
Una vez por año, miles de personas se movilizan desde sus lugares de origen hacia un punto en común. Nos mueve la costumbre, el compañerismo, la amistad, la política y, sobre todo, el deseo de transformar una realidad.
Viajamos para poner en palabras lo que nos pasa, para descubrir que aquello que creíamos individual tiene algo de colectivo y para imaginar, aunque sea durante unos días, que las cosas pueden ser de otra manera.
Nos mueve el deseo, incluso cuando no está del todo claro de qué. En los talleres, muchas nombran la amistad como uno de sus vínculos fundamentales. No como la antesala del amor romántico que nos enseñaron a esperar, ni como un afecto secundario destinado a ocupar los márgenes de nuestras vidas, sino como una manera hermosa de enredarse con otras. Hay menos exigencia y más satisfacción, menos promesas grandilocuentes y más presencia. Hay complicidad, cuidado y un acompañamiento que puede prolongarse durante años. Me gusta pensar en la tranquilidad de descansar en el hombro de otra.
Muchas veces es esa amistad la que nos lleva a migrar brevemente por un fin de semana. Llegamos a una ciudad y, entre miles, la transformamos en un lugar donde mujeres y disidencias podemos movernos con una libertad que no siempre encontramos en la vida cotidiana. Caminamos con soltura, entramos a las escuelas, conversamos con desconocidas como si alguien nos hubiera presentado antes.
Sin romantizar lo que sucede ni desconocer las tensiones que también existen, hay algo extraordinario en esa experiencia: durante unos días, el mundo parece menos hostil. En el Encuentro hay una historia compartida, una pregunta que nos convoca y la intuición de que lo que le pasa a una nunca termina de ser solamente suyo.
Córdoba fue el escenario de una sucesión de emociones. Como suele suceder cuando nos alejamos de nuestros lugares habituales, el viaje también me movilizó miedos, dudas y angustias. Lo que venía pensando de antemano se agudizó durante esos tres días. Muchas de esas preguntas tenían que ver con la amistad: lo que esperamos de ella, lo que damos, lo que cambia y aquello que, aún cuando cambia, permanece.
Córdoba obligó a quedarme unos días a solas con mis fantasmas. A ordenar la cabeza, a reconocer algunas de mis propias trampas y a entender cuánto pueden jugarme en contra. Pero también me permitió recordar por qué alguna vez elegí hacer política de esta manera: una política exigente, necesaria, imperfecta y constructiva. Una política que no siempre tiene respuestas inmediatas, que demanda tiempo, escucha y paciencia, y que se construye con otras incluso cuando ponerse de acuerdo parece imposible. Volver a los orígenes que alguna vez me empujaron a empezar a escribir.
Me acuerdo de mi primer Encuentro, cuando fuimos a Chaco con Nai y sentí que mi vida pasaba como un flash frente a mis ojos. Ese día entendí cosas que hasta entonces no había podido nombrar. Quise empaparme de ese movimiento, aprender de esas historias y caminar cientos de calles a la par de las personas. Había algo en esa experiencia que me desbordaba y, al mismo tiempo, me hacía sentir parte de algo mucho más grande que yo.
Esa amistad nunca terminó, aunque mutó, como mutan la mayoría de los vínculos. También nosotres cambiamos. Crecimos, tomamos otros caminos, nos alejamos y volvimos a encontrarnos de distintas maneras.

En ese Encuentro descubrí que el feminismo había empezado en mí mucho antes de que lea sus libros: en las conversaciones, en los afectos, en las preguntas incómodas, en la posibilidad de reconocer una injusticia y dejar de aceptarla como algo natural. En esa experiencia compartida de descubrir que no estábamos solas. Que nuestras incomodidades tenían una historia y que esa historia podía discutirse, organizarse y transformarse.
Nuestros caminos se bifurcaron miles de veces respecto de aquel lugar al que creíamos que debíamos llegar o que nos impone el sistema. Como dice mi amiga Fran, algunas llegamos tarde a todo. Especialmente al amor. Quizás también al feminismo. O quizás crecimos con la idea de que siempre hay un lugar al que llegar, una versión de nosotras mismas que deberíamos alcanzar, una cuenta pendiente que nos impide reconocer lo que ya hicimos, que a veces es un montón.
Lo que se teje en el Encuentro no es una estrategia. Es una necesidad vital: aprender a movernos por el mundo con otra sensibilidad. Encontrarnos en nuestros dolores y apoyarnos en nuestras fortalezas. Reconocer que somos muchas las que estamos rotas y que, aún así, de alguna manera seguimos caminando. No porque seamos invencibles ni porque el dolor nos haga más fuertes, sino porque hay algo en el encuentro con otras que vuelve un poco más posible seguir.
Nuevamente aparece la amistad. El Encuentro recibe a quienes llegan con la piel curtida de tristeza, que en este momento parecemos ser tantas. La palabra hartas dejó de ser solamente un cartel o una remera para convertirse en una experiencia cotidiana. Estamos hartas de un mundo desigual, de la crueldad convertida en sentido común, de tener que justificar nuestras existencias y de vivir como si cada una debiera resolver por su cuenta aquello que nos pasa a todas.
No sé si es más fácil imaginar el fin del mundo o el fin del capitalismo. Sí sé que, tal como está organizado, el mundo se vuelve demasiado pesado para muches.
Durante el Encuentro, en las calles llenas, en las escuelas abiertas, en los talleres donde discutimos hasta no ponernos de acuerdo, en las amigas que vuelven a encontrarse después de meses o años, en las que llegan por primera vez sin saber bien qué están buscando aparece el sentido, la seguridad de que algo bien estaremos haciendo.
Como si pasáramos un año frotando piedras y en ese momento surgiera una chispa, una forma de hacer política que no exige tener todas las respuestas antes de empezar, que se construye caminando lento, escuchando mucho y compartiendo lo que tenemos.
Quizás no alcance con encontrarnos una vez por año. Quizás tampoco podamos resolver en tres días las contradicciones que cargamos durante el resto del tiempo. Pero hay algo que sucede cuando nos reunimos: por un rato, dejamos de pensarnos como vidas aisladas que deben arreglárselas solas.
Frente a un sistema que nos quiere cansadas, solas y ocupadas en llegar a tiempo a todas partes, el Encuentro (con mayúscula y con minúscula) y la amistad se tornan una forma de resistencia.
https://elgritodelsur.com.ar/2026/10/llegar-tarde-al-amor-al-feminismo-y-a-todo-lo-demas-apuntes-sobre-el-encuentro/
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