
Este año hace ya medio siglo que “el escándalo Watergate” fue llevado a la pantalla en ese clásico del cine de periodistas que es “Todos los hombres del presidente” (1976). El anterior editor de Christianity Today, Daniel Silliman, nos ha sorprendido ahora también con una impresionante biografía sobre la desorientación espiritual del presidente Richard Nixon en su búsqueda de salvación, “Un alma perdida”. Quien sí la halló en la cárcel fue su principal consejero, Chuck Colson, el “fontanero” que se encargaba de los “trapos sucios” de la Casa Blanca, pero descubrió el asombro del perdón en el “Mero cristianismo” de C. S. Lewis.
¿Qué tiene el film del ahora fallecido Robert Redford para que un jóven que no tiene la menor idea de lo que es el Watergate se quede atrapado por ella? “Es la película perfecta”, dice el director Steven Soderbergh. Está construída de tal modo que puedes seguir la pista de esta trama detectivesca con la mayor atención, sin saber realmente de lo que se trata. Es la obra maestra de lo que ahora llaman a tantas series, un relato de “procedimiento”.
Sigues la investigación de estos periodistas con sus errores, reprimendas y tenacidad. Y no deja de asombrarte cada vez que la ves, las muchas formas que tienen para lograr que una persona hable, cuando la gente está predispuesta a no decir nada. Es un periodismo sutil, amable e inteligente, que ha pasado a la historia. Ahora lo que nos queda es lo burdo, agresivo y necio, que algunos confunden con la información.
Un proyecto de Redford
Redford estaba interesado en el caso Watergate desde que salió a la luz en el año 72, mientras hacía la promoción de la película “El candidato”. Leyó el libro de los periodistas del Washington Post, Bob Woodward y Carl Bernstein, antes de rodar “Tal como eramos” –conocida como “Nuestros años felices” en Hispanoamérica– y habló con Woodward ya en 1972. Compra los derechos del libro en el 74 y contrata al prestigioso guionista William Goldman –autor de “Dos hombres y un destino” (Butch Cassidy and The Sundance Kid 1969) y “La princesa prometida” (1973) –, cuando acababa de adaptar la novela de “Marathon Man” (1976). Entrega un primer borrador ese verano a la Warner, que a Redford no le convence, pero tampoco a Woodward y Bernstein.
Bernstein salía entonces con la que será luego su esposa, la escritora Nora Ephrom –autora de “Cuando Harry encontró a Sally” (1989) y directora luego de “Algo para recordar (Sleepless In Seattle 1992) –. Su ruptura ha pasado a la historia de la literatura y el cine, porque es la base de su novela y película, “Se acabó el pastel” (Heartburn 1986). Juntos escriben otro guion sin decir nada a Goldman, para que tome de él lo que quiera, que él recibe indignado como una “traición” de Redford. El problema es que al actor tampoco le gustaba el guion de Bernstein y Ephrom. Lo único que toma la película de él, es el momento en que Bernstein engaña a una secretaria para entrar en un despacho, algo que nunca ocurrió.
Fue un proyecto claramente de Redford, que incluye al director Alan Pakula en una fase final, cuando decide hacer el texto con él, sobre el guion de Goldman. Trabajan jornada intensivas de días enteros, dice Redford en su biografía de 2011, pero luego un periodista del Los Angeles Times, Richard Stayton, compara ese mismo año 2011, las distintas versiones del guion, concluyendo que es fundamentalmente de Goldman, quien ganaría justamente el Oscar por ello.
La idea original de Redford es que el papel de Dustin Hoffman como Bernstein, lo hiciera Al Pacino. Hoffman le había quitado el papel a Redford en “El graduado” (1967). Su físico de un judío tan diferente a Paul Newman, llama la atención del gran público que ya no reclama en los 70, galanes rubios de ojos azules, sino que se acostumbra incluso a su melena. No obstante, el protagonismo en la película es claramente de Redford. La fotografía del «Principe de las Tinieblas”, Gordon Willis, es espectacular. Y el trío de actores veteranos “característicos” como los jefes a los que tienen que responder los periodistas, es asombroso: Jason Robards, Jack Warden y Martin Balsam. La escena de desencanto final de esta brillante película de Pakula es lo que hace al cine de los 70 tan diferente al de cualquier otra época.
