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La elección brasileña de este 4 de octubre abrió una disputa que excede ampliamente a Brasil. Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro concentran el centro de una elección polarizada y, si ninguno supera el 50% de los votos válidos, el balotaje será el 25 de octubre. El Tribunal Superior Electoral inició esta tarde la totalización oficial, por lo que todavía corresponde esperar el resultado definitivo antes de dar por confirmado el segundo turno. Pero el fenómeno político ya es visible: Bolsonaro convirtió su cercanía con Donald Trump en parte de su identidad internacional y Brasil vuelve a ser terreno central de la disputa entre Washington, los BRICS y los proyectos de autonomía sudamericana.
El dato geopolítico es enorme porque Brasil no es un socio más. Es la mayor economía latinoamericana, un actor decisivo del G20, uno de los pilares fundadores de los BRICS y el país con mayor capacidad industrial, demográfica y diplomática de Sudamérica. Una eventual victoria de Flávio Bolsonaro fortalecería el eje político favorable a Washington, pero no significaría automáticamente la salida de Brasil de los BRICS: eso requeriría una decisión política explícita que el candidato no ha formalizado como compromiso irreversible. Lo que sí está documentado es que Bolsonaro propone relaciones más estrechas con Estados Unidos, mientras Lula transformó la defensa de la soberanía brasileña frente a las presiones estadounidenses en uno de los ejes de su campaña.
Ahí reaparece Donald Trump. Durante los últimos años, Javier Milei fue probablemente el aliado ideológico más visible del trumpismo en Sudamérica. Pero Brasil cambia la escala. Una administración brasileña alineada con Washington ofrecería a la Casa Blanca un interlocutor regional con un mercado, una industria, recursos naturales y un peso diplomático muy superiores a los argentinos. Eso no necesariamente desplazaría a Milei de la relación bilateral con Estados Unidos, pero sí podría relativizar la excepcionalidad política que el Gobierno argentino intentó construir alrededor de su vínculo con Trump. El centro de gravedad regional podría dejar de pasar exclusivamente por Buenos Aires para incluir de manera mucho más potente a Brasilia.
También el Mercosur quedaría frente a una discusión estratégica. Brasil representa su principal masa económica y Argentina es su segundo gran socio. Si Brasil girara hacia una política exterior más estrechamente asociada con Estados Unidos, podrían reaparecer debates sobre flexibilización comercial, acuerdos bilaterales y relación con China. Pero hablar hoy de una ruptura inevitable del Mercosur sería prematuro: ni Bolsonaro ha anunciado formalmente el abandono del bloque ni existe una consecuencia automática entre su relación con Trump y una eventual desarticulación regional. Lo que sí aparece es una tensión renovada entre integración sudamericana, apertura comercial y alineamientos geopolíticos.
Para la política argentina, el movimiento brasileño introduce otro interrogante. La Libertad Avanza podría encontrar una afinidad ideológica importante del otro lado de la frontera, pero al mismo tiempo debería convivir con un socio regional con una escala política y económica capaz de disputar protagonismo internacional. El peronismo, por su parte, enfrentaría el desafío inverso: si la derecha brasileña amplía su influencia, necesitará formular una alternativa que no dependa solamente de la oposición a Milei. Axel Kicillof aparece hoy como una de las principales referencias de ese espacio y ha construido un discurso más orientado a producción, intervención estatal y protección social, pero convertir esa identidad en una propuesta nacional competitiva dependerá de cómo articule economía, federalismo, industria, inserción internacional y renovación política.
Brasil, por eso, puede convertirse en mucho más que una elección vecina. Si el balotaje Lula–Bolsonaro finalmente se confirma, el 25 de octubre enfrentará dos modelos de inserción internacional: uno que busca preservar la autonomía brasileña dentro de los BRICS y otro que prioriza una relación más estrecha con Washington. Para Argentina, cualquiera de los dos resultados obligará a recalcular. Milei deberá definir cómo mantener protagonismo frente a un Brasil potencialmente más cercano a Trump; el peronismo deberá construir una propuesta que trascienda la nostalgia y responda a un continente que está reordenando aceleradamente sus alianzas. En Sudamérica, el tablero acaba de moverse y Brasil, por su tamaño, puede volver a convertirse en la pieza que obliga a todos los demás a cambiar de posición.
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