
El Encuentro Nacional de Lausana España 2026 tendrá lugar del 20 al 21 de noviembre en Guadarrama. Como anticipo de los temas que se van a tratar, iniciamos esta serie de reflexiones sobre el carácter del liderazgo.
A través de estos artículos queremos profundizar en los desafíos del liderazgo cristiano, estimular la reflexión y orientar nuestra oración, preparando así una conversación más intencional y colaborativa durante el encuentro.
La lucha por el poder ha sido uno de los grandes temas que han conducido la historia de la humanidad desde su mismo inicio. Podemos explicar muchos fenómenos actuales como luchas por el poder. En el ámbito de la familia, en la economía, en la vida social, en la política nacional e internacional, la lucha por el poder es una de las dinámicas más poderosas y frecuentes.
Cuando vamos al Génesis, justo después de la caída en el pecado, Dios le habla a la mujer sobre los dolores de parto, el deseo de la mujer y finalmente acaba con esta expresión: “Y él tendrá dominio sobre ti”, o “él se enseñoreará de ti” (Gén. 3:16). Lo que durante siglos se ha considerado la norma social no es más que una de las consecuencias del pecado de un ser humano alejado de Dios. De ninguna manera es esa la voluntad eterna de Dios. Las relaciones desde la perspectiva de Dios incluyen la autoridad, pero no incluyen el “enseñorearse”.
Cuando Jesús estableció su Iglesia, esa nueva comunidad que debía comenzar a regirse por los principios del Reino de Dios, comenzar a revertir los efectos del pecado, trató el tema de la lucha por el poder: Mt. 20:25–28:
“Pero Jesús, llamándolos junto a sí, dijo: Sabéis que los gobernantes de los gentiles se enseñorean de ellos, y que los grandes ejercen autoridad sobre ellos. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera entre vosotros llegar a ser grande, será vuestro servidor, y el que quiera entre vosotros ser el primero, será vuestro siervo; así como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos”.
Jesús, el único que tiene derecho a ejercer todo dominio, pues eso le ha sido dado por el Padre, afirma que no ha venido para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos. Jesús es el Señor; sin embargo, su manera de ser Señor absoluto no es el ser servido, sino el servicio hasta el punto de entregar la vida. La frase “No ha de ser así entre vosotros” es tremendamente ilustrativa del cambio de cultura que se espera de las relaciones en la Iglesia, de la forma de ejercer autoridad que se espera en esta esfera del Reino. Es auténtica contracultura cristiana.
Cuando Pablo habla de las características que deben reunir tanto los ancianos como los diáconos, todo lo que establece son características de carácter. Puede que solo haya una de esas características que sea de capacidad, el que sepa enseñar. Todo lo demás es un carácter que se distingue por la mansedumbre, por la humildad, etc. El mayor debe comportarse como el menor y el que manda como el que sirve. Se espera de la iglesia un ejercicio de la autoridad completamente distinto del que se practica en la sociedad.
Sin embargo, esta no ha sido la realidad a lo largo de la historia. Cuando el cristianismo cayó en la trampa del constantinismo, se convirtió en una institución, y en una institución que existe por el poder y para el poder. Generó una jerarquía piramidal según el modelo del Imperio romano. Se rodeó de ejércitos, de cargos, de privilegios y vivió hasta el día de hoy para mantenerlos y agrandarlos. Ninguna expresión del cristianismo se ha librado de este tipo de estructuras que se imponen sobre las personas. Mantenemos el lenguaje bíblico, mientras tenemos las mismas actitudes de poder que la sociedad.
Somos un ejemplo triste de aquello que Jesús quería evitar. Jesús advirtió: “Pero vosotros no dejéis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos”. Cuán necesario nos es evitar nombres que simplemente expresan jerarquía y que no definen de manera sencilla el trabajo que realizamos. Hemos permitido que se nos llame “reverendo” en lugar de llamarnos simplemente hermanos. Hace solo pocos años, cuando en España todo el mundo era muy sencillo, a los pastores se les llamaba “el señor seguido de su apellido”, mientras los demás eran Pepe, Manolo o Begoña. Símbolos de estatus de los que no hemos querido desprendernos del todo.
En la Biblia aparece la autoridad, nosotros no somos anarquistas. La autoridad es absolutamente imprescindible tanto para la sociedad como para la Iglesia. Aquella sociedad en la que no se establece una autoridad es un Estado fallido donde la vida de las personas no vale nada. Dios ha establecido autoridad para su pueblo y por lo tanto para la Iglesia. Pero la autoridad establecida por Dios no es posicional, no es jerárquica, es una forma de servicio. La autoridad bíblica es absolutamente plana. En la Iglesia que Jesús dejó no había posición, no había a nadie a quien llamar por su cargo.
El ejercicio de los dones en la Iglesia no comporta jerarquía ni posición. Los apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros tienen la función de capacitar a los santos para que estos lleven a cabo la obra del ministerio y así sea edificada la Iglesia. Somos una herramienta en la caja de herramientas de Dios. Nadie exalta a una herramienta de la caja por hacer su trabajo. No tenemos un llamamiento más alto que el que tienen los panaderos, ni los maestros, ni los médicos, ni el personal de limpieza. Todo llamamiento por parte de Dios tiene la misma dignidad. Todos nosotros realizamos trabajo santo, todos nosotros hacemos ministerio a tiempo completo en el lugar de misión donde Dios nos ha mandado. Todos somos enviados y de todos se espera fidelidad en el encargo recibido.
Cada vez que incrementamos el aspecto institucional de la Iglesia estamos poniendo las bases para la creación de un tipo de liderazgo jerárquico, posicional, piramidal, etc., simplemente porque esto es lo propio de las instituciones. Por eso es tan importante que nuestras iglesias no copien modelos de estructurarse propios de las instituciones, de las empresas, de los gobiernos, de las organizaciones seculares. Este tipo de estructuras fomentan el control y los liderazgos verticales.
Este tipo de estructuras impuestas artificialmente sobre la Iglesia son como la armadura de Saúl. Le dicen a David que se la ponga para ir a luchar contra el gigante. Seguro que la armadura era preciosa, la mejor armadura de todo Israel, pero David no podía salir a luchar con aquella estructura superpuesta. Esto le está ocurriendo hoy a la Iglesia de Dios alrededor del mundo. Le estamos poniendo encima un exoesqueleto que no le permite realizar su función. Debemos atrevernos a ser un movimiento ágil, el movimiento de Jesús.
Siempre tengo que recordarme que el llamamiento de Dios a servir en la Iglesia se debe hacer con humildad, integridad y sencillez, tal como expuso Chris Wright en tercer congreso del Movimiento de Lausana en Ciudad del Cabo (ver un artículo extenso de Chris Wright sobre este tema en este enlace). Cuán necesario es huir del estrellato pastoral, de las figuras del espectáculo entronizadas y tener pastores conforme al corazón de Dios. Este tipo de liderazgo es absolutamente imprescindible para una Iglesia sana que busca cumplir su misión.
Puedes conocer más sobre el Movimiento Lausana en España visitando su página web lausanaespana.org.
Medio: protestantedigital.com
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