
Nadie es perfecto, la perfección no pasa de ser un horizonte, como la felicidad y la armonía, un objetivo que nos seduce y nos obliga a esforzarnos día a día por ser mejores. Es la búsqueda permanente de la utopía, es el sueño y la ilusión a los que accedemos en alas de la imaginación y que, poco a poco, nos impulsan a mejorar este mundo un poco más cada día mejorándonos nosotros mismos pasito a pasito, como dice la canción.
Hace unos meses, viendo como a lo largo de los años, países y pueblos por los que guardo un gran respeto elegían propuestas audaces, progresistas y unos pocos años después volvían a votar por opciones tiránicas, dictatoriales, despóticas, me preguntaba por qué en nuestra América Latina tan entrañable, tan sensible, tan cálida, pasábamos de un extremo a otro. No puede ser que un gobierno lo haga tan mal como para que, una vez finalizado, los ciudadanos se decanten masivamente por la opción contraria, especialmente cuando no vienen acompañadas de propuestas, sino de insultos, acusaciones temerarias y no ocultan sus intenciones antidemocráticas y autoritarias.
Y entonces aparecieron Ferré, un mentiroso consumado, y Cerimedo, el taxista millonario dueño de granjas de bots y la cosa empezó a dilucidarse. Y allá arriba en aquel alto, en el frio y lejano norte, en el país que se vendía como el epitome de las libertades, la democracia, los derechos, la nación soñada, donde pueda ser que nada era regalado, pero, por lo menos, la gente podría trabajar muchas horas al día y obtener un reconocimiento salarial suficiente para proveerse una vida digna, aparecieron figuras que con cada vez mayor osadía negaban esas libertades, expresaban su aporofobia y su desprecio por seres humanos venidos de otras tierras y, lo que para ellos era peor, con pieles y cabellos distintos.
Y entonces, de un momento a otro, todo quedó meridianamente claro: Nuestros pueblos, incluso el del coloso septentrional, estaban sometidos a un proceso de adocenamiento, adoctrinamiento, manipulación, acondicionamiento brutal, pese a todo sofisticado, muy sofisticado que los convertían a ellos mismos en bots, en zombis sin voluntad propia, en bípedas y desplumadas cotorras que repetían como letanías eslóganes y verdades a medias que los medios de comunicación masivos propalaban con generosidad e insidia.
El vecino no se veía ya como un ser humano con sus derechos, su autonomía, su experiencia y sus conceptos surgidos de la misma, alguien quien de alguna manera podría eventualmente complementarnos, ser en algunos casos nuestro apoyo, sino como una amenaza a nuestro espacio de confort cada vez más íntimo y reducido.
Algo como eso ha venido sucediendo en nuestra morena y mestiza América, a varios de sus países han llegado opciones que buscan dividirnos por la religión y la política, segregarnos por nuestro alcance económico, limitar nuestro acceso a la educación, a la salud, a los servicios básicos, a la información. Su objetivo reforzar relaciones de clase restrictivas, discriminatorias, elitistas, limitar el acceso a la propiedad, a la vida digna, a la facultad de soñar y de planear el futuro. Adicionalmente vienen con una agenda geopolítica que favorece la hegemonía de los multimillonarios del norte y su acceso incondicional a los recursos de estas ricas tierras.
Sucedió en los propios EEUU, en Centro América, en Argentina, en Chile, en Ecuador, en Bolivia, ahora también en Colombia y Perú, se inventaron una criatura para garantizar el dominio del hegemón: El escudo de las Américas que viene a actuar como una OTAN alk servicio de los EEUU con el pretexto de la guerra contra las drogas, pero con el propósito de limitar el acceso a las inversiones de otros centros de poder en nuestra patria grande.
Han puesto sus ojos en Brasil y México, lo dos colosos que les hacen falta. Nadie aprende de la experiencia del otro, hace algunos años un amigo me decía con patibulario sarcasmo, la experiencia hermano es como la caca de los perritos: Si no la recoge el dueño nadie más la recoge.
Han llenado el mundo de tarifas, guerras, confabulaciones, falsas noticias, amenazas, nos mantienen tan ocupados que no tenemos tiempo de percibir sus maniobras soterradas ni de darnos cuenta del alcance de la manipulación y acondicionamiento a los que nos tiene sometidos.
