
Una casa pierde calor por donde menos se espera: ahorrar energía en invierno exige prestar atención a esas fugas. Una rendija de apenas unos milímetros bajo la puerta de la calle, por ejemplo, funciona como una ventana entreabierta durante todo el invierno, y nadie lo nota porque no hace ruido ni deja una mancha. Lo que sí deja es un salón que cuesta calentar y un radiador que trabaja de más.
La buena noticia es que lograrlo rara vez consiste en pasar frío con una manta y resignación. Casi siempre consiste en dejar de regalar el calor que ya se ha producido.
El calor se escapa por las rendijas, no solo por los cristales
Cuando pensamos en pérdidas de calor, la imaginación va directa a las ventanas. Tiene sentido, pero el cuadro es más amplio. Los puntos débiles de una vivienda suelen ser los encuentros: el marco de la ventana con la pared, la persiana con su cajón, la puerta con el suelo, el buzón, las rejillas de ventilación que ya nadie recuerda haber puesto.
Una prueba casera sirve para localizarlos. En un día de viento, pasar la mano, o una vela encendida con cuidado, junto a los marcos y las juntas deja ver dónde hay corriente. Si la llama se inclina, ahí hay una fuga.
Las soluciones son modestas y baratas: burletes adhesivos, un buen cortavientos en la base de la puerta, masilla en las juntas visibles. Son arreglos de una tarde. Y funcionan porque una habitación sin corrientes se siente más cálida aunque el termómetro marque lo mismo. La sensación térmica depende mucho del aire en movimiento sobre la piel.
¿Por qué se nota tanto el frío de una pared?
Hay una razón física por la que sentarse junto a una pared fría resulta incómodo aunque el aire de la sala esté templado: nuestro cuerpo cede calor por radiación hacia las superficies frías cercanas. No hace falta que nos toquen. Una cristalera grande en una noche helada actúa como un pequeño radiador al revés, que nos roba calor desde el otro lado de la habitación.
De ahí que algunas medidas funcionen mejor de lo que parece:
- Cortinas gruesas que lleguen casi hasta el suelo y se cierren al caer la tarde, para crear una capa de aire quieto frente al cristal.
- Alfombras sobre suelos de baldosa o parquet, que alejan el frío de los pies, la zona donde más se nota.
- Muebles separados de las paredes exteriores, sobre todo sofás y camas, para que el aire circule y no se condense humedad detrás.
Nada de esto cambia la temperatura del termostato. Cambia lo que el cuerpo percibe, y eso permite bajar un grado o dos sin sentirlo.
Dejar entrar el sol (y pararlo cuando se va)
El sol de invierno es calefacción gratuita, y bajo en el cielo entra muy adentro de las casas orientadas al sur. Abrir persianas y cortinas durante las horas de luz en las ventanas soleadas y cerrarlas al anochecer es uno de los gestos más rentables que existen para ahorrar energía en invierno. No requiere obras ni aparatos, solo constancia.
Con la ventilación pasa algo parecido. Renovar el aire es necesario, pero no hace falta dejar la ventana abierta media mañana. Diez minutos con las ventanas abiertas de par en par y corriente cruzada renuevan el aire mejor que una hora con una rendija, y las paredes y los muebles apenas se enfrían, de modo que la casa recupera la temperatura enseguida.
Los hábitos pequeños que suman
Con el equipo de calefacción también hay margen. Purgar los radiadores si suenan a burbujeo o calientan solo por abajo mejora su rendimiento. Dejarlos libres, sin ropa secando encima ni sofás pegados delante, evita que el calor quede atrapado. Una lámina reflectante entre el radiador y la pared exterior, de las que se venden en cualquier ferretería, devuelve hacia la habitación calor que de otro modo se iría hacia fuera.
Los programadores y termostatos permiten ahorrar energía en invierno: no calentar la casa vacía y tenerla templada al volver. Y cada grado que se reduce en la temperatura de consigna supone un ahorro apreciable en el consumo de calefacción, aunque la cifra exacta varía según la vivienda y el sistema.
La ropa de casa también cuenta. Un jersey y unas zapatillas cerradas no son una derrota, son la forma más barata de calefacción individual: calientan a la persona, no a todo el volumen del salón.
Un orden de tareas para el primer fin de semana frío
Si hubiera que fijar un orden, sería este: primero tapar las fugas de aire, después aprovechar el sol y las cortinas, y por último afinar la calefacción. Es el camino de menos a más esfuerzo, y de más a menos retorno por euro y por minuto invertido. Con un burlete, una cortina decente y un termostato bien ajustado, ahorrar energía en invierno es posible: la casa se queda caliente con menos energía y sin una sola prenda de más.
https://www.ambientum.com/ambientum/eficiencia-energetica/ahorrar-energia-en-invierno-conservar-calor.asp
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