
“Si no sabes a dónde vas, cualquier camino te llevará allí.”
Frase popular inspirada en Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas.
Hay momentos en la vida en los que seguimos caminando, pero hemos dejado de preguntarnos hacia dónde vamos. Cumplimos responsabilidades, resolvemos problemas, trabajamos, cuidamos de otros, tomamos decisiones y atravesamos los días casi automáticamente. Estamos en movimiento, pero movimiento no siempre significa dirección.
La conocida frase inspirada en Alicia en el país de las maravillas encierra una reflexión profundamente humana: cuando no existe un destino consciente, cualquier dirección puede parecernos válida.
Desde la psicología, tener un propósito no significa disponer de un mapa perfecto de nuestra existencia. Nadie puede anticipar completamente lo que ocurrirá mañana. Significa reconocer qué valores queremos conservar, qué clase de persona deseamos llegar a ser y cuáles son aquellas cosas que verdaderamente otorgan significado a nuestra vida.
Vivir no es solamente avanzar.
La psicología humanista sostiene una visión del ser humano como alguien capaz de crecer, elegir, construir significado y desarrollar sus potencialidades.
Carl Rogers hablaba de una tendencia hacia el crecimiento y la realización personal cuando existen condiciones psicológicas que permiten a la persona encontrarse consigo misma. Abraham Maslow, por su parte, planteó la autorrealización como una expresión elevada del desarrollo humano.
Ambas perspectivas nos recuerdan algo fundamental: una vida significativa no necesariamente es una vida sin dificultades, sino una vida en la que comenzamos a reconocer quiénes somos y hacia dónde queremos dirigirnos.
Podemos avanzar durante años siguiendo expectativas ajenas, buscando aprobación, persiguiendo metas que nunca escogimos conscientemente o intentando convertirnos en aquello que otros esperaban de nosotros.
Hasta que algún día aparece una pregunta incómoda pero necesaria:
¿Este es realmente el camino que quiero recorrer?
Cuando perdemos el rumbo.
No tener claridad también forma parte de la experiencia humana.
Hay períodos en los que una pérdida, una separación, una crisis económica, una enfermedad, una decepción o simplemente el agotamiento pueden hacer que nuestras antiguas certezas desaparezcan.
Psicológicamente, esos momentos no necesariamente representan un fracaso. También pueden convertirse en espacios de reorganización interior.
A veces necesitamos detenernos simbólicamente para reconocer qué estamos sintiendo, qué necesitamos conservar y qué debemos transformar.
Porque encontrar dirección no consiste solamente en preguntarnos:
“¿Qué quiero conseguir?”
También implica preguntarnos:
“¿Quién quiero ser mientras intento conseguirlo?”
Esa diferencia es enorme.
Una meta puede indicarnos un lugar al cual llegar; los valores nos enseñan cómo queremos caminar.
No necesitamos conocer todo el camino.
Una de las grandes fuentes de ansiedad aparece cuando creemos que debemos tener nuestra vida completamente resuelta.
Queremos saber qué ocurrirá, cuál decisión será correcta, qué puerta debemos abrir y cuáles serán las consecuencias.
Pero vivir implica inevitablemente incertidumbre.
La madurez psicológica no consiste en eliminarla, sino en desarrollar recursos internos para avanzar aun cuando no podamos controlar completamente el resultado.
Quizás no podamos ver todo el camino.
Pero podemos elegir el próximo paso.
Podemos preguntarnos si nuestras decisiones actuales nos acercan o nos alejan de aquello que consideramos importante: nuestra familia, nuestra dignidad, nuestra tranquilidad, nuestros sueños, nuestra espiritualidad, nuestros vínculos y nuestra propia coherencia interior.
Y algunas veces descubrir el rumbo también significa reconocer que debemos cambiarlo.
Cambiar de camino no siempre significa haberse perdido. A veces significa haberse encontrado.
Propósito y fe.
Desde una perspectiva espiritual, la búsqueda de dirección adquiere todavía otra dimensión.
La fe no necesariamente nos entrega un mapa donde aparecen anticipadamente todas las respuestas. Muchas veces funciona más como una brújula: orienta nuestros pasos incluso cuando todavía no alcanzamos a comprender completamente el destino.
Podemos planificar, proyectarnos y construir nuestros sueños, pero también reconocer que existen circunstancias que superan nuestro control.
Por eso, quizás la verdadera pregunta no sea únicamente:
“¿Hacia dónde voy?”
Sino también:
“¿Qué clase de persona estoy siendo mientras avanzo?”
Porque finalmente nuestra existencia no está formada únicamente por los grandes destinos alcanzados. Está construida por miles de pequeños pasos: las decisiones que tomamos cuando nadie observa, las personas que elegimos amar, aquello que decidimos perdonar, los límites que aprendemos a establecer, las veces que volvemos a comenzar y la esperanza que conservamos cuando todavía no vemos claramente el horizonte.
No necesitamos tener todas las respuestas para comenzar.
Necesitamos una dirección suficientemente significativa para dar el siguiente paso.
Y cuando nuevamente aparezca la duda, quizá sea necesario detenernos un instante, mirar nuestro interior y recordar que no todos los caminos conducen al lugar donde nuestra alma necesita estar.
Por eso vale la pena elegir conscientemente.
Caminar con propósito.
Y permitir también que Dios ilumine aquello que nuestros ojos todavía no alcanzan a ver.
“Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas.” Proverbios 3:6 (RVR1960)
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.

