
EDITORIAL – Hay acontecimientos que exceden al deporte. La despedida de Lionel Messi de la Selección Argentina era uno de ellos. No se trataba simplemente del último partido de un futbolista extraordinario. Era el cierre de una época, el final de una relación de más de dos décadas entre un jugador y una camiseta que atravesó frustraciones, críticas, renuncias, regresos, derrotas dolorosas y, finalmente, la gloria.
Por eso, una noche semejante merecía grandeza. No necesariamente ostentación. Grandeza.
Y allí aparece la primera diferencia.
Messi tuvo su homenaje. Un estadio Monumental colmado, más de 85.000 personas coreando su nombre, sus hijos junto a él, sus compañeros acompañándolo y un partido en el que volvió a ser protagonista. Hubo emoción genuina. Hubo lágrimas. Hubo una comunión entre el futbolista y el público que ningún departamento de marketing podría fabricar.
Hasta ahí, nada que discutir.
El problema estuvo alrededor.
La despedida dejó una sensación difícil de ignorar: por momentos, el homenaje pareció quedar subordinado al negocio.
El fútbol profesional es una industria. Negarlo sería ingenuo. La Selección Argentina genera millones, Lionel Messi es una de las figuras comerciales más importantes de la historia del deporte y cualquier partido de estas características moviliza patrocinadores, derechos televisivos, publicidad, merchandising y una enorme estructura económica.
La discusión no pasa por cuestionar que exista un negocio.
La discusión empieza cuando el negocio parece ocupar un lugar más importante que el acontecimiento.
Las entradas oficiales fueron desde los 90.000 hasta los 480.000 pesos argentinos. Al tipo de cambio del 7 de octubre de 2026, hablamos aproximadamente de entre 59 y 315 dólares. A eso se sumó un Fan Fest con entradas cercanas a los 35.000 pesos, alrededor de 23 dólares.
Para una despedida que pretendía representar el vínculo de Messi con todo un país, el acceso terminó siendo prohibitivo para una enorme cantidad de personas.
Es cierto que la demanda era extraordinaria. También es cierto que el fútbol argentino hace años convive con precios cada vez más alejados del bolsillo promedio.
Pero una cosa es reconocer el valor comercial de un espectáculo y otra es aceptar sin cuestionamientos que hasta el último rincón de una despedida histórica tenga que convertirse en una oportunidad de facturación.
La reventa fue otro capítulo. Entradas agotadas, precios multiplicados y una demanda descontrolada que terminó exponiendo, una vez más, un problema conocido. En un evento de semejante magnitud, la organización debería haber tenido como prioridad garantizar que el homenaje no terminara convertido en un territorio ideal para la especulación.
Después estuvo el rival.
Benín.
La aclaración es necesaria: ninguna crítica debe recaer sobre sus jugadores.
La selección africana hizo un papel digno, compitió con seriedad y entendió perfectamente el contexto de la noche. Sus futbolistas fueron profesionales y respetuosos.
La pregunta es otra.
¿Era Benín el rival adecuado para despedir a Lionel Messi?
Estamos hablando de un futbolista que disputó finales contra Brasil, Francia, Alemania, Chile, Colombia, Italia. De un campeón del mundo. De alguien a quien durante años se presentó, con argumentos suficientes, como uno de los mejores jugadores de la historia.
¿Ese recorrido terminaba frente a Benín?
Puede haber explicaciones.
Calendario. Disponibilidad. Contratos. Compromisos internacionales. Logística. Negociaciones fallidas.
Todo eso puede ser cierto.
Pero una explicación no necesariamente convierte una decisión en acertada.
Si se estaba preparando la despedida de Messi, el partido también debía formar parte del homenaje. El rival no era un detalle menor. Era parte de la escena.
Y hubo otra imagen que terminó sintetizando buena parte de las contradicciones de la noche.
El show de drones.
Miles de personas mirando al cielo esperando quizás el rostro de Messi, la camiseta número 10, una Copa del Mundo, una imagen vinculada a sus grandes momentos con Argentina.
Lo primero que apareció fue una marca comercial.
Sancor Seguros.
El estadio reaccionó con silbidos.
No hay mucho misterio en esa reacción.
