La economía argentina atraviesa una encrucijada que su propia estadística retrata a la perfección. Los datos del segundo trimestre muestran que el producto creció un 2% en la comparación interanual, pero se contrajo un 0,6% en la medición desestacionalizada frente al trimestre previo. Esa doble lectura, expansión contra el año pasado y retroceso contra el trimestre anterior, sintetiza la tensión del momento, y explica por qué la discusión oscila entre celebrar el orden macroeconómico y advertir sobre el riesgo de una recesión técnica.
El análisis por el lado de la demanda revela dónde están las fortalezas y las debilidades. El consumo privado apenas avanzó un 0,4% interanual, un registro magro que da cuenta de una demanda interna que no despega. Mucho más severos fueron los recortes en la formación bruta de capital fijo, es decir la inversión, que se derrumbó un 11,1%, y en el consumo público, que cayó un 4,1%. El único gran motor fueron las exportaciones de bienes y servicios, que traccionaron con un salto del 13,7%. La radiografía es elocuente, ya que el crecimiento se apoya casi por completo en el sector externo mientras la inversión y el gasto interno se contraen.
El desplome de la inversión merece una mirada detenida, porque compromete el crecimiento futuro. La caída estuvo impulsada por fuertes retracciones en equipo de transporte, que cayó un 22,1%, y en maquinaria y equipo, que retrocedió un 15,2%. En el plano sectorial, el crecimiento agregado se sostuvo sobre los rubros primarios, con la pesca disparándose un 44,7%, la explotación de minas y canteras avanzando un 16,4% y el agro un 6,9%. Esos sectores lograron neutralizar las caídas de ramas de alto peso en el empleo y la actividad, como la industria manufacturera, que cedió un 2,1%, y la administración pública, que bajó un 1,4%.
El mercado laboral aportó datos que refuerzan ese cuadro de fragilidad. La tasa de desempleo trepó levemente del 7,6% al 7,9% en la comparación interanual, una variación que el propio análisis considera dentro del margen de error muestral. Más significativo es el fenómeno de fondo, ya que el trabajo no registrado ascendió al 45% del total. El aumento de la desocupación se explica porque la oferta laboral creció un 0,8%, por encima de la capacidad de la economía para crear empleo, que avanzó un 0,5%. Y el incremento de la informalidad respondió a una mayor absorción por la vía del cuentapropismo, cuya participación dentro del segmento no registrado subió del 34,3% al 37,3%. En otras palabras, el empleo que se genera es cada vez más precario.

El frente externo, en cambio, siguió siendo la mejor noticia. La balanza comercial de agosto arrojó un superávit de 2.187 millones de dólares, con lo que el saldo positivo acumulado en el año alcanzó los 18.249 millones. Las exportaciones sumaron 8.883 millones, con un alza del 12,4% interanual, y las importaciones 6.696 millones, con un avance del 3,6%. Conviene, de todos modos, una precisión sobre el origen de esa mejora, porque respondió exclusivamente a una suba del 16% en los precios, mientras que las cantidades físicas efectivamente exportadas cayeron un 3,1%. El superávit, entonces, es genuino pero se apoya en precios favorables antes que en mayores volúmenes.
En materia de precios, el índice mayorista avanzó un 2,1% en agosto y marcó un 29,8% interanual, con un acumulado del 19,1% en el año. A ese dato se sumaron algunas novedades regulatorias y de infraestructura de peso. El proyecto del oleoducto que conectará Vaca Muerta con el sur debutó en el mercado local captando 233,6 millones de dólares en obligaciones negociables a cuatro años, con una tasa fija del 6,25% anual, para financiar la etapa final de una obra clave para la exportación de crudo. Y en el plano de la confianza, el índice que mide el ánimo de los consumidores subió un 2,37% en septiembre, con una mejora del 5,23% en el interior del país que contrastó con una caída del 6,78% en la Ciudad de Buenos Aires.

Mientras tanto, se envió al Congreso su proyecto de presupuesto para 2027. Las proyecciones oficiales contemplan un crecimiento del 4%, una inflación en descenso hasta el 18% interanual y un tipo de cambio a fin de año de 1.847 pesos, lo que implica una depreciación del 15,4%. En el plano fiscal, las cuentas cerrarían con un superávit primario del 1,3% del producto y un resultado financiero apenas positivo. La meta de crecimiento descansa sobre un repunte del consumo privado, un fuerte salto de la inversión del 9,2% y el sostenimiento de las exportaciones. Son supuestos ambiciosos, sobre todo a la luz de los datos de inversión del segundo trimestre, que marcharon en la dirección exactamente opuesta.
El contexto internacional, lejos de ayudar, se endureció de manera notable, y ese es quizás el factor más determinante para el año que viene. La Reserva Federal de los Estados Unidos elevó su tasa de referencia en veinticinco puntos básicos, hasta el rango del 3,75% al 4%, en su primera suba desde 2023, y sus proyecciones anticipan un ajuste adicional antes de fin de año. En sintonía, el Banco de Japón llevó su tasa al 1,25%, el mayor nivel en treinta y un años, profundizando el abandono de su histórica política de dinero ultrabarato. El resultado más visible de ese giro global fue que el rendimiento del bono del Tesoro estadounidense a diez años volvió a superar el 5%, un umbral que no se veía desde 2007.

Ese dato, en apariencia lejano, tiene consecuencias directas y concretas sobre la Argentina. Cuando el activo más seguro del mundo rinde por encima del 5%, el costo del financiamiento se encarece para todos los países emergentes, y el atractivo relativo de sus activos disminuye. No es casual, en ese marco, que el riesgo país argentino haya trepado un 8% en la semana hasta los 524 puntos básicos, ni que la plaza local haya cerrado con caídas generalizadas. El país busca completar su estabilización y regresar a los mercados de deuda justo cuando esos mercados se vuelven más caros y más exigentes, un desafío de una dificultad considerable.
El balance general deja una economía suspendida entre dos fuerzas contrapuestas. De un lado, los logros del programa, como el superávit comercial, el orden fiscal y una desinflación que continúa su curso. Del otro, las señales de alarma, como la contracción trimestral del producto, el desplome de la inversión, la precarización del empleo y un mundo que encarece el crédito. El presupuesto oficial apuesta a que 2027 traerá crecimiento e inversión, pero los datos más recientes todavía no validan ese optimismo. La Argentina llega a la antesala electoral con sus cuentas ordenadas, y esa es una diferencia sustancial respecto del pasado, pero con la asignatura pendiente de convertir esa estabilidad en una recuperación que la economía real, hasta ahora, no termina de sentir.
Medio: cronista.com
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