
En las leyes fundamentales de la biología, ningún ecosistema subsiste consumiendo energía sin entregar una contraparte justa de valor. En el Ecuador, sin embargo, se ha afianzado un comportamiento colectivo autodestructivo sostenido sobre tres pilares: la exigencia de que todo lo que da el Estado sea regalado, la manía de vivir de lo barato y el uso deliberado de la difamación para ganar notoriedad. Esta tríada no representa viveza ni astucia; constituye una patología social que encadena a las personas a la indigencia emocional y a la violencia criminal.
Morder la raíz que nos nutre
La paradoja de este fenómeno la padecimos hace poco, cuando un empresario turístico despotricó con dureza contra Baños de Agua Santa, logrando eco mediático y exposición. El hecho reviste un contrasentido elemental: quien forma parte del ecosistema turístico y agrede a un destino emblemático, termina saboteando la misma actividad de la que vive y usufructúa. Erosionar la reputación de los destinos del país destruye la confianza general del viajero, dinamitando las bases del mercado que sostiene su propio negocio.
A este episodio se sumó el caso del visitante que permaneció tres días comiendo en un mercado popular para luego viralizar, que le negaron una servilleta adicional. Dicho perfil dista mucho de un turista genuino que invierte en vivencias, acude a los múltiples atractivos y degusta la variada gastronomía local. Quien por días se instala en un solo rincón se comporta como un observador con intenciones inciertas. El absurdo llegó al punto que autoridades de turismo de otras localidades, salieron a invitarlo, demostrando una total irracionalidad, al exponer a los servidores de sus propios territorios, ante visitantes de conducta dudosa, que consumen recursos mínimos y el residente que paga impuestos, subsidia su estadía.
La escuela de la discordia
Este hábito de lograr relevancia a través de la ofensa tiene raíces socioculturales identificables. En el gobierno de Rafael Correa se dejó instaurada una escuela de confrontación y descalificación cotidiana que caló hondo en el tejido social y en los jóvenes. Normalizó hasta la actualidad, que el agredir, ridiculizar al adversario es una vía legítima de posicionamiento político y social. Esa dialéctica del agravio es parte de la conducta de miles de ciudadanos y creadores de contenido, que hoy dependen solo del conflicto para ser visibles ante las masas.
Los tres frutos amargos
La articulación de estas tres costumbres desencadeno consecuencias críticas en el alma colectiva. La falsa premisa de que el Estado y la sociedad tienen la obligación de otorgarlo todo, sin necesidad del esfuerzo individual ni del compromiso colectivo. Exigir excelencia y atenciones desmedidas pagando centavos, despreciando el valor del sudor, del tiempo y de las materias primas del productor. La búsqueda de protagonismo mediante el ataque a quienes generan valor real.
La convergencia de estos factores explica la actual crisis de inseguridad que golpea a la nación. Las generaciones que crecieron convencidas de que tenían derecho a todo por solo haber nacido en este país, al chocar con la realidad, de que los derechos demandan conocimiento y trabajo, optaron por obtener las cosas mediante la violencia, incluso a costa de sus propias vidas. Un entorno dominado por la amargura y la queja sistemática jamás podrá edificar prosperidad. Lo que no advierten quienes educan bajo la prédica del reclamo de derechos infinitos, es que cosechan el desapego y la ingratitud de sus propios hijos, incapaces de valorar lo recibido, incluso el esfuerzo de sus padres.
El abrazo de la montaña
Frente a esa marea de murmullos, la vocación de Baños de Agua Santa permanece serena. Las figuras que buscan encumbrarse a fuerza de agravios se disuelven en su propia mezquindad, ya que son medidos con la misma vara que miden.
Consolidada como una de las ciudades más seguras del Ecuador, Baños de Agua Santa custodia algo mucho más profundo que su belleza natural: preserva un santuario para el afecto familiar. Es ese refugio generacional donde, una tarde soleada, el abuelo toma la mano de su nieto para enseñarle a maravillarse con la fuerza de una cascada. Y la vida, que premia la gratitud, cierra el círculo con ternura: décadas más tarde, aquel niño, transformado en un hombre de bien por los valores que recibió en su infancia, regresa a Baños con pasos amorosos, para sostener con la misma devoción, la mano cansada de su abuelo.
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