
NADA PUEDE SANAR TANTO COMO TUS PROPIOS PENSAMIENTOS.
Hay heridas que no nacen de lo que sucede afuera, sino de la manera en que aquello que sucede continúa viviendo dentro de nosotros.
Una palabra puede durar apenas unos segundos. Una discusión puede terminar en una tarde. Una pérdida puede pertenecer al pasado. Sin embargo, nuestra mente tiene la capacidad de regresar una y otra vez al mismo lugar, reconstruir conversaciones, imaginar desenlaces diferentes, anticipar peligros que todavía no existen y convertir un instante doloroso en una experiencia que se repite interiormente muchas veces.
Por eso, en ocasiones, no es únicamente lo que ocurrió lo que nos lastima: también puede hacerlo la historia que seguimos construyendo alrededor de lo ocurrido.
Nuestros pensamientos poseen una enorme influencia sobre la manera en que interpretamos la realidad. Cuando una persona permanece atrapada en ideas como “no soy suficiente”, “todo va a salir mal”, “nunca voy a superar esto” o “debí haber actuado diferente”, la mente puede convertirse en una habitación donde el pasado sigue ocurriendo y el futuro siempre parece amenazante.
El problema aparece cuando comenzamos a tratar cada pensamiento como si fuera una verdad.
Pensar algo no significa que sea cierto.
Podemos sentir miedo sin estar realmente en peligro. Podemos sentirnos incapaces y, aun así, tener capacidades que todavía no hemos reconocido. Podemos imaginar el peor escenario sin que este llegue jamás a suceder.
Aprender a observar nuestros pensamientos nos permite crear una pequeña distancia entre aquello que aparece en nuestra mente y aquello que decidimos creer.
Y allí comienza una parte importante de la sanación.
La misma mente que alguna vez aprendió a anticipar el peligro también puede aprender a reconocer seguridad. La mente que repitió durante años “no puedo” puede comenzar a preguntarse: “¿qué puedo hacer hoy?” La mente que se acostumbró a juzgarse puede aprender a hablarse con compasión, responsabilidad y paciencia.
Sanar no significa obligarnos a pensar positivamente todo el tiempo.
No consiste en negar el dolor ni en repetir frases bonitas mientras ignoramos lo que sentimos. La verdadera transformación comienza cuando somos capaces de reconocer nuestros pensamientos, examinarlos y decidir cuáles merecen permanecer y cuáles necesitan ser cuestionados.
Hay pensamientos que necesitan ser escuchados.
Otros necesitan ser comprendidos.
Y algunos simplemente necesitan ser dejados ir.
También debemos comprender que nuestra mente aprende mediante repetición. Aquello que practicamos constantemente termina convirtiéndose en una forma habitual de interpretar nuestra vida. Si alimentamos continuamente la culpa, el miedo, la comparación o el resentimiento, esas rutas mentales pueden fortalecerse. Pero también podemos practicar gratitud, esperanza, reflexión, perdón, aceptación y una mirada más equilibrada sobre nosotros mismos.
No podemos controlar cada pensamiento que aparece en nuestra mente, pero sí podemos aprender a decidir cuánto espacio le concedemos.
Quizá una de las formas más profundas de libertad sea poder decir:
«Este pensamiento apareció en mí, pero no tiene que gobernarme.»
Porque nuestros pensamientos pueden convertirse en cárceles cuando los aceptamos sin examinarlos, pero también pueden convertirse en puertas cuando aprendemos a utilizarlos para comprendernos, reconstruirnos y avanzar.
La mente puede recordar aquello que nos rompió, pero también puede reconocer todo aquello que hemos sobrevivido.
Puede mostrarnos nuestros errores, pero también enseñarnos lo que aprendimos de ellos.
Puede imaginar aquello que tememos, pero también aquello que todavía podemos construir.
Por eso debemos cuidar nuestra vida interior. No todo pensamiento merece convertirse en creencia, no toda emoción necesita convertirse en decisión y no todo recuerdo debe determinar nuestro futuro.
La transformación comienza cuando dejamos de ser prisioneros de todo lo que pensamos y empezamos a convertirnos en observadores conscientes de nuestra propia mente.
Y quizá allí comprendamos algo esencial:
la mente que alguna vez fue escenario de nuestras batallas también puede convertirse en territorio de nuestra paz.
La Biblia expresa este principio mediante una invitación profunda a renovar nuestra manera de pensar:
“No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.” Romanos 12:2 RVR1960
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ACERCA DEL CORRESPONSAL
ELIZABETH RONDóN
Venezolana y actualmente residente en Cali, Colombia, cuenta con una amplia trayectoria en temas relacionados con el desarrollo personal y organizacional.
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