
“Cuando eliges a una pareja, estás eligiendo todo un estilo de vida y no solo a una persona.”
Enamorarse suele comenzar mirando a una persona: su sonrisa, su manera de hablar, aquello que despierta admiración, ternura o deseo de compartir. Sin embargo, con el paso del tiempo descubrimos que una relación de pareja es mucho más amplia que aquello que inicialmente nos enamoró.
Cuando elegimos compartir nuestra vida con alguien, también comenzamos a convivir con sus valores, costumbres, heridas, sueños, prioridades, formas de comunicarse, maneras de afrontar los problemas y concepciones acerca del amor.
Y la otra persona, naturalmente, también comienza a convivir con las nuestras.
Por eso elegir pareja no consiste únicamente en preguntarnos: “¿Amo a esta persona?” También conviene preguntarnos: “¿Podemos construir juntos una vida en la que ambos podamos crecer?”
El amor también se construye en lo cotidiano.
Desde la psicología sabemos que una relación saludable no depende exclusivamente de la intensidad emocional. La atracción puede acercarnos y el enamoramiento puede iniciar una historia, pero la convivencia necesita otros recursos: comunicación, empatía, regulación emocional, capacidad para resolver conflictos, respeto por los límites y disposición para reparar después de una herida.
Porque una relación no se vive solamente durante las cenas románticas o los momentos felices.
Se vive cuando hay cansancio.
Cuando aparecen dificultades económicas.
Cuando existen desacuerdos.
Cuando uno necesita silencio y el otro necesita hablar.
Cuando llegan responsabilidades, hijos, enfermedades, proyectos, pérdidas o cambios inesperados.
Es precisamente allí donde el amor deja de ser solamente una emoción y comienza a convertirse también en una decisión cotidiana de cuidado.
Elegir pareja significa, en cierta medida, elegir con quién atravesaremos muchas de esas experiencias.
No buscamos personas perfectas.
Existe una diferencia importante entre buscar perfección y buscar compatibilidad.
Ninguna persona llegará a una relación completamente resuelta. Todos llevamos una historia. Tenemos fortalezas, inseguridades, aprendizajes y heridas. Amar profundamente no significa encontrar a alguien sin dificultades, sino encontrar una relación donde ambos puedan reconocerlas y trabajar responsablemente sobre ellas.
Una pareja saludable no es aquella que nunca discute.
Es aquella que aprende a discutir sin destruirse.
No es aquella donde siempre se piensa igual.
Es aquella donde las diferencias pueden existir sin convertirse en desprecio.
No es aquella donde nunca se cometen errores.
Es aquella donde existe capacidad para reconocerlos, pedir perdón, reparar y aprender.
Por eso son tan importantes dos palabras que aparecen simbólicamente en la imagen: paciencia y respeto.
La paciencia permite comprender que construir una vida juntos requiere tiempo. El respeto establece la frontera que recuerda que amar nunca debería significar humillar, controlar, violentar o anular al otro.
Amar sin dejar de existir.
También existe un riesgo: creer que amar significa desaparecer dentro de la relación.
Una pareja saludable está formada por dos personas capaces de construir un “nosotros” sin destruir el “yo” y el “tú”.
Amar no debería exigir abandonar nuestros sueños, amistades, identidad, dignidad o propósito. Por el contrario, una buena relación puede convertirse en un espacio donde cada persona encuentre compañía para continuar desarrollándose.
Podríamos expresarlo así:
No necesito dejar de ser yo para caminar contigo; aprendemos a caminar juntos siendo quienes somos.
Desde una mirada espiritual.
La espiritualidad cristiana aporta otra dimensión al amor: no comprenderlo solamente como aquello que recibimos, sino también como aquello que estamos dispuestos a cultivar.
Paciencia, bondad, humildad, perdón, fidelidad, servicio y respeto adquieren entonces un significado profundamente práctico.
Porque finalmente una relación se construye con pequeñas decisiones repetidas durante años: cómo hablamos cuando estamos molestos, cómo escuchamos, cómo cuidamos la confianza, cómo acompañamos el dolor, cómo celebramos los logros del otro y cómo volvemos a encontrarnos después de una diferencia.
Quizá por eso elegir pareja sea una de las decisiones más trascendentes de nuestra existencia.
No elegimos solamente a quién amar.
Elegimos también con quién despertar, conversar, crecer, enfrentar dificultades, construir recuerdos y, posiblemente, envejecer.
Elegimos una presencia que podrá influir profundamente en nuestra manera de experimentar la vida.
Y también aceptamos una enorme responsabilidad: nosotros seremos parte del estilo de vida que esa persona está eligiendo.
Por eso, antes de preguntarnos únicamente “¿es esta la persona correcta para mí?”, existe otra pregunta igualmente valiosa:
“¿Estoy procurando convertirme también en una buena persona con quien compartir la vida?”
La Biblia lo resume con una de sus descripciones más hermosas del amor:
“El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso.” Corintios 13:4 (RVR1960)
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.