El caso Watergate
Algunos se preguntan hoy por qué se consideró como algo tan grave el caso Watergate. Era un delito de allanamiento de las oficinas del partido de la oposición al presidente Nixon, o sea el Demócrata, que estaba en un edificio en Washington que lleva el nombre de Watergate. Lo llevan a cabos unos cubanos que estaban poniendo micrófonos y robando documentos, al ser sorprendidos por un guardia de seguridad, el 17 de junio de 1972, llamando a la policía al descubrir que habían puesto cinta en las cerraduras. Toda una chapuza, como pueden imaginar. Son juzgados como ladrones, cuando el FBI ve el nombre de un agente de la CIA en la libreta de uno de ellos, Howard Hunt.
Nadie sospechaba en ese momento que esto fuera a salpicar al propio Nixon, hasta el punto de producir su dimisión. Era una noticia perdida entre las páginas de los periódicos, a la que nadie había prestado demasiada atención. Lo que hace que el FBI y la prensa empiece a investigarlo es un cheque que encuentran en la cuenta de uno de los allanadores, destinado a la campaña de reelección de Nixon. De ahí viene la frase de “¡siga el dinero!”, que se atribuye en la película al confidente de Woodward y Bernstein, Garganta Profunda –el título de la película de “porno duro” que había llegado a las salas de cine normales ese mismo año, atrayendo a un público que no entraría en una “sex-shop”, pero hacía cola para ver una comedia llena de felaciones reales–.
No fue hasta 33 años más que tarde, que en 2005 se supo que Garganta Profunda no era ni más menos que el subdirector del FBI, Mark Felt. La razón de su traición fue como suele ocurrir, por simple despecho contra Nixon, por haber elegido a Patrick Gray como director, en vez de a él, tras la muerte de Hoover. Felt murió tres años después de revelar a Vanity Fair que él era el confidente, lo que confirmó el editor del Washington Post. Lo hizo como suele ocurrir también, porque su familia quería aprovecharse de las ofertas de libros y otras oportunidades lucrativas que daba desvelar el secreto.
La frase más famosa de la película parece que es de Goldman – “¡Siga el dinero!” –, ya que no está en el libro, ni en la documentación del Watergate. Es claramente la clave de esta historia. Te muestra lo que el asesor de Bill Clinton diría luego en 1992: “¡Es la economía, estupido!”. La mayor parte de la gente se sigue confundiendo en el tema de la política. Se cree que se trata de ideologías y partidos, izquierdas o derechas, cuando para quien quiere el poder, todo esto no es más que un discurso que actúa como una “cortina de humo”. Los individuos somos así de previsibles, dominados por el hambre de fama, poder y dinero, decimos lo que haga falta para conseguirlo. Nixon es en este sentido el prototipo de político que miente más que habla.
El cuaquerismo de Nixon
El libro de Daniel Silliman me ha parecido apasionante, original y conmovedor por su curiosidad y compasión, para con un personaje por el que nadie siente particular simpatía. Es para mí, todo un modelo de lo que debería ser el periodismo y la investigación histórica en esta época donde todos son buenos o malos en un maniqueísmo en que no hay más que blancos y negros. Se acabaron los grises. La polarización que vivimos muestra una manipulación tal, donde lo que reina es el algoritmo y nadie es capaz de criticar en un solo al punto al líder o partido que admira. Nos tragamos el “paquete entero”. Somos el perfecto ejemplo del “tonto útil”.
Nixon nace en Yorba Linda (California) en 1913 de una familia que gira en torno a la tienda de su padre, que ocupa una antigua iglesia comprada a la “sociedad de amigos” a la que pertenecían, ya que eran cuáqueros. Su infancia está marcada por la pobreza, la enfermedad y el miedo a la muerte. Su madre nunca le dijo que le quería y su padre estaba siempre descontento con él. Su vida está llena de un resentimiento que le lleva a la autocompasión. Esta no es la impresión que tienes cuando lees su autobiografía de 1978, por supuesto. Lo que habla es de cómo aprendíó a esforzarse desde muy niño, trabajar duro, eso es en lo que cree. Es la “salvación por obras”, como dice Silliman. Su versículo favorito de la Biblia era “con el sudor de tu rostro comerás el pan” (Génesis 3:19).
Te sorprende saber que los cuáqueros en aquellos años habían perdido ya muchos de sus distintivos. Las reuniones ya no eran en silencio. La luz divina ya no les llevaba a despreciar las jerarquías humanas, que hacían que no usaran títulos, no se quitaran el sombrero por educación y despreciaran el lenguaje formal. La objección de conciencia ya no era obligatoria y reconocían la bandera. Lo único que mantenían era el rechazo al bautismo y la participación de los símbolos de la Santa Cena, algo que no conoció Nixon cuando iba una vez entre semana a las reuniones de la “sociedad de amigos” y cuatro, el domingo. No parece haber escuchado nada de la gracia, la seguridad y el descanso de la fe. El cuaquerismo era para él, “la interpretación práctica del cristianismo”.