De vez en cuando, pero cada vez con mayor frecuencia, se escuchan voces díscolas, rebeldes, críticas que cuestionan este estado de cosas, la gente empieza a despertar de la anestesia, entonces viene la represión, la satanización de la discrepancia, las amenazas de destripamiento. Lo decía Hannah Arendt, ellos usan los mecanismos de la democracia para engañar a la gente y alzarse con el poder para, una vez en el ejercicio del mismo, extinguir los valores democráticos e imponer su inhumana letanía, sus demoniacos responsos. Lo decía Karl Popper en otros términos: Una sociedad tolerante sin límites se autodestruye al permitir el crecimiento de ideologías intolerantes que buscan eliminar la propia tolerancia.
A lo largo de la historia muchos lo han dicho, muchos más lo han pensado, pero sigue y sigue pasando. Definitivamente la racionalidad no es nuestro fuerte. Somos seres irracionales e instintivos, manipulables.
Por años los científicos, enredados en sus complicadas ecuaciones e incomprensibles cálculos, nos dijeron una y otra vez que viajar al pasado era imposible, que el tiempo fluye implacable en una sola dirección, un presente continuo en cuyos bordes cambiantes vivimos, llenándonos de olvidos, de nostalgias y de arrugas.
La literatura de ficción abordaba el tema llevándonos en alas de la febril imaginación de los escritores bien sea al pasado de colosales monstruos reptilianos o a un futuro hipertecnológico de viajes interestelares o distópico de una posguerra de aniquilación.
Pero la realidad supera la ficción. La nación que se autodenominaba la más desarrollada, la más avanzada, justa, democrática, refrendaba su poder en guerras en contra de gobiernos díscolos que simplemente se oponían o no “colaboraban” lo suficiente con la expansión del dominio del coloso, la difusión de su cultura y el cumplimiento de sus “ideales” y designios, cayó en manos de un déspota mitómano, belicista, hegemonista y, para acabarla de completar, corrupto y pedófilo.
Los vaticinios distópicos de George Orwell o de Aldous Huxley se quedaron cortos, el régimen nazi de comienzos del siglo XX o el fascismo de Mussolini, no fueron sino un tímido abrebocas.
La segunda guerra mundial trajo un nuevo amo que empezó a defender con ferocidad su supremacía, destruyó gobiernos y civilizaciones por la fuerza de sus mentiras, su moneda y sus armas.
El mundo se dividió en tres: El mundo de los países capitalistas desarrollados cultores de la iniciativa y la propiedad privada sobre los medios de producción que se atribuyeron el ser “el primer mundo”, el mundo de los países que exploraban fórmulas en las que primaba la planeación central y la propiedad estatal sobre los medios productivos, al cual llamaron los primeros “segundo mundo” y una gleba numerosa de países en proceso de desarrollo, muchos de ellos excolonias de los primeros y, en ese momento, patio trasero de los mismos.
Se vino la “guerra fría” al amparo de la cual fuerzas soterradas de los dos primeros mundos intentaban ganar influencia y dominio entre la gleba: Se provocaban guerras, se intervenían elecciones, se derrocaban gobiernos, se asesinaban líderes incómodos, se imponían narrativas y se manipulaba la información.
El segundo mundo flaqueó a causa de sus debilidades internas, la corrupción, la pertinaz ofensiva del relato de los países hegemónicos del primer mundo y su eficaz difusión y manoseo de valores como la “libertad”, la “justicia”, la “democracia”.
Los países de la gleba, testigos mudos de las pulsiones y contradicciones de aquellos del primero y segundo mundo, avanzaron en tímidos procesos nacionalistas. No llegaron muy lejos, el coloso conforme los detectaba los iba neutralizando y devolviendo, frustrados y contritos, a su redil.
Trump se encontró un panorama en el que muchas de esas iniciativas nacionales y progresistas crecían en el terreno abonado de las inequidades, corrupción e injusticia del tercer mundo. En América Latina intervino con desparpajo las elecciones y consiguió llevar al poder a títeres incondicionales de la nación del norte. Las cosas volvieron a ser como antes, las sociedades involucionaron con entusiasmo, regresaron los usos feudales y el dominio incontestable del coloso del norte y su troll zanahoria.
Quien iba a imaginárselo, volvimos al pasado, los viajes en el tiempo eran posibles: La religión, la pobreza, la corrupción, la miseria y la guerra regresaron por la gracia de Cristo Rey. Deberían fusilar a esos tontos que negaban los viajes en el tiempo, la patria no necesita sabios, ni deporte, ni cultura, ni educación, ni justicia, ni paz.
¡Viva Cristo Rey!
¡Firmes por la patria!
POR CARLOS FAJARDO
PARA PRENSA MERCOSUR
ACERCA DEL CORRESPONSAL
CARLOS FAJARDO
Médico, felizmente casado y, como si fuera poca la dicha, pensionado, no dejamos títere con cabeza y a cada i le asignamos con holgura y generosidad su correspondiente punto.

