
Enviado especial a Río de Janeiro – La madrugada carioca encuentra algún que otro fantasma rojinegro deambulando por las calles de Copacabana. El reloj marca las 2 de la mañana y aún permanecen algunos televisores encendidos con las últimas cervezas sobre la mesa. Un comensal de uno de esos bares golpea con su mano la mesa mientras señala la pantalla y vocifera algo en un portugués que atropella palabras y se vuelve difícil de captar a la distancia. Sus compañeros no parecen con ánimo de seguirlo. Más bien apuran sus vasos en silencio sin disimular el abatimiento de haber perdido el paso a la final.
En solo 48 horas, Brasil se juega otra final. Termina la cuenta regresiva que comenzó el domingo 4 de octubre, con un desenlace inesperado que dejó al heredero del clan Bolsonaro, Flávio, a las puertas de la Presidencia. Pero el histórico dirigente del PT y actual mandatario, Luiz Inácio Lula da Silva, no baja los brazos. En vísperas del balotaje que definirá el futuro del coloso sudamericano, ambos contendientes se medirán hoy en un último duelo cara a cara en la cuna del bolsonarismo: Río de Janeiro.
Pero en suelo carioca toda la atención se la robó el fútbol en las últimas horas. Y en las dos semifinales que se jugaron con 24 horas de diferencia por la Sudamericana y la Libertadores, los dos equipos locales quedaron en el camino por combinados argentinos. A las casacas xeneizes en las playas del sur de la ciudad las reemplazaron los bastones rojiblancos del “Pincha”. Y tanto el Vasco da Gama como el Flamengo, los dos equipos nativos de Rio, deberán esperar para soñar con una nueva copa en sus vitrinas.
Flavio Bolsonaro es hincha del Vasco da Gama. Lula da Silva, del Corinthians. Casualidad o no, los dos equipos se enfrentarán mañana por el torneo local. Al día siguiente, los electores de todo Brasil volverán a las urnas para elegir a Flavio o Lula como su próximo Presidente en una votación donde puede pesar más el rechazo que las preferencias políticas. El candidato del Partido Liberal e hijo del expresidente preso ganó la primera vuelta con el 47,03% de los votos válidos, según el Tribunal Superior Electoral. Lula obtuvo 45,16%.
La diferencia es tan estrecha que obliga a mirar con atención la capacidad de movilización final de ambos espacios, las promesas y las denuncias cruzadas por desinformación, y cuánto ese combo puede incidir sobre el electorado. Una primera regla no escrita de los balotajes brasileños indica que suele imponerse quien llega con ventaja desde el primer turno. A eso se suma otro dato: la participación no suele variar demasiado entre una instancia y otra y, en ocasiones, incluso desciende.

Río no es un territorio neutral. Supo ser gobernado por la izquierda, pero hace tiempo se convirtió en un bastión bolsonarista. Jair Bolsonaro fue concejal carioca antes de llegar al Congreso nacional, de ahí que muchos consideren a esta ciudad como la cuna del movimiento que terminó devorando a buena parte de la derecha tradicional brasileña y que ahora amenaza también con reducir el peso del Centrão, esa confluencia de partidos que históricamente operó como fiel de la balanza legislativa para cualquier gobierno.
Aquí la abstención llegó al 23,33% en la primera vuelta, algo por encima del promedio nacional. Y ya no habrá una disputa por la gobernación que empuje la participación, como se preveía inicialmente: la Justicia terminó por definirla durante el conteo posterior, al anular los votos de Anthony Garotinho y retotalizar el escrutinio. Douglas Ruas pasó del 49,27% al 50,88% y dejó sin efecto el balotaje estadual contra Eduardo Paes, que contaba con el aval del Presidente.
Así y todo, la efervescencia política se concentrará hoy por la noche en el último debate presidencial, que tendrá lugar en esta ciudad, en los estudios de Globo, la cadena de televisión más grande del país. Y será sobre la Avenida Atlántica, en la costanera de Copacabana, donde mañana sábado el PT promete desplegar sus banderas rojas para cerrar la campaña de Lula en un territorio que dista de ser amigable para el actual jefe de Estado.
Para la Argentina, lo que suceda durante las próximas 72 horas también será motivo de definiciones. Si bien existen vasos comunicantes en lo económico que exceden los signos políticos, la batalla entre Flávio Bolsonaro y Luiz Inácio Lula da Silva no pasa desapercibida del otro lado de la frontera, y no sólo por la sintonía o distancia ideológica que pueda tener el próximo gobierno brasileño con Javier Milei.
Detrás del resultado aparece otra cuenta: cuánto puede cambiar el real en el futuro inmediato, qué pasará con las tasas de interés, cómo puede reaccionar el principal mercado para los autos argentinos y hasta qué punto podría modificarse el Mercosur en un mundo donde los viejos procesos de integración parecen haber quedado reducidos a las cenizas de una utopía.