“Un alma perdida”
Nixon no cae en el victimismo en su autobiografía. El drama de la enfermedad y muerte de su hermano le hace decir que pasó “una infancia dura, pero buena”. Ese verano lee “Resurrección” de Tolstoi, su novela favorita, donde el noble encuentra en la religión del Sermón del Monte, “simples leyes, claras y prácticas”. En la universidad de Whittier tiene un profesor de Historia del que aprende a hablar sin notas. Si no sabía una cifra, se la inventaba, como descubrieron luego los periodistas, cuando era presidente. Al entrar en la política encuentra su discurso en el anticomunismo. Esa era su religión.
Nixon no creía que Jesús fuera Dios encarnado. Era “el gran ejemplo que eleva a los hombres a esa vida ideal”. La Biblia era inspiradora, pero no inspirada. No cree en su “infalibilidad, ni corrección literal”. Dios es un “poder organizador, una gran fuerza” y Cristo, “el mayor hombre que el mundo haya conocido”. No es el Salvador, sino el que te inspira a esforzarte más.
Se gradua en Derecho en Duke y se casa en 1940 con una chica que conoce dos años antes, Pat Ryan, después de haber tenido otra novia en el instituto. En la boda se entera que su esposa se llama en realidad, Thelma Catherine. Pat era simplemente un apodo. Es la falta de curiosidad por la que en el despacho de abogados que trabaja primero en California, dicen que no quería escuchar los detalles de las razones por las que las parejas se querían divorciar. No se entrometía en la intimidad de otros. Y la fe era un asunto privado que a nadie interesaba.
“El pastor de América”
A los admiradores de Billy Graham no les gustará la biografía espiritual que ha hecho Silliman de Nixon. El evangelista no queda muy bien parado. Nixon conoce al predicador en el comedor del Senado en 1952. Le invita a jugar al golf, pero de lo que hablan es de política. Graham no introduce el tema de la religión hasta que le escribe una carta en septiembre del 55. El evangelista le quiere presentar algunos amigos en “altos círculos eclesiásticos”, para que hable en “varias asambleas religiosas el año que viene”. Es la campaña de reelección de Nixon e Eisenhower.
Nixon acepta ir a hablar a Carolina de Norte tres meses antes de la votación. Cinco mil pastores querían oír al vicepresidente, que no sigue las indicaciones de Billy Graham. No habla de la dimensión religiosa de su lucha contra el comunismo, sino de cómo las iglesias podían ayudar con los derechos civiles. Proponía acabar moderadamente con la segregación. A Graham le sonaba más a “evangelio social”, que al mensaje de la cruz y resurrección de Cristo. Mencionó que Eisenhower era presbiteriano, pero que él no estaba “intentando conseguir el apoyo a la religión organizada”. Nada de “nacer de nuevo” y confiar en Jesús. Para colmo, va luego a la casa del predicador en Montreat y no se le ocurre hablar más que del alcohol a un abstemio como Graham.
Tras su inicial desencuentro, el evangelista le ruega en las elecciones de 1960 que “vaya a la iglesia regular y fielmente a partir de ahora”, para poder apoyarle. Su suegro, el médico misionero retirado de China, Nelson Bell, le pide que hable abiertamente de su fe, ofreciendo publicarlo en Christianity Today. Ni siquiera le contesta. El presidente Eisenhower le aconseja también que como vicepresidente sea más piadoso en su lenguaje y mencione a Dios en sus discursos, cite la Biblia y se haga fotos saliendo de la iglesia, algo que el propio Eisenhower tampoco hacía. Es la “religión civil americana” que a tantos confunde.
A la campaña de Graham para “que hable más de religión en sus discursos”, se une “el padre del pensamiento positivo”, el pastor reformado de Nueva York, Norman Vincent Peale, que tanto influyó en el predicador de su iglesia en California, Robert Schuller y el actual presidente Trump. Frente al católico Kennedy, Peale y Graham iban a establecer una oficina en Washington para apoyar su campaña. A lo que Nixon les contesta que se limiten a decir que la gente vote. El grupo se reune con Peale en el hotel Mayflower con el suegro de Graham, representantes de la Asociación Nacional de Evangélicos, el fundador del Seminario de Fuller y el editor del Christian Herald, para advertir de “los peligros del catolicismo a la libertad religiosa”. JFK sale como presidente y la prensa arremete contra Peale, que acaba disculpándose por pedir el voto a Nixon en un sermón, pero Graham sigue insistiendo en que hable de religión en sus discursos.
