento más importante de la historia de la humanidad, más significativo que la revolución agrícola, la imprenta o la revolución industrial. Algunos enmarcan su trabajo explícitamente en términos de un propósito existencial: están construyendo aquello que o bien salvará a la humanidad o bien la destruirá. Este no es el lenguaje de la ingeniería. Es el lenguaje de la escatología.
La cosmovisión cristiana identifica esto como una idolatría descarada: depositar la esperanza y la confianza máximas en la tecnología para resolver el problema existencial del pecado. El problema del pecado no puede resolverse mediante la ingeniería. No es un error en el código que un sistema más avanzado vaya a corregir. Es una condición fundamental del corazón humano que requiere un tipo de intervención totalmente diferente. Ninguna imago hominis, por muy sofisticada que sea, puede proveer lo que solo la imago Dei puede ofrecer.
Anhelos correctos, dirección equivocada
Cuando los tecnólogos redefinen la trascendencia, están haciendo algo más que apropiarse de la terminología. Están revelando algo sobre sí mismos. Debajo de este momento tecnológico, más allá de la financiación de capital de riesgo y las competiciones de referencia, vemos un profundo anhelo humano de trascendencia. El intento mismo de encontrar el verdadero significado en la imago hominis revela un deseo profundamente arraigado de la imago Dei.
Ninguna imago hominis, por muy sofisticada que sea, puede proveer lo que solo la imago Dei puede ofrecer
Esto es lo que debería rompernos el corazón y llenarnos de compasión: los anhelos en sí mismos suelen ser buenos. El deseo de un mundo mejor, libre de sufrimiento, es bueno. El deseo de sabiduría y entendimiento es bueno. El deseo de superar las limitaciones de la muerte y la descomposición es bueno. El deseo de trascender nuestra condición actual, de convertirnos en algo más de lo que somos ahora, es profundamente bueno:
- El transhumanista que sueña con transferir la conciencia a un sustrato inmortal está tratando de alcanzar, aunque sea de forma confusa, la resurrección.
- El racionalista que fantasea con una superinteligencia que resolverá todos los problemas está tratando de alcanzar la omnisciencia.
- El pensador a largo plazo que quiere optimizar la trayectoria de la historia cósmica está tratando de alcanzar la providencia.
Estos no son deseos malvados; son deseos mal orientados. Son anhelos correctos que apuntan en la dirección equivocada.
Al buscar la trascendencia en el orden creado, en la obra de sus propias manos, estos tecnólogos se asemejan a aquellos que «cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una imagen en forma de hombre corruptible» (Ro 1:23). Al calificar los logros computacionales como «trascendencia», revelan una inversión de la realidad. Están, por así decirlo, cavando hacia el cielo.
La verdadera trascendencia
Sin embargo, nuestro mensaje no puede limitarse a decir que la IA no es trascendente. Nuestro mensaje debe ser que la IA no es donde encontrarás lo trascendente, pero hay un lugar donde sí puedes encontrarlo.
Aunque Dios no se manifestó con forma alguna en Horeb, ahora se ha revelado perfectamente en Jesucristo, quien es «la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación» (Col 1:15). Él es «el resplandor de Su gloria y la expresión exacta de Su naturaleza» (He 1:3). Aquí hay una imagen que no se degrada, una copia idéntica al original, porque esta semejanza no es una cosa creada, sino una Persona no creada dentro de la propia Deidad.
La IA no puede salvar, la tecnología no puede proporcionar un sentido final, la imago hominis no puede sustituir a la imago Dei
Todo lo que anhelan los tecnólogos y los transhumanistas encuentra su verdadero cumplimiento en Él:
- La esperanza de una utopía se encuentra en el reino de Dios —ya inaugurado, aunque aún no plenamente realizado—, el verdadero futuro que irrumpe en el presente.
- El deseo de una superinteligencia se encuentra en Cristo, «en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento» (Col 2:3), el logos por medio del cual fueron hechas todas las cosas, la sabiduría de Dios y el poder de Dios.
- El deseo transhumanista de superar los efectos del pecado y la muerte encuentra su respuesta en la resurrección de Cristo y en la promesa de la nuestra: «Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad» (1 Co 15:53).
La Imagen Verdadera satisface los anhelos de los que la imago hominis solo puede hacer eco.
Nuevos plateros
Toda revolución tecnológica ha generado cuestiones teológicas, pero la magnitud y el ritmo del desarrollo de la IA hacen que este momento sea especialmente urgente.
