

Hay cosas que los muertos no podían llevarse de este mundo.
En algunas regiones de Gran Bretaña e Irlanda, entre los siglos XVII y XIX, aparece en distintos testimonios una figura bastante particular: el comedor de pecados (CP). A cambio de unas monedas, un poco de pan, y en algunas versiones, una jarra de cerveza, esta persona aceptaba consumir el alimento asociado al cadáver, asumiendo simbólicamente los pecados del difunto, para que pudiera descansar en paz. ¿Por qué una persona acepta alimentarse de lo que la comunidad necesita expulsar?
En los testimonios históricos, quienes realizaban este trabajo aparecen muchas veces como personas marginadas. Aunque eran convocadas para cumplir una función que la comunidad consideraba necesaria, eso no les garantizaba una inclusión real. En algunos relatos, sucedía todo lo contrario. Quien aceptaba cargar con los pecados ajenos, quedaba asociado a ellos y podía convertirse en objeto de rechazo.
Alguien tenía que tragarse lo que los demás no podían soportar. La comunidad podía recurrir a estas personas para realizar un ritual para sus muertos, y al mismo tiempo, esto podía alimentar la creencia sobre la contaminación y reforzar el rechazo y la exclusión una vez terminada la ceremonia. Lo paradójico es que el cierre de un ciclo de duelo podía implicar que alguien quedara todavía más apartado de la comunidad.
El ritual trazaba una frontera entre los vivos y los muertos, en un intento por que la culpa no permaneciera ligada al difunto, y que este no regresara como una presencia peligrosa, aunque ese límite no eliminaba el peligro, que podía ser trasladado a otro cuerpo.
En los testimonios con los que trabaja Helen Frisby, los comedores de pecados aparecen asociados con la pobreza. Se describe el desprecio que estos despertaban entre los miembros de la comunidad. En algunos casos, se relatan situaciones de violencia extrema después de hacer uso de sus servicios, aunque la autora aclara que no se puede afirmar que todos los rituales terminaban de esa forma.
El comedor de pecados no había cometido los mismos errores por los que la sociedad culpaba en su momento al difunto, ni lo conocía. Sin embargo, al aceptar incorporar a través del alimento sus pecados, quedaba marcado.
La antropóloga Mary Douglas ayuda a pensar esta contradicción entre la idea de impureza y peligro. Lo que desborda las clasificaciones de un orden social puede ser visto como una amenaza. El comedor de pecados tiene una posición ambigua: es necesario para la comunidad porque participa del ritual, pero esa participación puede convertirlo en una figura marginal.
Desde este punto de vista, el comedor de pecado es una figura inquietante no sólo por lo que hace, sino por el estatus al que queda asociado. El difunto podía quedar liberado, pero el estigma no desaparecía.
Los rituales no implican solamente despedir a quien murió. También ayudan a ordenar todo lo que la muerte desordena. El dolor, el miedo, la culpa y la incertidumbre de algo que es irreversible.
La función social del comedor de pecados, además de acomodar las cosas, era darle un cierre a la muerte, aunque esto tuviese un costo para sí mismo. En su trabajo sobre la muerte y el duelo, Germán Pacheco ayuda a pensar los rituales funerarios como prácticas sociales, y no únicamente como expresiones íntimas del dolor. Cada cultura establece formas distintas de despedir, recordar o acompañar a sus muertos, así como las expresiones del duelo y sus tiempos.
En las sociedades contemporáneas, la muerte no tiene un lugar cómodo. El mercado se ha metido en estas áreas también. Actualmente, la muerte está vinculada a instituciones médicas y funerarias, apartada de la cotidianidad. No significa que ya no se hagan rituales, ni que la angustia o el enojo hayan dejado de existir, pero sí cambian las formas de expresión. Lo que en un tiempo podía llegar a suceder en una ceremonia pública, incluso de varios días, por lo general hoy queda en una despedida organizada institucionalmente y un duelo que tiende a gestionarse en el ámbito privado. Lo que no se soporta, se aparta y se convierte en una tarea que otras personas deben realizar. Para que una comunidad pueda continuar, hay que depositar esas cargas en otros lugares.
Pero lo que una sociedad intenta apartar, no necesariamente desaparece. Pacheco permite pensar que la muerte se vuelve un tabú, se desplaza de la vida cotidiana. El avance científico y la racionalización cambian nuestra forma de relacionarnos con ella, lo que no significa que dejemos de lado las emociones que nos genera. Parecería que en una sociedad que nos exige seguir adelante, aunque continúen existiendo rituales colectivos, el duelo tiende a quedarse en el plano íntimo. Cada vez es más difícil encontrar espacios colectivos para sostener lo que nos desborda.
En el siglo XX, el comedor de pecados aparece en relatos de ficción y en la cultura popular, como es el caso del cuento The Sin–Eater de Gladys Gordon Trenery, que firma como G. G. Pendarves, publicado en 1938.
En lo que refiere al retorno de dicha figura, Frisby entiende que puede deberse a las preocupaciones contemporáneas relacionadas a la marginalidad y el sentido de pertenencia. Esta cultura popular recupera una figura que encarna la culpa, la muerte y la exclusión, permitiendo que la sociedad contemple sus propios temores a distancia.
En su trabajo, la autora analiza la novela The Sin–Eater (2020), de Megan Campesi, donde la protagonista May Owens es detenida por robar una rodaja de pan. Como castigo, la obligan a convertirse en comedor(a) de pecados. Le marcan la lengua con un tatuaje de serpiente. Frisby relaciona la serpiente con el pecado de Eva en la tradición cristiana, entendiendo que el sufrimiento recae sobre las mujeres a partir de ese hecho. Si bien la protagonista afronta una identidad que le imponen, se puede ver que no se limita a aceptar el lugar que le asignaron.
Las teorías de género han estudiado cómo se construye la representación de las mujeres como responsables de la transgresión. La culpa que se nos atribuye está atravesada por relaciones de poder que determinan en qué corporalidades se deposita y a quiénes se les permite la absolución, el perdón.
Entonces, el monstruo no es solamente quien carga con los pecados ajenos, sino también quien deja de aceptar el estatus que se le asignó y se revela ante eso. Ahí está la verdadera transgresión.
https://cooltivarte.com/portal/el-extrano-oficio-de-comer-pecados-rituales-culpa-y-exclusion/
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