
Una zorra gris fue capturada en Cancún después de rasguñar a una niña de un año. Las autoridades le practicaron eutanasia para analizar su tejido cerebral y el resultado confirmó lo que temían: tenía rabia. La pequeña ya recibió atención médica y se encuentra bien. Pero el animal, especie nativa de la Península de Yucatán, no corrió con la misma suerte.
Lo que pasó y por qué no había otra opción
Cuando un animal silvestre rasguña o muerde a un ser humano y existe riesgo de rabia, el protocolo es claro: captura, eutanasia y análisis de tejido cerebral. No hay prueba de rabia en un animal vivo. El virus se confirma post mortem, revisando el sistema nervioso central. Así funcionó el caso de la zorrita gris en Cancún: fue capturada, sacrificada y analizada. El resultado dio positivo. La niña, de un año, ya está bajo atención médica preventiva y se reporta estable.
La rabia en fauna silvestre urbana no es un evento aislado ni exótico. Es una consecuencia directa del contacto forzado entre animales que perdieron su hábitat y humanos que ocuparon ese espacio. En el sureste de México, ese contacto se vuelve cada vez más frecuente, y casos como este lo vuelven visible de golpe.
La zorra gris no estaba ahí por accidente
La zorra gris —Urocyon cinereoargenteus— es una especie nativa de la Península de Yucatán. No es un animal invasor ni una mascota escapada: es parte del ecosistema original de la región. El problema es que ese ecosistema lleva décadas siendo reemplazado por hoteles, fraccionamientos y avenidas.
La expansión urbana de Cancún es uno de los procesos de transformación territorial más agresivos de México en los últimos cincuenta años. Lo que era selva baja y manglar hoy son zonas residenciales y corredores turísticos. Los animales que vivían ahí no desaparecen: se desplazan, se acercan a los asentamientos humanos, buscan comida en basureros y, eventualmente, entran en conflicto con personas. La zorrita gris no eligió acercarse a una niña. Llegó hasta ahí porque ya no le quedaba a dónde ir.
Amamos los videos de fauna silvestre urbana cuando son tiernos —el mapache en el balcón, el coatí cruzando la calle—, pero el reverso de esa ternura es este: animales estresados, enfermos y sin territorio que terminan siendo sacrificados como medida de control. La pérdida no es solo de una zorra. Es de toda una cadena que el cemento fue borrando poco a poco.
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