
Existen frases que repetimos casi automáticamente cuando alguien atraviesa una pérdida, una decepción o una etapa difícil: “Dale tiempo al tiempo” o “El tiempo todo lo cura” Como si el simple movimiento de los días tuviera la capacidad de ordenar aquello que se rompió dentro de nosotros.
Pero el tiempo, por sí mismo, no hace ese trabajo.
El tiempo pasa.
Pasan los días, cambian los calendarios, envejece el cuerpo y se acumulan experiencias. Sin embargo, una persona puede atravesar muchos años llevando consigo las mismas heridas, repitiendo los mismos patrones y reaccionando desde los mismos temores. Cumplir años no necesariamente significa crecer; sobrevivir una experiencia tampoco significa haber aprendido de ella.
La transformación comienza cuando dejamos de preguntarnos solamente cuánto tiempo ha pasado y empezamos a preguntarnos: ¿qué he hecho yo con ese tiempo?
Hay heridas que necesitan algo más que tiempo
Desde una perspectiva profundamente humana, sanar implica participación.
Implica reconocer lo sucedido, permitirnos sentirlo, comprender nuestra propia historia y descubrir qué parte de nosotros necesita cambiar. Algunas experiencias incluso requieren ayuda, acompañamiento y vínculos seguros para poder ser elaboradas.
No podemos modificar todo aquello que nos ocurre, pero sí podemos trabajar sobre la manera en que lo integramos a nuestra historia.
Una pérdida puede convertirnos en personas endurecidas o enseñarnos el valor de aquello que todavía permanece. Un fracaso puede transformarse en resentimiento o convertirse en aprendizaje. Una herida puede llevarnos a levantar muros frente al mundo o ayudarnos a desarrollar límites más sanos.
El acontecimiento puede ser el mismo.
Lo que cambia es aquello que construimos a partir de él.
Mirarse también requiere valentía.
Existe una forma silenciosa de crecimiento que comienza cuando una persona se atreve a observarse sin máscaras.
No solamente contemplar nuestras virtudes, sino también reconocer aquello que todavía necesitamos trabajar: nuestros miedos, contradicciones, hábitos, heridas, impulsos y formas de relacionarnos.
La introspección auténtica no consiste en castigarnos.
Consiste en conocernos.
Porque cuando puedo reconocer aquello que ocurre dentro de mí, también comienzo a recuperar la capacidad de decidir qué hacer con ello.
Quizás una de las mayores expresiones de madurez sea poder decir:
Esto forma parte de mi historia, pero no tiene por qué determinar mi futuro.
Las raíces crecen donde nadie está mirando.
La naturaleza ofrece una metáfora extraordinaria sobre el crecimiento humano.
Antes de que un árbol pueda extender sus ramas hacia el cielo, necesita desarrollar raíces debajo de la tierra.
Y ese proceso ocurre en silencio.
Nadie aplaude las raíces.
Nadie observa diariamente cómo avanzan bajo la tierra. Sin embargo, cuando llegan los vientos fuertes, aquello que parecía invisible se convierte en lo que sostiene todo el árbol.
Algo semejante ocurre con nosotros.
Hay temporadas de nuestra vida en las que aparentemente no estamos avanzando. No existen grandes logros que mostrar, nadie observa cambios extraordinarios y quizás nosotros mismos sentimos que permanecemos en el mismo lugar.
Pero debajo de la superficie podemos estar aprendiendo a perdonar, estableciendo límites, reconstruyendo nuestra autoestima, fortaleciendo nuestra fe, aprendiendo a estar en silencio, estudiando, trabajando nuestros vínculos o simplemente intentando comprender quiénes somos.
También eso es crecer.
No todo crecimiento produce flores inmediatamente.
Primero vienen las raíces.
La espiritualidad también se construye en el proceso
Desde una mirada espiritual, nuestra existencia no debería medirse solamente por aquello que conseguimos, sino también por aquello en lo que nos convertimos mientras caminamos.
Podemos pedirle a Dios que cambie nuestras circunstancias, pero muchas veces el proceso también nos confronta con una pregunta más profunda:
¿Qué está transformándose dentro de mí mientras atravieso esta circunstancia?
La fe no elimina automáticamente el dolor humano. Puede darle dirección, significado y esperanza.
Hay momentos en los que comprenderemos por qué ocurrió algo y otros en los que probablemente nunca tendremos una explicación completa. Pero incluso entonces podemos decidir qué clase de persona queremos ser después de atravesarlo.
Porque quizá la vida espiritual no consiste únicamente en esperar respuestas del cielo, sino también en aprender a caminar con conciencia mientras las buscamos.
No importa solamente cuánto vivimos, sino cómo vivimos
Y tal vez, la verdadera sabiduría comienza cuando comprendemos que el pasado merece ser escuchado, pero no necesariamente obedecido.
No somos únicamente aquello que nos ocurrió.
También somos las decisiones que tomamos después.
Por eso, tal vez la pregunta más importante no sea:
“¿Cuánto tiempo ha pasado?”
Sino:
“¿En quién me estoy convirtiendo mientras el tiempo pasa?”
Porque los años pueden envejecer nuestro cuerpo, pero solamente la conciencia, el aprendizaje, la fe, el amor y nuestras decisiones pueden darle profundidad a nuestra existencia.
“Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría.” Salmos 90:12, RVR1960
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.
- ★EL TIEMPO NO SANA: TRANSFORMA A QUIEN APRENDE A HABITARLO.
- ★CUANDO UNA CARACTERÍSTICA TERMINA DEFINIENDO A TODA LA PERSONA: EFECTO HALO.
- ★PENSAMIENTO DICOTÓMICO: CUANDO LA MENTE SOLO VE BLANCO O NEGRO.
- ★EL EFECTO DUNNING-KRUGER: CUANDO SABER POCO NOS HACE SENTIR QUE SABEMOS MUCHO.
- ★EL SESGO DE ANCLAJE: CUANDO LA PRIMERA IDEA CONDICIONA TODO LO QUE VIENE DESPUÉS.