La gente había ido a despedir a Messi, no a contemplar una publicidad flotando sobre el Monumental.
La pregunta no es si un sponsor tiene derecho contractual a tener visibilidad.
La pregunta es si todo debe venderse.
Durante horas hubo una transmisión oficial. Hubo cartelería, espacios publicitarios, menciones comerciales y patrocinadores asociados al evento.
¿Era necesario que el momento visual más esperado de la noche empezara con una marca?
¿No podía quedar siquiera un instante reservado exclusivamente para el homenaje?
En una ceremonia de esta dimensión, el criterio también importa.
Y la sensación que quedó fue que, una vez más, primero apareció el negocio y después el homenaje.
Luego llegó la famosa sorpresa final.
Durante días se había mantenido bajo reserva cuál sería el espectáculo de cierre. Las expectativas crecieron. Finalmente aparecieron Sergio Torres y Darío Zanco, vinculados históricamente a Grupo Cali.
El show comenzó.
Y terminó casi inmediatamente.
Un cierre abrupto, confuso y difícil de comprender para quienes estaban en el estadio o siguiendo la transmisión.
Después hubo explicaciones.
Pero cuando una despedida de semejante magnitud termina necesitando explicaciones para justificar su espectáculo final, algo falló.
No porque un recital deba durar una hora.
No porque el artista elegido fuera incorrecto.
Sino porque todo había sido presentado como “la gran sorpresa” de la noche.
La expectativa creada por la propia organización terminó jugando en su contra.
Y hay una cuestión todavía más incómoda.
Alejandro Domínguez, presidente de Conmebol, estuvo en el Monumental. Compartió el palco con Claudio “Chiqui” Tapia y participó de una noche de celebración alrededor de Messi.
Su presencia, por supuesto, es institucionalmente comprensible.
Pero también obliga a recordar otra ausencia.
Juan Izquierdo murió en agosto de 2024 después de desplomarse durante un partido de Copa Libertadores, una competencia organizada por Conmebol.
Tenía 27 años.
Domínguez no estuvo en su velatorio.
Tiempo después pidió disculpas públicamente y reconoció que la Confederación debió acompañar de otra manera a la familia y al fútbol uruguayo.
Las disculpas existen.
Cada persona decidirá si resultan suficientes.
Pero las imágenes también existen.
Y contrastarlas es inevitable.
El presidente de Conmebol presente en una fiesta internacional, rodeado de cámaras, dirigentes, sponsors y una de las mayores figuras del deporte mundial.
El mismo dirigente ausente cuando una familia despedía a un futbolista que había muerto después de desplomarse en una competencia organizada por su propia Confederación.
No hace falta exagerar la comparación.
Alcanza con hacer la pregunta.
¿Los dirigentes están siempre disponibles para las celebraciones, pero encuentran mayores dificultades cuando llega el momento de acompañar en la tragedia?
En el deporte, la conducción también se demuestra en esos momentos.
Quizás especialmente en esos momentos.
Y después está Claudio Tapia.
La discusión alrededor del presidente de la AFA excede por mucho esta despedida.
Es importante ser rigurosos. Desde un medio de comunicación no corresponde convertir cuestionamientos públicos en condenas judiciales ni utilizar acusaciones de corrupción como si fueran sentencias firmes.
Pero tampoco corresponde ignorar algo evidente: existe un creciente malestar de una parte significativa del público con la conducción del fútbol argentino.
Y ese malestar ya no aparece solamente en discusiones de televisión, redes sociales o tribunas enfrentadas políticamente con la dirigencia.
También se escuchó durante la despedida de Messi.
Hubo cánticos contra Tapia.
No es un dato menor.
Y tampoco es un episodio aislado.
Cuando un dirigente empieza a escuchar su nombre en tono de repudio en estadios, recitales y acontecimientos que, en principio, deberían estar completamente alejados de él, quizás el problema ya no sea exclusivamente de comunicación.
Quizás haya que revisar la gestión, las formas y la imagen institucional que se está construyendo.
Hace algunas semanas ocurrió una escena que parecía escrita para una sátira.
Barracas Central inauguraba nuevas luminarias.
El estadio lleva el nombre de Claudio “Chiqui” Tapia.
