
Hace ahora medio siglo que muchos americanos se enteraron que los evangélicos existían. 1976 fue declarado su año por el semanario estadounidense Newsweek con una famosa portada con el titular: “Nacidos de nuevo”. Tanto el demócrata Jimmy Carter como el repúblicano Gerald Ford dijeron públicamente que habían “nacido de nuevo”. Hasta entonces el norteamericano medio no era muy consciente de la importancia de este movimiento que estaba creciendo en tantas denominaciones.
Ese mismo año el pensador evangélico de la comunidad cristiana de L´Abri en Suiza, Francis Schaeffer (1912–1984), publicaba el libro que acompañaba una serie de diez películas documentales hechas con su hijo Franky, “¿Cómo debemos vivir, entonces?”. Esta obra se presento al año siguiente en Estados Unidos en multitudinarios seminarios en grandes auditorios de quince ciudades, como el Madison Square Garden de Nueva York, que atrajeron hasta seis mil personas. El libro vendió cuarenta mil ejemplares sólo en las tres primeras semanas.
Curiosamente, es uno de esos libros que nunca se ha traducido al castellano. No se puede encontrar más que una versión muy reducida de resumen en Internet, sin las ilustraciones, que son la clave para entender la obra. Los vídeos están en YouTube en español, pero con una calidad de imagen tan mala, que no se puede comparar al brillante esplendor del celuloide de las cintas de 35mm que todavía existen dobladas a nuestro idioma. En inglés se puede encontrar facílmente en DVD y plataformas como Prime Video.
Serie documental
En los años 50 sólo había dos productoras evangélicas de cine importantes: World Wide Pictures con las películas que hacía Dick Ross para Billy Graham y Gospel Films con las que hacía Ken Anderson con Billy Zeoli. Las dos se dividen cuando Ross se cansa del protagonismo que tiene Graham en todas ellas –para llevar la historia de David Wilkerson y Nicky Cruz en “La cruz y el puñal” al cine en 1970– y Zeoli se separa de Anderson para contar también historias más dramáticas a un público más joven –como la que muestra la conversión del cantante Tony Fontane en 1963, tras un grave accidente de coche–.
La productora y distribuidora de Gospel Films era especialmente poderosa, ya que el director del consejo que presidía Zeoli no era ni más ni menos que el co-fundador de Amway, Richard DeVos. En el libro en que el hijo de Schaeffer cuenta en 2007 su alejamiento del cristianismo evangélico, tras un periodo ortodoxo oriental –llamado en inglés, “Loco por Dios o cómo crecí como uno de los elegidos, ayudé a fundar la derecha religiosa y viví para retratarme de todo (o casi todo)”, cuyo título lo dice ya todo, como pueden ver– describe cómo hizo la serie con una gran presupuesto para viajar desde Suiza a Estados Unidos continuamente, así como recorrer con su padre, tantos museos y monumentos para el rodaje, por toda Europa. Dinero no faltaba.
Billy Zeoli era hijo del predicador con el que se convierte Schaeffer en una carpa a los 18 años en 1930. Anthony Zeoli era un evangelista de origen italiano y alemán en Filadelfía, que fue luego pastor presbitereriano. Su hijo Billy trabaja con Juventud para Cristo en los años 50 cuando funda con Ken Anderson, la productora de cine evangélica Gospel Films. Franky cuenta en una entrevista con la radio pública americana que Billy estuvo un par de meses en L´Abri para saber quién era Schaeffer. El hijo menor de Schaeffer se cría en la comunidad sin ir apenás al colegio. Tiene la polío y se casa con 17 años al dejar a la que es su esposa hasta el día de hoy, embarazada, Genie –esto lo cuenta una y otra vez, no es ningún secreto–. Se dedica a la pintura entonces. Había hecho un par de exposiciones, pero quería hacer cine.
Es Franky quien convence a su padre para hacer la serie con Zeolin, aunque a Schaeffer no le gustaba ni que le grabaran sus charlas. El desafío era “usar su interés en la cultura para una audiencia evangélica a la que no le interesa siquiera el arte”, dice su hijo. La idea de Billy era otra –según Franky–, que Schaeffer “inmunizará a los hijos de esos padres preocupados por lo que escuchaban en la universidad, todos esos libros y pinturas, el rock y las películas que veían, para darles la ideología bíblica correcta con la que recibieran la información”. El problema es que cuando empiezan el rodaje, el director resulta ser un completo inepto y Franky toma su lugar, aunque no tenía ninguna experiencia.