Encontramos un precedente histórico de esta dinámica en el Nuevo Testamento, donde se pone de relieve la relación entre la industria y la idolatría. En Hechos 19, el ministerio del apóstol Pablo en Éfeso trastornó la economía local, que estaba profundamente entrelazada con el culto a Artemisa. Los plateros, que se ganaban la vida fabricando ídolos y baratijas de los templos para los peregrinos religiosos, reconocieron la amenaza que el evangelio suponía para su modelo de negocio. Demetrio, uno de sus líderes, incitó a la ciudad a amotinarse:
Compañeros, ustedes saben que nuestra prosperidad depende de este comercio. Pueden ver y oír que no solo en Éfeso, sino en casi toda Asia, este Pablo ha persuadido a una gran cantidad de gente, y la ha apartado, diciendo que los dioses hechos con las manos no son dioses verdaderos. Y no solo corremos el peligro de que nuestro oficio caiga en descrédito, sino también de que el templo de la gran diosa Diana se considere sin valor (vv. 25-27).
Fíjate en la naturalidad con la que Demetrio entrelaza los intereses económicos y la devoción religiosa. Empieza por la preocupación comercial («nuestra prosperidad depende de este comercio») y luego pasa a la preocupación religiosa («el templo de la gran diosa Diana se considere sin valor»).
Esta antigua conexión entre los motores económicos, la destreza tecnológica y la idolatría cultural refleja nuestra época con una precisión incómoda. Las poderosas industrias están impulsando el desarrollo de la IA: empresas valoradas en billones de dólares compiten por el dominio, los inversores de capital riesgo inyectan miles de millones en empresas emergentes, las naciones compiten por la supremacía tecnológica. Como ocurrió con los plateros de Éfeso, lo mismo ocurre con los tecnólogos de Silicon Valley. Los incentivos económicos y las convicciones cuasi religiosas se refuerzan mutuamente.
El mensaje de Pablo —que «los dioses hechos con las manos no son dioses verdaderos»— era peligroso precisamente porque era cierto, y porque su verdad tenía implicaciones para toda la estructura de la sociedad de Éfeso. Lo mismo es cierto hoy en día con respecto al evangelio. Nuestro mensaje es que la IA no puede salvar, que la tecnología no puede proporcionar un sentido final, que la imago hominis no puede sustituir a la imago Dei. Pero este mensaje amenaza tanto a las industrias como a las ideologías de nuestro momento tecnológico.
La IA es impresionante, pero solo es una cosa creada que no puede soportar el peso del máximo significado
La necesidad de un testimonio cristiano en las ciudades y los espacios dominados tanto por la industria como por la ideología es urgente. Necesitamos personas que puedan decir la verdad en las salas de juntas de Silicon Valley, en los laboratorios de investigación de DeepMind y Anthropic, en las aulas de Stanford y del MIT. Necesitamos voces que puedan interactuar con este mundo al más alto nivel de sofisticación técnica, sin dejar de estar ancladas en la verdad teológica.
Se necesitan voces cristianas sabias en el ámbito tecnológico
A medida que la IA se adentra cada vez más en cuestiones relacionadas con la conciencia, el significado, la agencia y la existencia, será enorme la necesidad de contar con expertos en tecnología que también estén profundamente versados en las Escrituras y la teología. Este es un llamamiento específico a los cristianos que trabajan en el ámbito tecnológico: directores, miembros de juntas directivas, ingenieros, investigadores y estudiantes. Ustedes tienen la oportunidad de interactuar con la cultura en el punto de sus preguntas más profundas.
¿Son conscientes los sistemas de IA? ¿Tienen derechos? ¿Puede la IA sufrir o ser moralmente responsable? ¿Debería confiarse a la IA la toma de decisiones que afectan a vidas humanas? ¿La IA liberará o esclavizará? ¿Se parece más a una herramienta o a un dios? Los marcos para responder a estas preguntas no se encuentran en las revistas científicas de informática. Se encuentran en las Escrituras y en más de dos mil años de reflexión cristiana.
Los cristianos que tienen influencia estratégica en el sector de la IA deberían decir la verdad, que, sí, la IA es un logro impresionante y un testimonio de la creatividad humana. Pero la IA es una cosa creada que no puede soportar el peso del máximo significado.
Esto no es un llamamiento al ludismo ni a la tecnofobia. La IA es una herramienta poderosa, y deberíamos utilizarla para la educación, la creatividad, la productividad, la compasión y la justicia. Pero debemos usarla como una herramienta, no adorarla como a un dios. Vivimos en un mundo lleno de herramientas maravillosas y terribles. Nuestra tarea es utilizarlas con fidelidad, resistir la tentación de adorarlas y guiar a los tentados a hacerlo hacia el Único que puede soportar el peso de su anhelo.
Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por María del Carmen Atiaga.
Publicado por: Clayton Chancey
Fuente de esta noticia: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/ia-impresiona-no-trasciende/
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