Una economía sin crisis, pero con una cuenta fiscal pesada
Brasil no llega al balotaje atravesando una crisis macroeconómica inmediata. De acuerdo con un informe de Abeceb, la economía crecería 1,9% este año, el desempleo se mantiene en mínimos y el real acumuló una apreciación durante 2026. La principal vulnerabilidad está en el frente fiscal: la consultora proyecta un déficit nominal equivalente al 8,8% del PBI y una deuda pública del 82,6%, que podría avanzar hasta 86,7% en 2027.
Por eso, para la Argentina importa tanto el ganador como la credibilidad del programa económico que pueda poner en ejecución el próximo gobierno desde enero. Si consigue ordenar las expectativas fiscales, podría acelerar la baja de la Selic, la referencia local, y fortalecer al real. Si no lo logra, el margen para impulsar la actividad y el consumo sería menor.
El movimiento de la moneda brasileña tiene un impacto particularmente directo sobre la competitividad argentina. Brasil representa alrededor del 19% del tipo de cambio real multilateral y Abeceb calcula que la apreciación del real durante 2026 compensó parte del encarecimiento relativo acumulado por la Argentina. En términos simples: un real más fuerte abarata los productos argentinos para los compradores brasileños y encarece, medidos en dólares, los bienes que llegan desde Brasil.
El déficit comercial bilateral ya se redujo con fuerza: fue de u$s 1.635 millones entre enero y agosto, frente a u$s 4.119 millones durante 2025. Desde la consultora proyectan que terminaría el año cerca de los u$s 2.500 millones. Sin embargo, hay un matiz importante: la mejora responde mucho más a que la Argentina redujo 17,2% sus compras desde Brasil que a un boom exportador, ya que las ventas hacia ese mercado crecieron sólo 4,1%.
Dentro de esa balanza, el complejo automotor muestra con especial claridad por qué la elección brasileña se sigue tan de cerca en Buenos Aires. Entre enero y agosto, Brasil recibió 112.379 vehículos argentinos, equivalentes al 64,3% de las exportaciones del sector. Las pick-ups tienen un peso especialmente alto y ya lideran su segmento en el mercado vecino.
Una baja más rápida de las tasas brasileñas podría mejorar las condiciones del crédito y estimular la compra de vehículos. En ese escenario, las terminales argentinas tendrían un beneficio directo. Pero la misma agenda que podría favorecer al sector automotor contiene también uno de los principales riesgos para la Argentina.
El programa económico que trasciende del campamento de Flávio Bolsonaro -¿el favorito en las apuestas?- propone reducción del gasto, baja de impuestos, privatizaciones y una mayor apertura comercial. En particular, plantea flexibilizar las restricciones del Mercosur para avanzar con acuerdos por fuera del bloque, tal como alguna vez pretendió hacer su padre Jair.
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Para la Argentina, la ecuación no es lineal. Un Brasil que crezca más puede comprar más productos argentinos, pero un Brasil que se abra más también puede elegir a otros países como proveedores. Esa competencia ya aparece en sectores sensibles: el trigo argentino perdió participación frente a Estados Unidos y Rusia, mientras los autos de pasajeros enfrentan una presencia creciente de unidades chinas.
En el tablero, además, no sólo juegan las blancas y las negras. También incide Washington, un actor que sobrevoló buena parte de la primera vuelta. Lula y el PT llevaron esa intervención al terreno de la soberanía, pero los movimientos de la Casa Blanca tuvieron efectos que van más allá de la narrativa antiimperialista.
Las sobretasas estadounidenses aplicadas a productos brasileños desviaron parte de esa oferta hacia la Argentina: en agosto, las compras argentinas de carne bovina brasileña crecieron 218% interanual y las de hierro y acero casi 80%. Si el próximo gobierno consigue normalizar esa relación con Estados Unidos, parte de ese flujo podría regresar a su mercado original. Para los productores argentinos sería un alivio competitivo; para las industrias que utilizan esos insumos, podría implicar mayores costos.
Por último, para la Casa Rosada el resultado tendrá también una dimensión política. Un triunfo de Flávio Bolsonaro abriría la posibilidad de recomponer una relación bilateral que durante la presidencia de Lula quedó atravesada por fuertes diferencias y por el retiro de ambos embajadores. También sumaría un aliado para discutir una flexibilización del Mercosur y una mayor aproximación a Estados Unidos.

Pero ahí aparece una paradoja que incomoda al Gobierno cuando se plantea en voz alta. Por sus dimensiones y volumen, el gigante sudamericano concentra un atractivo natural para la Casa Blanca dentro de sus planes de expansión hacia el sur. Y aunque la diplomacia de Itamaraty se caracterizó históricamente por una tradición de autonomía, si Flavio Bolsonaro forzara un alineamiento estricto, resulta difícil anticipar hoy hasta qué punto elegiría actuar en tándem con Buenos Aires.
Desde su exilio estadounidense, Eduardo Bolsonaro, el “canciller” de la familia, se ocupó en los últimos tiempos de tejer relaciones con el trumpismo de Florida que marca buena parte de la línea exterior de la administración republicana. “Número Tres”, como lo apoda su padre, mantiene además una relación fluida con las Fuerzas del Cielo de Santiago Caputo, con quienes ha compartido animados almuerzos en Buenos Aires. Pero se trata, justamente, de un sector que hoy no domina la agenda de la Casa Rosada.
ACERCA DEL CORRESPONSAL
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