Es curioso que el montaje final es de Mel White, el profesor de comunicación del Seminario de Fuller en Pasadena (California) que escribía libros que firmaban otros –como si fueran suyos, hasta de Billy Graham–y había hecho documentales interesantes –como el que cuenta cuándo Jim Jones convierte el Templo del Pueblo en una secta, antes de la masacre en Guyana de Jonestown–. Todo eso antes de “salir del armario” y casarse con otro hombre, ¡claro! A lo que esperó que sus hijos fueran mayores. Uno de ellos, por cierto, es el creador de la serie de HBO, “The White Lotus”, que tiene un curioso tratamiento del sexo, para ser obra de un “gay”, ya que muestra el lado más sórdido y oscuro de las relaciones actuales.
Dos historias diferentes
El libro nace de una serie británica de documentales de la BBC, “Civilización” (1969) del historiador del arte Sir Kenneth Clark. Eran unos programas que contaban la historia de la cultura occidental en cada época, mostrando sus pinturas, arquitectura, literatura y música. La obra de Schaeffer era claramente una respuesta a Clark. La subtitula “El auge y declive del pensamiento y la cultura occidental”. Pretende ser la versión cristiana en contraste con la perspectiva humanista de la “Civilización” de Clark.
Como en toda su obra, lo que a Schaeffer le interesa son las líneas generales de la Historia. Cuando algunos empezaron a criticar aspectos concretos, –sobre todo la visión que da de Tomás de Aquino–, él decía que se quedaban “en el detalle”. Está claro que generaliza demasiado y faltan algunos aspectos cruciales. A muchos les molesta también la importancia que da a la Reforma. Acepta cambiar su idea de Kierkegaard en siguientes ediciones de “Huyendo de la razòn” (1968), ya que al principio no entiende lo que quiere decir con el “salto de la fe”, pero su apologética presuposicionalista le impide apreciar sin duda el pensamiento de Aquino. Al fin y al cabo era un discipulo de Van Til, el profesor holandés con el que estudió el año que comienza el Seminario Teológico de Westminster en Filadelfía.
A la hora de valorar esta obra, medio siglo después, no debemos dejar que “los árboles nos impidan ver el bosque”. Su planteamiento es genial, no sólo por lo ambicioso del proyecto, sino por la claridad con la que te muestra, que visiones diferentes del mundo determinan juicios morales y un entendimiento de la realidad totalmente diferente. Lo expresa muy bien cuando dice: “La gente tiene presuposiciones y vivirán más consistentemente en base a esos presupuestos de lo que ellos se imaginan”. De ahí viene el extraño título: “¿Cómo debemos vivir, entonces?”.
En un artículo por el cuarenta aniversario, el presidente del Seminario Bautista del Sur en Louisville (Kentucky), Al Mohler, recuerda lo raro que era para un adolescente estadounidense como él, el libro y la figura de Schaeffer, “vestido como si hubiera bajado de las montañas suizas en el siglo pasado”. Su atracción a jovenes confusos sobre la fe, que se apartaban de las iglesias, llamaba la atención de los estadounidenses. “Cuando otros se dedicaban a levantar su imperio evangélico –dice Mohler–, era sorprendente ver a los Schaeffer, rodeados de melenudos, llenos de intereses culturales e inquietudes intelectuales”. Uno de ellos era, por cierto, el hijo mayor del presidente Gerald Ford, que estuvo con su futura esposa en L´Abri, un año antes de casarse en 1974. Otros no era tan respetables, como “el padre del LSD”, Timothy Leary.
Herencia de lágrimas
¿Qué sentido tiene su obra hoy en día? Sus libros son ya difíciles de encontrar y los que le recuerdan tienen una idea equivocada de él, como un intelectual que escribía profundas obras de apologética, cuando su mayor influencia fue personal. Es por eso que escribí el libro que ha editado este año Publicaciones Andamio. Lo he titulado “La herencia de lágrimas de Francis Schaeffer”. El nombre viene de un cantautor cristiano llamado John Fischer, que cuando la revista Christianity Today le preguntó por el legado de Schaeffer, dijo que “su herencia son sus lágrimas”.
Lo dice no sólo porque solía llorar con frecuencia, cuando hablaba, sino porque nos enseñó algo de lo que los evangélicos no hemos aprendido mucho: ”Demasiados de nosotros estamos demasiado ocupados vapuleando feministas, humanistas seculares, activistas gay y políticos liberales, para considerar por qué piensan así”. Como se ven como una amenaza para ti, tus hijos y la sociedad que te rodea, no puedes simpatizar con ellos. Esa empatía que tanto nos falta, es que la que llevó a Schaeffer a intentar comprender la cultura de su tiempo.
Lo reconoce hasta el propio Franky: “Papá se interesó por la cultura secular no como un medio para conseguir un fin –criticarla o condenarla–, sino porque le interesaba de verdad”. Para poder llorar por ella, como dice Fischer, tienes que “entender más plenamente la depravación de tu propia alma y la profundidad con la que la gracia de Dios nos ha alcanzado”. Ya que “no se puede llorar por el mundo, si no has llorado antes por ti”. Es así, “como debemos vivir, entonces”.
Medio: protestantedigital.com
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