El presidente de Barracas es Matías Tapia, hijo del titular de la AFA.
Durante el entretiempo, Matías Tapia entregó una plaqueta a Claudio Tapia como reconocimiento por la nueva iluminación.
Todo esto en el estadio Claudio Tapia.
Pero las luminarias habían fallado y el partido había comenzado con retraso por un apagón.
Puede parecer una anécdota.
En realidad, representa algo más profundo.
Los dirigentes también construyen credibilidad mediante símbolos.
Y cuando esos símbolos empiezan a rozar la autoparodia, después resulta difícil convencer a la sociedad de que todos los cuestionamientos obedecen únicamente a operaciones externas.
La percepción pública importa.
No porque la mayoría tenga siempre razón.
No porque un cántico de cancha constituya una prueba.
Sino porque ningún dirigente puede gobernar permanentemente de espaldas a la percepción que genera.
Y llegados a este punto conviene volver al protagonista.
Lionel Messi.
Porque quizá ahí se encuentre la mayor paradoja de toda la noche.
Lo mejor de la despedida fue precisamente aquello que no necesitó organización.
El abrazo con sus hijos.
Las lágrimas.
Las miradas.
Los compañeros rodeándolo.
La ovación de la gente.
El gol.
La emoción de un hombre que durante años fue acusado de no sentir la camiseta y que terminó su carrera internacional sin poder ocultar lo que significaba dejarla.
Eso fue auténtico.
No necesitó drones.
No necesitó marcas.
No necesitó una campaña publicitaria.
No necesitó una entrada de 480.000 pesos.
No necesitó discursos grandilocuentes.
Solo necesitó a Messi y a la gente.
También merece una mención especial la selección de Benín.
Sus futbolistas comprendieron que formaban parte de una noche que no les pertenecía completamente, pero eso no significó que renunciaran a competir. Lo hicieron con seriedad y respeto.
En un evento donde muchas cosas parecieron sobreactuadas, su comportamiento fue sencillo y profesional.
Quizás esa sea una de las conclusiones más claras.
Messi necesitaba mucho menos de lo que la organización creyó.
Porque cuando el homenajeado es verdaderamente enorme, no hace falta llenar cada segundo de artificios.
A veces alcanza con permitir que la historia respire.
La despedida fue merecida.
El reconocimiento también.
La fiesta tuvo momentos extraordinarios.
Pero el conjunto dejó preguntas.
Por los precios.
Por la elección del rival.
Por la comercialización excesiva.
Por el sponsor ocupando el cielo antes que el homenajeado.
Por un espectáculo final que terminó de manera desconcertante.
Por determinadas presencias.
Y también por determinadas ausencias del pasado que, frente a esas presencias, vuelven inevitablemente a la memoria.
Nada de eso disminuye a Lionel Messi.
Quizás ocurra exactamente lo contrario.
Cuanto más grande es el protagonista, más evidentes quedan las pequeñas miserias que aparecen alrededor.
Messi estuvo a la altura de su despedida.
La gente también.
No puede decirse con la misma seguridad de todo lo demás.
Y ese debería ser el aprendizaje.
Hay acontecimientos que pueden generar millones y, aun así, conservar algo de solemnidad.
Hay momentos que pueden tener patrocinadores sin convertirse completamente en publicidad.
Hay dirigentes que pueden acompañar una celebración sin olvidar que su responsabilidad también existe cuando las cámaras se apagan.
Y hay despedidas que deberían dejar una emoción limpia, no la sensación de que alguien intentó monetizar hasta el último segundo.
Lionel Messi dejó la Selección después de una carrera extraordinaria.
Lo hizo rodeado de su familia, de sus compañeros y de una multitud que probablemente habría permanecido allí aunque no hubiera drones, recitales ni sponsors.
Porque fueron a verlo a él.
Y quizás ese sea el dato que algunos todavía no terminan de comprender.
La noche no necesitaba ser más grande.
Messi ya lo era.
Alexis Martinez Diaz
ACERCA DEL CORRESPONSAL
ALEXIS MARTíNEZ DIAZ
Creo que las noticias deben ser publicadas de forma directa, sin sesgos para que el publico lector u oyente pueda discernir y opinar libremente sobre el tema tratado, en este caso la noticia en sí
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