“Consejero personal” de Nixon
Colson es como se dice en la película, el “consejero personal” de Nixon. Redford pregunta al personaje de Jack Warden quién es él y le contesta con la grosería de la vulgaridad de la frase de mal gusto que tiene Colson presidiendo su despacho. La mejor biografía de él que conozco es la que tengo dedicada por su autor, Jonathan Aitken, que ha escrito también la de Nixon. Aitken es un graduado de Oxford en derecho y teología, que estuvo en la política británica hasta 1999 y acaba en la cárcel, como Colson.
Lo que atrae de Nixon a Colson es su pragmatismo, la filosofía americana por excelencia. Observa cómo en las elecciones de 1968 se distancia de la lucha por los derechos civiles, consiguiendo el apoyo segregacionista del sur, centrandose en la cuestión de la ley y el orden. Ofrecer seguridad siempre ayuda a ganar elecciones. Colson se enorgullecía de ser capaz de conseguir lo que quisiera el presidente. Cuando Nixon tenía un ataque de ira y empezaba a gritar a los miembros de su equipo, nadie le hacía caso menos Colson, que se ofrecía para cualquier cosa, como entrar por la noche en las oficinas de la oficina interior de impuestos para llevarse los expedientes que hiciera falta. Las fechorías de Colson son incontables. Tenía a su servicio a Gordon Liddy y Howard Hunt como “fontaneros” de la Casa Blanca –el nombre se lo pusieron ellos mismos como una broma y desde entonces se utiliza para cualquier persona que se encargue de los “asuntos sucios” de cualquier empresa o gobierno–.
Colson y Liddy entraron en el despacho de un psiquiatra para encontrar algo de lo que acusar a uno que había filtrado un informe oficial al Times y al Post sobre los fracasos del Vietnam. Hunt estaba ya consiguiendo información contra Ted Kennedy, por si se presentaba a presidente, después de fabricar un documento falso en que JFK ordenaba el asesinato del presidente del sur de Vietnam, aliado de Estados Unidos. Fue él quien había ya utilizado cubanos que tenían relación con la CIA, para acabar con una campaña contra la guerra. Estaba incluso mirando cómo matar a un periodista y poner una bomba en un centro asesor de la oposición. Todas las ordenes empezaban por algo que había dicho Nixon, Colson tomaba literalmente como una orden y asignaba al oficial de la CIA, convertido en novelista –la investigación de la película comienza llamando a su editor–, para acabar de agente de operaciones clandestinas para la Casa Blanca, Hunt.
¿Juicio final?
El libro de Silliman comienza con la escena que más me impresiona de la película de Oliver Stone sobre Nixon. Es la noche antes de su dimisión. Está sentado en el salón de Lincoln alrededor de la medianoche, el 7 de agosto de 1974, bebiendo brandy a la luz de la única lámpara que ilumina la oscuridad, sin encontrar palabras para enfrentar la desgracia de esa humillación histórica. Está solo, resentido y desesperado en su vergüenza, cuando llega Kissinger, el judío alemán escapado del Holocausto que ideó la “realpolitik” exterior de Estados Unidos desde el pasado siglo.
Kissinger dijo que vio a Nixon sumido en “un destino de proporciones bíblicas”, cuando le ruega que se arrodillen para hacer una oración. Ninguno de los dos ha hecho eso en su vida, pero Nixon le dice: “Henry, tú no eres un judío muy ortodoxo, ni yo un cuáquero de verdad, pero necesitamos rezar”. El presidente le toma de la mano y empieza a llorar: “¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho?”. Kissinger no recuerda si le rodeó entonces con el brazo, o le dio un abrazo, pero hizo un gesto de consuelo. Este es probablemente el momento que más me conmueve de la vida de Nixon.
Era habitual para los americanos entonces, imaginar que el Juicio Final era como pasar una cinta en la que se había registrado toda tu vida, así como en el famoso cómic del tratado evangélico de Chick. Nixon tenía una fantasía similar, pero en su versión, no sería condenado, sino justificado. Grababa todo lo que se decía en la Casa Blanca, pero las cintas se convirtieron en evidencias de su culpabilidad, siendo el primer presidente obligado a dimitir. Si Nixon hubiera sido otro tipo de cristiano, habría confiado en el juicio de Dios, sabiendo que por su amor, cuando se pasara la cinta de su vida, la Gracia de Dios le salvaría, pero él tenía que justificarse a sí mismo.
