
En las cecropias de los bosques húmedos de América tropical, el tronco hueco y segmentado funciona como un edificio de apartamentos para hormigas del género Azteca. El árbol les da cobijo y alimento. Ellas, a cambio, patrullan sus ramas con una agresividad notable. Y sin embargo, en algunos de esos mismos árboles, la convivencia entre avispas y hormigas se hace visible: a pocos centímetros de la guardia, cuelga el nido de papel de una avispa.
La palabra «secuestro» es más vistosa que exacta, porque lo que se ha documentado sobre estas relaciones es más sutil que un golpe de mano. Pero el fondo de la historia es real y tiene truco: hay avispas que aprovechan los refugios que otros organismos han montado en los árboles, y no siempre por las buenas.
Un árbol que paga alquiler
Para entender a las avispas conviene empezar por el edificio. Las cecropias son árboles de crecimiento rápido, con troncos huecos que las reinas de Azteca colonizan. La planta ofrece además alimento: produce unos corpúsculos ricos en nutrientes de los que las hormigas se sirven. A cambio, las hormigas atacan a los herbívoros que se acercan y, según se ha descrito en este tipo de asociaciones, ayudan a mantener el árbol despejado de trepadoras que lo ahogarían.
Es un pacto que lleva mucho tiempo funcionando, y por eso mismo resulta tan atractivo para terceros. Un árbol con guardia permanente es un lugar relativamente seguro. Cualquier animal capaz de vivir cerca de esa guardia sin ser atacado se ahorra buena parte del trabajo de defenderse.
La avispa que se arrima al sol que más calienta
El caso mejor conocido es el de Polybia rejecta, una avispa social de la región neotropical que suele construir su nido junto a colonias de Azteca. En esta relación entre avispas y hormigas, las ventajas son fáciles de adivinar: las hormigas, que defienden su territorio, mantienen a raya a muchos depredadores y también a otras hormigas que de otro modo asaltarían el nido de papel y devorarían a las larvas.
Lo llamativo es cómo se evita el conflicto. Las hormigas no tienen motivo para respetar a una avispa, y lo normal sería que la atacaran. Los estudios sobre esta especie apuntan a que las avispas aplican sobre el nido una sustancia química que repele a las hormigas vecinas, de modo que la convivencia se mantiene gracias a una especie de barrera olfativa y no a una amistad. La avispa no paga alquiler: se instala junto a la guardia y se asegura de que esta no la moleste.
Desde el punto de vista del árbol y de las hormigas anfitrionas, el balance es menos claro que para la avispa. Que alguien viva gratis bajo tu protección no tiene por qué ser un perjuicio grave, pero tampoco es un regalo, y los ecólogos hablan de estas situaciones con cautela, porque el reparto de costes y beneficios cambia según el contexto.
¿Y las que sí entran en la casa?
Hay otra manera de colarse en un hormiguero, y esta sí merece el calificativo de infiltración. Las avispas de la familia Eucharitidae, de aspecto discreto y muy distribuidas por el mundo, son parásitas de hormigas. En este caso de avispas y hormigas, las hembras no se acercan al nido: depositan los huevos en plantas o en sus inmediaciones, y de ellos salen larvas diminutas, muy móviles, que se agarran a una hormiga obrera que pasa por allí. La hormiga, sin saberlo, las transporta hasta su propia casa.
Una vez dentro, la larva abandona a su taxi y se adhiere a las crías de la colonia, de las que se alimenta mientras se desarrolla. Cuando llega el momento, el adulto sale del hormiguero. Y aquí vuelve a aparecer el engaño químico: en varias especies, los recién emergidos parecen ser tolerados por las obreras durante un tiempo, lo bastante para escapar antes de que cambien las tornas.
Conviene no mezclar los dos casos de avispas y hormigas. Una avispa que cuelga su nido junto a las hormigas y una que cría a costa de sus larvas son estrategias muy distintas, aunque ambas dependan de pasar inadvertidas ante un ejército que no perdona.
Del paisaje de socios fieles al de vecinos con doble fondo
Durante mucho tiempo, la imagen que se tenía de las plantas con hormigas era la de un matrimonio bien avenido: el árbol pone casa y comida, las hormigas ponen seguridad, y todo lo demás es ruido de fondo. Lo que han ido mostrando los estudios sobre avispas, parásitos y otros aprovechados es que esa pareja rara vez vive sola. Alrededor de cada árbol con guardia hay ocupantes que aprenden a explotarla, ya sea instalándose a su sombra o infiltrándose en sus galerías. El mutualismo sigue en pie, pero ahora se describe como un ecosistema con aprovechados, y no como un acuerdo cerrado entre dos.
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