

Escribí esta columna a mediados de septiembre, asombrada con el panorama político nacional. Con el paso de las semanas, los desatinos del gobierno en materia artística y cultural me dejaron conmocionada y aturdida, y la actitud intimidatoria de los dueños del poder hacia quienes pensamos diferente me silenció durante más de un mes. Alguien muy sabio me dijo hace unos meses que lo que busca la violencia siempre es callar al otro; por eso y porque considero importante evidenciar que las voces críticas somos muchas y venimos de diferentes caminos, he decidido publicarla.
Este año escolar volví a las aulas porque, además de escribir, lo que más me gusta en la vida es enseñar. Enseño lengua y literatura, una clase que a mí como estudiante me cambió la perspectiva del mundo y me dio un rumbo académico y profesional. Además, porque cuando se aprende a través de las historias que nos narran como humanidad, se aprende a reconocer y a pensar críticamente la realidad que habitamos y de la que somos parte. La clase inició con la gran Antígona, de Sófocles.
Creonte, nuevo rey de Tebas, ordena dejar expuesto públicamente el cuerpo inerte de Polinices, su enemigo político caído en combate, y prohíbe a sus súbditos darle sepultura. Ciego de poder y del deseo de mostrarse como un soberano implacable, usa el cuerpo insepulto del adversario como símbolo y advertencia de lo que sucederá a quienes se atrevan a contradecir su mandato. A pesar de que la ley divina ordena honrar sin distinción a los muertos, el nuevo rey quiere encumbrarse como la autoridad suprema y asegurarse obediencia entre los ciudadanos. Aun así, Antígona, hermana de Polinices, desacata sus órdenes y entierra a su hermano.
Al furioso rey le temen sus más cercanos servidores, quienes prefieren preservar su vida antes que contradecir al soberano. Sin embargo, en la ciudad se murmura que Creonte anda desafiando las leyes divinas y que su comportamiento da más muestras de despotismo que de la magnanimidad esperada en un gobernante. Así, desoye los consejos de su hijo Hemón, ignora las advertencias del profeta Tiresias y lanza su ira contra quien ha retado sus órdenes. Gran sorpresa se lleva Creonte al descubrir que quien ha enterrado al enemigo es una mujer, Antígona, y que está dispuesta a morir antes que permitir la exposición pública y degradante del cadáver de Polinices.
El resto de la historia ya lo conocen los lectores de Sófocles; a quienes aún no han leído Antígona, los invito a hacerlo. Baste con saber que las cosas no terminan bien (es, después de todo, una tragedia griega) y que el nuevo rey termina pagando severamente las consecuencias de su hubris: ese bello concepto con que los griegos nombraron la desmedida soberbia que lleva a ignorar los límites humanos y divinos.
Mis estudiantes seguramente ignoran la vigencia de esta historia y no seré yo quien se las revele: con asomarse a un noticiero sabrán reconocer el inquietante parecido. Hoy quienes alertan sobre la ideologización de la educación y aseguran que la política no tiene cabida en las aulas ciertamente han leído poca literatura y menos tragedia griega. Las preguntas por el poder, la ley, la obediencia y los límites de la autoridad son materia fundamental de las historias que nos definen como especie y que hoy consideramos un tesoro de nuestro acervo cultural. Pretender higienizar la educación, la cultura y la literatura de cuestiones políticas es ignorar que el lenguaje literario y la imaginación artística, en todas sus formas, responden a la pulsión profundamente humana de preguntarnos por el ser en relación con el otro y con el entorno.
Que en Antígona la gran contestataria de la autoridad del nuevo rey sea, además, una mujer es un asunto no menor y ameritaría un texto aparte. Lo importante para mi argumento es reconocer que los cuestionamientos sobre la difícil relación entre la mujer y el poder no son nuevos ni son “woke”, y que leer literatura da a los lectores claves críticas para leer la realidad con una sofisticación mayor que la de poner epítetos insulsos que, en vez de evidenciar la complejidad del ser humano, la reducen a caricatura.
En un país rajado en pensamiento crítico y en comprensión lectora, lo que necesitamos es que nuestros estudiantes lean más y de manera más crítica textos complejos y provocadores que les permitan ampliar la mirada sobre el mundo en el que viven. Por mi parte, seguiré abordando con mis estudiantes textos, obras de arte y objetos de valor histórico que pongan el dedo en la llaga, para que el pensamiento se nutra, el espíritu se ensanche y seamos más precavidos como sociedad a la hora de elegir a nuestro Creonte.
Marcela Junguito, PhD
Rectora del Gimnasio Femenino
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