“Nacido de nuevo”
Así se titula el libro de testimonio con el que Chuck Colson dio a conocer su conversión. Comienza diciendo que “no buscaba a Cristo, pero Él le encontró”. Es el maravilloso descubrimiento del Evangelio, por el que Dios salva pecadores. Su búsqueda comienza antes incluso de entrar en prisión. Cuando en 1973 intenta volver a trabajar en el departamento legal de la industria militar en Raytheon, Lexington (Massachusetts), su director acababa de llegar a la fe cristiana. Tom Phillips rogaba a Dios que no entrara Colson en la empresa. Al acabar la entrevista, Colson le dijo: “Me han dicho que estás muy metido en actividades religiosas”. Tom parecía incómodo y avergonzado con el comentario, recordaba Colson. No le miraba a la cara, pero le dijo con los ojos puestos en el reloj de la pared: “Sí, es verdad, he aceptado a Jesucristo, le he entregado mi vida y ha sido la experiencia más maravillosa que he tenido en la vida”.
Para Colson, toda esa forma de hablar de “aceptar a Cristo” y “entregarle tu vida” como si Jesús todavía andara por allí, le parecía incomprensible. Cuando salió el tema del Watergate, Colson empezó a decir que él no tuvo nada que ver. Tom Phillips le cortó y le dijo que no necesitaba escuchar sus explicaciones. Al despedirse, Tom le puso el brazo en el hombro y le dijo que su vida estaba vacía antes de conocer a Cristo. Esa expresión de vacío y su mirada amable de compasión le impresionaron. Phillips le invitó a visitarle en su casa y en el verano que fue con Patty a la costa de Maine, pasando por casa de sus padres, cerca de Boston, se le ocurrió ver a Phillips. Tom le volvió a hablar del vacío que tenía antes, buscando el éxito. Comenzó a leer la Biblia, buscando respuestas y escuchó a Billy Graham en la “cruzada” que hizo en Nueva York en el Madison Square Garden, pidiendo a Cristo que entrara en su vida. Desde entonces sentía la paz de Su presencia, le dijo.
Al salir el tema del Watergate, Colson volvía a justificarse, cuando Phillips le dijo que tenía que enfrentarse a su pecado. Phillips tomó entonces el libro de C. S. Lewis, “Mero cristianismo” y le leyó algo del octavo capítulo: “El gran pecado”. En él, el profesor de Oxford –convertido a la fe cristiana cuando era ateo–, dice que “el vicio esencial, el mayor mal es el orgullo”. Es “la principal causa de toda miseria”. El orgullo, dice Lewis, significa “enemistad, no sólo con los demás seres humanos, sino contra Dios”. Por lo que “mientras seas orgulloso, no conoces a Dios”. Es un “cáncer espiritual que consume toda posibilidad de amor y contentamiento”. En ese momento pasó por la mente de Colson, toda la arrogancia que tenía desde que era niño. “Esto me ha tocado –dijo–, pero no puedo decirte que pueda asumir el compromiso que tú tienes”.
Phillips tomó la Biblia y le leyó el Salmo 37, mientras Colson empezó a sentir sus palabras como un bálsamo curativo. Quería confiar en el Señor, pero no sabía cómo. Tom le llevó al tercer capítulo del Evangelio según Juan y le invitó a orar con él. Colson le dijo que no había orado nunca con nadie en la vida. Le dio el libro de Lewis, que llevó a la cárcel, pero ya al salir de la casa de Tom y sentarse en el coche, se deshizo en lágrimas. La emoción que había estado reprimiendo emergió de repente y pensó en volver a casa de los Phillips y pedirle que orara por él. Fue hasta la puerta, pero vio que ya no había luz más que en el dormitorio y volvió al coche.
En la carretera de vuelta a casa de sus padres en otra zona de Boston no pudo seguir y paró el coche. Apoyó la cabeza contra el volante, haciendo la primera verdadera oración de su vida. Las lágrimas que resbalaban por su rostro ya no eran sólo de tristeza y remordimiento, sino de alivio. Se había entregado a Cristo y nada volvió a ser igual. Entró en prisión con miedo de que le violaran, pero su vida había cambiado. Había nacido de nuevo. Ya no era uno de “todos los hombres del presidente”. Ahora servía a otro Señor, que no era él, sino Cristo Jesús. Su ego se rindió ante el Dios que le amaba tanto, que por “la sangre de su Hijo nos limpia de todo sus pecado” (1 Juan 1:7) y nos da nueva vida.
Medio: protestantedigital.com
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